Acelerando el regreso del Señor
Jeanne Wilkerson, una poderosa mujer de oración y profecía, dijo una vez que la totalidad de la historia de la humanidad pende de dos grandes soportes dorados: la Primera Venida y la Segunda Venida del Señor.
Durante siglos, el Cuerpo de Cristo vivió a la sombra de esa Primera Venida. Pero, a principios del siglo pasado, la Iglesia comenzó a dar un giro hacia el amanecer de Su regreso. El gran derramamiento del Espíritu Santo, que comenzó en 1901, restauró gradualmente los dones del Espíritu y, aún más importante, la revelación de la Palabra de Dios como nunca antes.
Pero ahora, cuando todas estas cosas se combinan, nos acercamos claramente a ese «día [que] alcanza su plenitud» (Proverbios 4:18, Nueva Versión Internacional), y Su aparición está muy cerca.
Jesús viene
Hace años, mi esposo, George, y yo tuvimos el privilegio de entablar una amistad muy cercana con Justus du Plessis, una figura prominente en los círculos pentecostales durante gran parte del siglo XX, con un ministerio marcado por señales y maravillas. En una ocasión, George le preguntó a este hombre poderoso y amoroso: “¿Cuál es la diferencia en la Iglesia de hoy en día comparada con la de ayer?” Se apresuró a responderle: “No estamos diciendo lo suficiente que Jesús viene pronto. Antes lo decíamos todo el tiempo.” Hoy en día, no sólo esperamos Su regreso, sino que tenemos un papel activo en el mismo. ¿Dónde descubrimos nuestro rol en este gran evento? ¡En la Palabra de Dios! En realidad, lo tenemos todo expuesto de forma muy clara.
La primera venida del Señor, y los acontecimientos que la rodearon, sentaron un precedente para Su segunda venida. Podemos mirar a las figuras clave involucradas en los días anteriores y posteriores a Su nacimiento para obtener una imagen maravillosa de la Iglesia, preparando activamente el camino para Su regreso. Y mientras estamos preparando el camino para Su regreso, también nos estaremos preparando como la Novia a punto de unirse a su Novio.
Aunque en el relato de Lucas sobre el nacimiento de Jesús se mencionan varias personas, todas ellas dignas de estudio, me gustaría centrarme en Zacarías y Elizabet. Su historia no sólo es esencial para la primera venida del Señor, sino que también ofrece una visión profética de Su segunda venida. Siempre busco la luz del Espíritu Santo para alumbrar las Escrituras y que me muestre las cosas que están por venir. Juan 16:13, Reina Valera Contemporánea, dice: «Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él los guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oiga, y les hará saber las cosas que habrán de venir».
Zacarías era descendiente de Aarón, el primer sumo sacerdote del sacerdocio levítico. Así que hoy representaría los cinco dones ministeriales del apóstol, el profeta, el evangelista, el pastor y el maestro (lee Efesios 4:11). Aunque el ministerio del Nuevo Testamento es diferente al del Antiguo Testamento, ambos están ordenados por Dios para representarlo a Él y a Su Palabra ante el pueblo del Pacto. Estos dones ministeriales del Nuevo Testamento son esenciales «para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo» (Efesios 4:12, RVC). Sin la dispersión de la unción a través de estos hombres y mujeres de Dios, estaríamos mal equipados para vivir una vida digna de nuestro llamado como trabajadores de los últimos tiempos.
La esposa de Zacarías, Elizabet, también era descendiente de Aarón. Ella representaría a los laicos de la Iglesia que, aunque no han sido llamados al ministerio del púlpito, han nacido en «real sacerdocio» (1 Pedro 2:9). Juntos, representan todos los aspectos de la Iglesia en una operación de orden divino, acelerando Su regreso.
Lucas 1:6 nos da una revelación parcial sobre este real sacerdocio y en lo que debiera estar enfocado especialmente. Dice: «Ambos eran justos a los ojos de Dios, andando intachablemente en todos los mandamientos y requerimientos del Señor» (Biblia Amplificada, Edición Clásica).
