De regreso en casa
El respirador emitía un sonido lúgubre mientras empujaba aire hacia los pulmones de Marleth Lobato. El accidente automovilístico que la había llevado al hospital a sus 17 años había sido devastador. Su cabeza había impactado contra el parabrisas con tal fuerza que su cerebro sufrió una hemorragia interna. En coma, Marleth lucía tan pálida como las sábanas blancas de la cama del hospital. Tan inmóvil como si fuera una muñeca harapienta, en lugar de una adolescente sonriente y llena de vida.
María Lobato, la madre de Marleth, estaba junto a la cama de su hija sosteniendo su mano fría y flácida. Recordaba el día en que Marleth, a los tres años, había vuelto a nacer. Temblando de la emoción y entre lágrimas, la niña había recibido el Bautismo en el Espíritu Santo con la evidencia de hablar en otras lenguas. María supo entonces que su hija tenía un llamado especial en su vida.
Un año después, María había llevado a Marleth a su primera “Convención de Creyentes de la Costa Oeste”. La niña se había deleitado en ese ambiente, especialmente cuando tuvo la edad suficiente para unirse a la Academia Superkid. Cada año, cuando los camiones de KCM partían de regreso a Fort Worth, Texas, Marleth anhelaba irse con ellos.
María y Marleth vivían en una casa para huéspedes, propiedad de la hermana mayor de Marleth y su familia. Marleth pasaba muchas tardes sentada en el tejado, mirando las estrellas y en comunión con Dios. A los 15 años, demasiado mayor para los Superkids, Marleth había asistido a la Oración Previa al Servicio en la Convención de Creyentes con las pastoras Lynne Hammond y Terri Copeland Pearsons. Después, su madre le había comprado un ejemplar del libro de la pastora Lynne, The Master Is Calling (El Maestro está llamándote). Como resultado, su vida de oración había sido revolucionada.
Sin embargo, los médicos le habían comunicado a María que su hija podría no sobrevivir. Si lo hiciera, era muy probable que no respirara por sí misma o que tuviera muerte cerebral, en estado vegetativo.
María se negó a aceptar el diagnóstico. Sabía que Jesús había sufrido toda la maldición de la Ley y que por Sus heridas, Marleth había sido sanada. Abrió su Biblia en Salmo 118:17 y oró: “Señor, me apoyo en Tu Palabra y libero mi fe, sabiendo que Marleth vivirá y no morirá. Vivirá y proclamará las obras del Señor.” Oró Ezequiel 37:4-6: “Profetiza sobre estos huesos, y diles: ‘¡Huesos secos, escuchen la palabra del Señor!’ Así dice el Señor omnipotente a estos huesos: ‘Yo les daré aliento de vida, y ustedes volverán a vivir. Les pondré tendones, haré que les salga carne, y los cubriré de piel; les daré aliento de vida, y así revivirán. Entonces, sabrán que yo soy el Señor’” (Nueva Versión Internacional).
María salió al vestíbulo y llamó por teléfono a Len y Cathy Mink, pidiéndoles que oraran. Declararon la Palabra de Dios sobre Marleth. A continuación, María y su familia montaron guardia, asegurándose de que nadie la visitara a menos que creyeran que Marleth estaba sanada.
Al cuarto día del coma, Marleth se despertó y su madre y su hermana corrieron a su lado.
“¡Marleth, estás despierta!”
“¡Alabado sea Dios!”
Marleth se estremeció y las miró confundida.
“¿Quiénes son?”, les preguntó.
Luego, descubrió que tenía aun una pregunta más apremiante.
¿Quién soy yo?
Un mundo diferente
“Cuando desperté del coma, tenía amnesia”, recuerda Marleth. “No reconocía a nadie de mi familia. Cuando me miraba en el espejo, veía a una desconocida. No reconocía mi ropa. Cuando me dieron el alta en el hospital, no reconocí nuestra casa. Los nombres de las calles no significaban nada para mí.”
“Mi madre me dijo que me metiera en la Palabra de Dios. Cuando lo hice, algo sucedió. Aunque mi cerebro no recordaba la Palabra, mi corazón sí. La Palabra de Dios y KCM fueron los recuerdos que regresaron primero. Recordé estar en fuego por Dios. Gradualmente, otros recuerdos surgieron, y recobré mi vida.”
