La fe: el gran conector
Una noche, después que el servicio de sanidad terminara y la mayoría de la gente se hubiera ido, el Hermano Oral Roberts estaba saliendo de la carpa de los inválidos cuando notó que un niñito todavía permanecía dentro de la tienda. Claramente lisiado, el niño parecía estar esperando algo.
“¿Eres Oral Roberts?”, preguntó el niño, de nombre Willie Phelps.
“Si”, respondió el Hermano Roberts.
“¡Se supone que sane hoy!”, dijo el pequeño Willie.
Totalmente agotado después de orar por tanta gente esa noche, el Hermano Roberts respondió cansado, pero con compasión: “Hijo, estoy exhausto, y la unción me ha abandonado.”
“No entiendo nada de eso”, le respondió Willie, “Pero, se supone que sane hoy”.
Viendo su determinación, el Hermano Roberts impuso su mano sobre la cabeza del muchacho, oró una corta oración y Willie fue totalmente sanado de una enfermedad paralizante e incurable. Pero, más importante aún, nos dejó un ejemplo a seguir.
Aunque muchos no lo sepan, cada creyente en la tierra tiene el derecho de decir lo mismo que Willie Phelps declaró esa noche… y obtener los mismos resultados. Cada uno de nosotros puede decir, “Se supone que sane hoy”, ¡y ser sanado!
Tampoco tenemos que esperar para recibir nuestra sanidad hasta que alguien tan ungido como Oral Roberts esté disponible para orar por nosotros. El mismo Hermano Roberts dijo que no fue la unción sobre él lo que sanó a Willie. Esa unción se había ido esa noche. Lo que le permitió a Willie recibir su sanidad esa noche fue su fe.
“Bueno”, podrías decir, “tal vez el hermano Roberts no se dio cuenta de que la unción todavía estaba sobre él. Esa unción sanará a cualquiera, tenga fe o no.”
No, no lo hará, y la gente en Nazaret lo demostró.
Jesús Mismo fue a ministrarles, y les anunció que la Unción de Dios estaba sobre Él; sin embargo, como dice Marcos 6:5, «No pudo hacer allí ni siquiera una obra de poder, excepto que impuso Sus manos sobre unos pocos enfermos [y] los sanó» (Biblia Amplificada, Edición Clásica).
Nota que no dice que Jesús no haría ninguna obra poderosa. Dice que no pudo. ¿Por qué? Por la incredulidad de la gente (versículo 6).
“Pero hermano Copeland, yo creía que Jesús podía hacer cualquier cosa.”
No; sin fe Él no puede. La fe es lo que nos permite recibir de Dios. Es la fuerza espiritual que hace que se manifieste en nuestra vida cualquier cosa que necesitemos de Él, ya sea sanidad, prosperidad o cualquier otra cosa. ¡La fe es el gran conector!
Hebreos 11:1 dice: “Ahora bien, la fe es la certeza (la confirmación, el título de propiedad) de las cosas que [esperamos], siendo la prueba de las cosas que [no] vemos y la convicción de su realidad [la fe que percibe como un hecho real lo que no se revela a los sentidos]” (AMPC).
Willie Phelps tenía “FE para AHORA”. Por eso su declaración me emociona tanto. Es una gran ilustración de cómo habla la fe. La fe no dice: “Espero que Dios me sane uno de estos días”. La fe dice: “La sanidad es mía, ¡hoy!”
“Hermano Copeland, sería fácil para mí decirlo si Jesús estuviera aquí conmigo como estuvo con la gente en Nazaret. Pero no tengo esa clase de acceso al poder de Dios.”
Sí, lo tienes. Todos lo tenemos, si hemos nacido de nuevo y somos creyentes llenos del Espíritu.
Nunca olvidaré lo que el SEÑOR me dijo hace algunos años al respecto. Estaba en medio de una situación que requería sanidad y muchas otras cosas, y estaba clamándole a Dios. Recordando una frase que había oído en un viejo himno pentecostal, oré: “¡Señor, envía el poder ahora mismo!”
De repente, en mi interior le oí decir: ¿De dónde lo voy a sacar?
Desconcertado, le pregunté: “¿Señor?”
¿De dónde lo voy a sacar?, me repitió. No puedo mirar a alguien y decir: “Kenneth necesita más poder”. Estoy en ti ahora mismo, ¡y soy todo el poder que podrías necesitar!
Piénsalo. Hechos 10:38 dice: «Dios ungió a Jesús de Nazaret con el Espíritu Santo y con poder, y que él anduvo haciendo el bien y sanando a todos los que estaban oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él». Y ahora, como creyente, tienes a ese mismo Jesús Ungido y al Espíritu Santo viviendo dentro de ti (Juan 17:23; 1 Corintios 6:19).