“Andando intachablemente”
¡Suena imposible! ¿Intachablemente en todos los mandamientos? ¿Cómo?
Bueno, sabemos por 2 Corintios 5:21 que la Iglesia ha sido hecha la justicia de Dios en Cristo. Cuando una persona acepta a Jesús como el Señor, esa persona acepta Su obra sustitutiva, y es recreada por una obra maestra del Espíritu Santo. Su obra es perfecta y perfectamente agradable al Padre. Esto hace posible que seamos intachables y bienvenidos en Su presencia, tanto ahora como en el cielo. Pero eso no es lo mismo que andar en justicia. Todavía hay una brecha muy grande entre nuestro ser interior justo y la forma en que lo manifestamos externamente.
En el Antiguo Testamento, la gente era vista por Dios como justa basada en sus obras. Era una justicia exterior que cubría la falta de la misma en el interior. Pero, en el Nuevo Testamento, no somos salvos por nuestras obras, sino por la gracia. Eso no descarta nuestras obras como algo sin importancia. De hecho, seremos juzgados según lo que hagamos mientras estemos en este cuerpo, en esta vida. Pero en lugar de tratar de vivir irreprochablemente por nuestros propios esfuerzos, debemos vivir de adentro hacia afuera, cada una de nuestras acciones motivadas y habilitadas por Su justicia interior.
Efesios 2:10 nos dice que fuimos re-creados en Cristo Jesús para que podamos hacer las buenas obras que Dios predestinó para nosotros. El resultado no son intentos fallidos de santidad por parte de la carne, sino un estilo de vida de comportamiento santo que proviene de vivir desde nuestro hombre espiritual y ser verdaderamente quiénes somos y cómo somos: los hijos del Dios más justo y santo.
Ahora, aunque la justicia hace posible la santidad, todavía necesitamos ayuda. Gracias a Dios, Él envió al mismísimo Espíritu de Santidad para enseñarnos y darnos poder para crecer en Jesús hasta que vivamos como Él.
¿En qué eran exactamente irreprochables Zacarías y Elizabet? “En andar irreprochablemente en todos los mandamientos y requerimientos del Señor” (Lucas 1:6, AMPC).
En Primera de Juan 3:23 se resume todo lo que Jesús le ha ordenado y exigido a la Iglesia: “Éste es su mandamiento: Que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo, y nos amemos unos a otros como Dios nos lo ha mandado.”
Está muy claro.
La fe y el amor.
Durante los últimos 55 años, mi padre, Kenneth Copeland, junto con muchos otros, ha hecho de esas dos cosas el pilar de su ministerio. Después de más de 55 años de fe y amor, estoy segura de que algunos han pensado: ¿Dejará alguna vez de predicar sobre el tema? A lo que el hermano Kenneth E. Hagin respondería: “¡No hasta que lo comprendas!”
Es orgulloso y peligroso pensar y creernos un sabelotodo: Bueno, ya sabemos acerca de eso. Eso solo deja de lado la necesidad de crecer en la fe y el amor. Una cosa es saber acerca de algo y otra muy distinta es dominarlo. El desarrollo de la Iglesia en la fe y en el amor no tiene fin, por lo que nunca debemos cansarnos de oír hablar de ellos o de establecerlos en nuestra vida. Nuestra mirada debe estar siempre puesta en Jesús, el Autor de nuestra fe y la expresión plena del amor de Dios. Por el Espíritu que está en nosotros, siempre nos estamos calibrando hasta que andemos en la luz, así como Él está en la luz (1 Juan 1:7).
No cabe duda que, nuestra justicia ante Dios depende en su totalidad del primer soporte dorado: la Primera Venida del Señor. Pero, en estos últimos tiempos, nuestro andar de fe, amor y poder nos atraerá, y a muchos, muchos otros con nosotros, al otro gran soporte dorado: ¡la Segunda Venida del Señor! Esto le da un propósito tanto a lo que somos, como a todo lo que hacemos. V