“Me gradué de la secundaria en 1997. Al año siguiente, fui a trabajar para una organización de administración de capitales. Mi jefe tenía 24 años. Él y su hermano eran muy adinerados. Tenían una oficina en Ventura Boulevard, en Encino (California), y conducían un Lamborghini y un Rolls-Royce.”
“Mi mamá y yo compartíamos un apartamento, pero yo no estaba siguiendo al Señor. Había dejado mi fe en un estante. Mi Biblia seguía en la mesa de noche, pero no la leía. Me atraía el estilo de vida de mis jefes y estaba deslumbrada. A los 20 años, me ascendieron a directora de operaciones. Empecé a salir de fiesta con ellos y pensé que la vida era inmejorable. La fiesta se acabó el día que asesinaron a mi jefe.”
Un día, la secretaria de Marleth la llamó presa del pánico. “¡Marleth, el FBI está aquí! Están comprobando todos nuestros documentos y certificaciones. Quieren que entres y hables con ellos.”
Marleth llamó al hermano de su jefe y le preguntó qué debía hacer.
“Sí, el FBI está aquí”, le dijo, “pero no hace falta que entres. No queremos que te involucres. Todo está bien.”
Ella estaba bien. Pero también se había quedado sin trabajo.
Siguiendo la senda equivocada
La investigación reveló que la empresa para la que trabajaba Marleth había estado vendiendo certificados de acciones falsificados y manipulando millones de dólares de los inversionistas.
A sus 21 años, Marleth se sentía vacía. Estaba en estado de shock, conmocionada porque su maravilloso mundo se había derrumbado.
“Señor”, le preguntó, “¿qué quieres que haga con mi vida?”
Tengo un llamado para tu vida, pero tienes obedecerme y estar en Mi voluntad. Depende de ti.
“Señor, Tú eres bueno. Sé que nunca me dejarás, ni me abandonarás. Pero quiero intentar vivir la vida a mi manera”, le respondió.
Ese momento había sido una bifurcación en el camino de la vida de Marleth. Tomó la senda incorrecta. Como resultado, el enemigo continuaba abriéndole toda puerta equivocada.
“Durante años, había estado viviendo una doble vida”, recuerda. “Estaba tan engañada que creía que todo iba bien. Pero pronto supe que no era así. A mis 15 años, me rompieron el corazón. Cuando consumía marihuana, descubrí que aliviaba mi dolor y me sentía de maravilla. Me quitaba todo el dolor y el rechazo que sentía.”
“Durante varios años antes del accidente de auto, salía de fiesta los fines de semana e iba a la iglesia los domingos por la mañana. No me había dado cuenta de que le había abierto una gran puerta al enemigo. Después de decirle al Señor que quería vivir la vida a mi manera, visité a un amigo, quien me introdujo a más drogas. A partir de ese instante, mi vida fue cuesta abajo.”
“Entre los 21 y los 28 años estuve seriamente perdida. La relación con mi mamá no era buena. No tenía relación con mi hermana, mi cuñado, mis sobrinas, ni mi sobrino. Seguía teniendo trabajos buenos, pero mi vida no iba bien. No tenía ni idea en ese momento, pero era una adicta altamente funcional.”
Intervención legal
Durante ese tiempo, Marleth fue detenida por la policía en un control de tráfico. En el juzgado, le ordenaron asistir a un programa de rehabilitación ambulatoria.
“Una vez más, sufrí un engaño cuando conocí al padre de mi hija”, nos comparte. “Decía que amaba a Dios y amaba a Jesús, pero había algo que no estaba bien en él. Resultó que era drogadicto. Cuando quedé embarazada, me pegó y me exigió que abortara. Una mañana me llevó a una clínica abortista. En cuanto se marchó, yo también. Estoy muy agradecida de no haberlo hecho. Ya no tenía casa y acabé viviendo con amigo tras amigo.”
“Sin embargo, Dios siempre me abastecía sobrenaturalmente, y nunca tuve que comer de la basura. Nunca tuve que mendigar dinero. Una mañana, alrededor de las tres de la madrugada, mientras caminaba sola por el centro de Los Ángeles, recordé las enseñanzas del hermano Copeland sobre los ángeles, y que, como hijos de Dios, estamos rodeados de ellos. Recuerdo que oré a Dios y le dije: ‘Señor, sé que Tú estás conmigo. Por eso no tengo miedo. Sé que tengo ángeles a mi alrededor.’”