Todo el poder de sanidad que puedas necesitar está dentro de ti ahora mismo. Está allí, y tú puedes conectarte con él en cualquier momento… ¡por fe!
Declara Palabras de Vida
“Pero ese es el problema”, podrías decir. “No tengo fe.”
¡Sí la tienes! Según Romanos 12:3, Dios le ha dado a cada creyente la medida de la fe. «Ciertamente la gracia de Dios los ha salvado por medio de la fe. Ésta no nació de ustedes, sino que es un don de Dios» (Efesios 2:8).
Dios te dio Su propia fe como un regalo en el momento de tu salvación. Esa fe es la que te permitió creer en Jesús y nacer de nuevo, y todavía está en ti. Está ahí para permitirte tomar todo lo que Dios ha provisto para ti por Su gracia.
Puedes usar esa fe para recibir sanidad de la misma manera que recibiste el nuevo nacimiento, creyendo con tu corazón y confesando con tu boca: «Porque con el corazón se cree para alcanzar la justicia, pero con la boca se confiesa para alcanzar la salvación» (Romanos 10:10). Para nacer de nuevo creíste y dijiste lo que la PALABRA de Dios dice acerca de Jesús como SEÑOR y Salvador. Para recibir sanidad, crees y dices lo que la PALABRA de Dios dice acerca de la sanidad.
¿Qué tiene que ver la PALABRA de Dios con tu sanidad?
Todo.
Jesús dijo: «Las palabras que yo les he hablado son espíritu y son vida». (Juan 6:63). ¡Las palabras de Dios son palabras de vida! Así como dieron vida a tu espíritu cuando naciste de nuevo, también ministran vida a tu cuerpo físico. La Biblia lo confirma una y otra vez en versículos como estos:
«[Dios] Envió su palabra y los sanó; los libró de su ruina.» (Salmo 107:20, RVA-2015).
«Hijo mío, presta atención a mis palabras; Inclina tu oído para escuchar mis razones. No las pierdas de vista; guárdalas en lo más profundo de tu corazón. Ellas son vida para quienes las hallan; son la medicina para todo su cuerpo.» (Proverbios 4:20-22).
También vemos a lo largo de la Biblia que las palabras son semillas espirituales que, como las semillas físicas, producen según su propia especie (Lee Marcos 4). Cuando las siembras en tu corazón saldrán de tu boca y se convertirán en lo que contienen, ya sea para bien o para mal.
Puede que ni siquiera seas consciente de que has plantado esas semillas. Puede que te pase como a mi nieta cuando estaba tallando calabazas en el patio un mes de octubre. (No celebramos Halloween, pero hacemos calabazas). Estaba demasiado ocupada tallando caritas sonrientes que no se dio cuenta de las semillas de calabaza que caían de la mesa al suelo. Sin embargo, su falta de conciencia no importaba. Esas semillas crecieron, y unos meses más tarde había calabazas creciendo debajo de la mesa.
Cuando se trata de nuestras palabras, «he puesto ante ustedes la vida y la muerte, la BENDICIÓN y la maldición. Escoge, pues, la vida, para que tú y tu descendencia vivan» (Deuteronomio 30:19).
¿Cómo escoges la vida? Declarando la PALABRA de Dios. ¡Hablando palabras de vida!
Recuerdo una historia que el Hermano Kenneth E. Hagin, uno de mis mentores en la fe, solía contar acerca de un joven que comenzó a decaer físicamente justo antes de cumplir 40 años y terminó en coma. La familia del joven se puso en contacto con el Hermano Hagin y le pidieron que orara, pero El SEÑOR le dijo que no serviría de nada.
Ciertas leyes espirituales habían sido activadas y ya no podían ser revertidas en ese momento, le dijo Él.
Más tarde, el hermano del joven reveló el origen de esas leyes en acción. Dijo que desde niño, aquel joven había dicho siempre: “Nunca llegaré a los 40 años.” Y no los cumplió.
Esa situación no se podía cambiar. Pero ese no es tu caso. Si has estado plantando malas semillas, al decir cosas como: “Supongo que siempre estaré enfermo (o arruinado), puedes hacer un cambio. Puedes dejar de declarar palabras de fracaso e incredulidad y empezar a decir palabras de fe y victoria. Para ver los resultados que deseas, sin embargo, debes ser constante al respecto. El SEÑOR le dijo a Gloria hace años: en la constancia radica el poder.
Toma la decisión ahora mismo
Puedes pensar pensamientos y decirlos hasta que bajen a tu espíritu, y así cambien tu vida. Si esos pensamientos y palabras son contrarios a la PALABRA de Dios, cambiarán tu vida para mal. Pero si están de acuerdo con la PALABRA de Dios, cambiarán tu vida para mejor. Te permitirán conectarte por fe con el poder sobrenatural de sanidad de Dios, e incluso te darán la sabiduría y la fuerza para hacer las cosas naturales que necesitas hacer para mantenerte sano.