En el 2008, Marleth dio a luz a su hija. Su madre estuvo a su lado. Enmendaron su relación y ella la acogió.
“¡Se acabó!”, declaró Marleth. “Voy a dejar las drogas y volverme a Dios.” Comenzó a asistir a la iglesia En Su presencia en Woodland Hills, California. La aventura duró unos ocho meses.
Un supuesto “amigo” de la secundaria reapareció en su vida. Venía de una familia rica y siempre tenía dinero, comida y drogas. Marleth pronto volvió a caer en su antiguo estilo de vida.
En el 2010, Marleth tuvo otra relación y volvió a quedar embarazada. Unos días antes de dar a luz, el padre le dijo: “Marleth, me voy a trabajar. Vuelvo a la noche.”
Nunca regresó.
Una vez más, su madre la acompañó en la sala de partos.
Un día, Marleth y María discutieron y Marleth se fue, dejando a sus hijas. Lidiar con el rechazo de su última relación la había hecho recaer en las drogas.
“Se acabó”, le dijo María a su hija. “No te dejaré volver a mi casa hasta que te recompongas”. Preocupada por las niñas, María decidió actuar como su tutora en ausencia de Marleth. También continuó declarando Ezequiel 37:4-6 sobre su hija, creyendo que Dios la sacaría adelante.
El precio del pecado
Pronto, Marleth se encontró en otra relación sin salida. Pero ésta era aún más tóxica que las anteriores. Su novio la maltrataba constantemente y la golpeaba con frecuencia. Si huía, él la encontraba y volvía a golpearla.
“Nunca me dejarás”, la amenazaba. “Si lo intentas, te mato.”
“Aunque vivía en una bonita casa de Westlake Village, California, descubrí que tener dinero era beneficioso pero, cuando no tienes nada dentro, no sirve de mucho.”
Una noche, tras una dura paliza, Marleth cogió un morral y se marchó. Una vez más, su novio la localizó. Agarrándola por el pelo, la arrastró afuera, dándole patadas en el estómago hasta que ella creyó que moriría.
“Esta noche morirás”, le prometió.
El hombre tenía una pistola y Marleth le creyó. Había oído que ya había cometido un asesinato y se había salido con la suya. Conduciendo a unos 130 kilómetros por hora, la llevó a las montañas. Allí, mientras la apuntaba con la pistola, empezó a cavar una tumba.
Mientras él seguía gritándole, Marleth oraba: “¡Dios, ayúdame! ¡Jesús, ayúdame! Lo siento mucho. Te prometo que esta vez cambio. Por favor, dame una oportunidad más. Tenías razón. La paga del pecado es muerte. ¡Este hombre está cavando mi tumba! Señor, por favor, por favor perdóname. Por favor, déjame vivir para ver a mis hijas de nuevo. ¡Te entrego mi vida! Haré cualquier cosa que Tú me digas que haga.”
“Recordé que el Hermano Copeland dijo una vez que cuando dices el Nombre de Jesús porque no puedes recordar ciertas escrituras, debes saber que estás abofeteando al diablo en la cara con todo el Antiguo y Nuevo Testamento. Así que lo hice. Usé el Nombre de Jesús.”
De repente, el hombre arrojó la pala.
“Sabes qué”, le dijo, “no vales la pena.”
Arrojó el arma y la pala en la camioneta y se alejó rápidamente.
Dos días después, el hombre intentó matar a otra persona y fue detenido por intento de asesinato. Ya encarcelado, Marleth supo que estaba a salvo.
Un nuevo comienzo
“Había pasado años temiéndole a ese hombre”, recuerda Marleth. “En cuanto quedé libre, me inscribí en un programa de rehabilitación. Una vez a salvo, sin nadie que intentara matarme, volví a orar: ‘Señor, ¿quieres algo de mí? Soy toda tuya.’”
“Tal como Gloria Copeland le había dicho una vez al Señor, le dije: ‘Te doy mi vida. Haz algo con ella.’”