Experimenté esto mismo hace unos años, después de que El SEÑOR me preguntara si usaría mi fe para vivir los 120 años de vida que El prometió en la Biblia (Génesis 6:3). Le dije que lo haría y prometí tener mi espíritu, alma y cuerpo en la mejor condición posible. Para mantener ese compromiso, no podía quedarme sin hacer nada en ninguna de esas áreas, incluida la física. Así que decidí empezar a hacer ejercicio todos los días.
Aunque me entusiasmaba la idea, había un problema: nunca me había gustado hacer ejercicio. Esa aversión afloró una mañana cuando entré al salón para ejercitar. Sin siquiera pensarlo, mientras me sujetaba del marco de la caminadora, exclamé: “¡Dios, odio esto!”
Al darme cuenta de lo que había dicho, me arrepentí inmediatamente. “No, Señor, me gusta”, le dije. “Me gusta esta habitación. Esta habitación cambiará mi vida.” Y así ha sido. Hoy estoy más fuerte que nunca. Estoy en mejor forma a los 86 años que cuando tenía 30, y realmente disfruto haciendo ejercicio. Pero tenía que decirlo.
Citando a Gloria: “Si haces lo correcto en lo natural, y haces lo correcto en lo sobrenatural, puedes vivir con salud divina”. Puedes estar siempre bien. Sin importar tu edad, puedes estar en forma –en espíritu, alma y cuerpo— si sigues creyendo y declarando la PALABRA de Dios con constancia.
Dios siempre respalda Su PALABRA. Él dijo en Jeremías 1:12, «Yo estoy alerta y activo, velando sobre mi palabra para cumplirla» (AMPC). Y Su PALABRA escrita dice mucho acerca de la sanidad. Por ejemplo, nos dice:
– «¡BENDICE, alma mía, al Señor, y no olvides ninguna de sus bendiciones! El Señor perdona todas tus maldades, y sana todas tus dolencias» (Salmo 103:2-3).
– «BENDITO sea el Señor, el Dios de nuestra salvación, que todos los días nos colma de beneficios» (Salmo 68:19). ¡Eso significa que puedes reclamar el beneficio de la sanidad todos los días!
– «Cristo nos redimió de la maldición de la ley», que según Deuteronomio 28:61 incluye la enfermedad y por nosotros se hizo maldición (porque está escrito: «Maldito todo el que es colgado en un madero» (Gálatas 3:13).
– «Él mismo llevó en su cuerpo nuestros pecados al madero, para que nosotros, muertos ya al pecado, vivamos para la justicia. Por sus heridas fueron ustedes sanados» (1 Pedro 2:24).
Tómate un momento ahora mismo y convierte esas escrituras en confesiones de fe. Di: “El Señor sana todas mis enfermedades. Él me sana todos los días. He sido redimido de la maldición de la enfermedad. Por las llagas de Jesús fui sanado, por eso estoy sano. Creo que recibo mi sanidad y llamo a mi cuerpo sano y libre de dolor.”
“Pero hermano Copeland, ¿Qué pasa si todavía me siento mal después de decir esas cosas?”
No te enfoques en cómo se siente tu cuerpo. Enfócate en La PALABRA. Sigue declarándola por fe y funcionará.
Hace años, estaba en Oklahoma City predicando una serie de reuniones y me desperté una mañana con un caso grave de gripe. Estaba tan enfermo que no podía afeitarme o vestirme solo. Gloria tuvo que ayudarme. Decidido a predicar la reunión de la mañana como estaba programado, fui tras el diablo con La PALABRA. Gloria y Lavinia (la amiga con la que nos alojábamos) me llevaron al auto y nos dirigimos a la iglesia.
Cuando me paré detrás del púlpito, la sala empezó a dar vueltas. Le dije a la congregación: “Volveré en unos instantes.” Fui al cuarto de atrás, y golpeé al diablo con La PALABRA otra vez, negándole a la gripe cualquier derecho de quedarse en mi cuerpo. Luego, volví al santuario. Cuando me sujeté al púlpito, todavía me parecía que se agitaba un poco, pero seguí adelante y prediqué de todos modos.
Prediqué sobre la sanidad durante casi dos horas. Cuando terminé, la fe –el gran conector— había hecho su trabajo y todos los síntomas de la gripe habían desaparecido. El poder del Espíritu Santo que habita en mí había vivificado mi cuerpo (Romanos 8:11), y estaba sano.
Lo mismo te ocurrirá a ti. Así que comprométete de nuevo a seguir haciendo la conexión de fe. Declara la PALABRA sanadora de Dios sobre tu cuerpo hoy y todos los días porque, al igual que Willie Phelps, ¡se supone que debes ser sanado! V