“Ya en rehabilitación, mi mamá me traía discos compactos del hermano Copeland, de la hermana Gloria y de la pastora Terri Pearsons para que los escuchara”, recuerda Marleth. “Los escuchaba y me sumergía en la Palabra, entregándome totalmente a Dios. Incluso durante lo peor de mis adicciones, cuando escuchaba al hermano Copeland, la tentación subsistía. Esos mensajes me ayudaron a concentrarme en el poder de Dios. Sabía que Él era bueno, bondadoso y misericordioso. Sabía que Él me seguía amando tanto como cuando era niña. Así que, sin dudarlo, le pedí perdón.”
“También le pedí que restableciera mi relación con mi mamá. Le pedí que me devolviera a mis hijas. Y le pedí que me permitiera vivir en Fort Worth para poder asistir a la Iglesia Eagle Mountain (EMIC), donde Terri Pearsons y su esposo, George, eran los pastores.”
“Por último, pedí poder conocer algún día a mis padres espirituales, Kenneth y Gloria Copeland.”
“Mientras atravesaba por la rehabilitación”, recuerda Marleth, “El Señor me dijo que renovar mi mente me transformaría de adentro hacia afuera.” Decidió poner en práctica Josué 1:8, que dice: «Recita siempre el libro de la ley y medita en él de día y de noche; cumple con cuidado todo lo que en él está escrito. Así prosperarás y tendrás éxito» (Nueva Versión Internacional).
“Para luchar contra la adicción, también tuve que disciplinarme para ponerme la armadura de Dios en cuanto abriera los ojos (Efesios 6:11-18). Hice lo que el hermano y la hermana Copeland predicaban. Aprendí a ponerme el yelmo de la salvación para combatir los pensamientos del enemigo. Aprendí a ponerme la coraza de la justicia para proteger mis emociones y mi corazón. Y aprendí a ponerme el cinturón de la verdad porque, si me descubren mintiendo, el enemigo lo usará en mi contra. Había terminado de mentirme a mí misma y a los demás.”
“Luego aprendí a calzarme los pies con la preparación del Evangelio de la paz. El Señor sabía que primero debía perdonarme a mí misma, luego perdonar a los demás y estar en paz con todos los que me rodeaban. Aprendí del hermano Copeland que, si decidía no mantener la paz o no perdonar, sólo me estaría perjudicando a mí misma. Aprendí a mantener mi escudo de fe, que debía apagar todo dardo de fuego que se me acercara en lo natural. También tuve que mantener mi Biblia, la espada del Espíritu, conmigo en todo momento y a mano, así como en mi boca, y en mi corazón. Y aprendí que tendría que utilizar mi lenguaje espiritual para salir adelante minuto a minuto.” (Efesios 6:12-18).
Un camino que vale la pena
“Ese fue mi camino hacia la recuperación, y funcionó”, dice Marleth. “Pasé años en la Palabra de Dios, en oración y adoración, y en la iglesia. He estado sobria desde el 24 de junio de 2012. A menudo, he mirado hacia atrás en mi vida y me he preguntado por qué sobreviví. Creo que la razón principal fue porque he sido colaboradora de KCM desde que tenía 11 años. Eso significa que Kenneth y Gloria Copeland, y todo el personal de KCM, han orado por mí todos los días. Ese tipo de oración no tiene precio.”
“También creo que estoy viva gracias a las fieles oraciones de mi mamá. No hay nada más poderoso que una madre que ora. Ella ha sido fundamental en mi vida.”
“Dios ha respondido a cada una de las cosas que le pedí. Hoy, mi mamá, mis hijas y yo vivimos en Fort Worth. Asistimos a EMIC, la Capital Mundial del Avivamiento®, y he podido conocer a mis padres espirituales.”
“Además de trabajar para obtener mi título universitario, mi mamá, mis hijas y yo vivimos en una casa nueva que Dios nos ha proporcionado, y mis hijas asisten a un colegio privado. Y, por si eso no fuera suficiente muestra de Su amor y fidelidad, el Señor también hizo algo más por mí. Hoy trabajo en el departamento de Recursos Humanos de los Ministerios Kenneth Copeland. Al final, terminé siguiendo esos camiones directo a casa.” V