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¡Descárgate!

En una ocasión, mi esposa, Vikki, y yo participamos con un grupo de 15 parejas de un paseo en moto por la carretera Blue Ridge Parkway, una ruta de impresionante belleza a lo largo de la cadena montañosa de los Apalaches. En un momento dado, nos detuvimos para hacer una foto grupal. Cuando intentas organizar a tanta gente, es mejor que ordenes pizza. Pasarás allí un buen rato.
Me acerqué a un pastor del grupo al que no conocía y me presenté.
“Me alegro mucho de que estés aquí. Cuéntame algo de ti. Háblame de tu iglesia.”
En cuanto le hice la pregunta, se soltó.
Se abrieron las compuertas de la información.
Había enfrentado graves dificultades en su iglesia. A un lado de la carretera, mientras la gente sacaba fotos a nuestro alrededor, el hombre estaba “sangrando”. Se había enfrentado a una división en su iglesia, y las personas que causaron la división se habían ido esparciendo cosas desagradables sobre el pastor.
La orilla de la carretera no es el mejor lugar para ese tipo de inmersión profunda, pero, en ese momento, Dios me dirigió a decirle: “Bueno, ya sabes, Dios tuvo una división en el cielo, y no fue debido a la falta de liderazgo.”
Dios quería que este pastor saliera de sus propios pensamientos y dejara de escuchar la condenación y el desaliento: ¿Qué hice mal? ¿Qué podría haber hecho diferente? ¿Debería haber hecho esto o aquello?
¿Debería ese pastor haber manejado la situación de otra manera? Tal vez. Pero, en ese momento, ya se había acabado. Lo mejor que podía hacer era aprender de sus errores y seguir adelante. Lo que no debería haber hecho es dejarse llevar por el diablo todos los días desde ese entonces.
Más tarde, me compartió: “Había algo en mí durante semanas y, ¡BUM!, cuando me dijiste eso, ¡se fue!” En cuanto oyó la verdad, la condena y el desánimo desaparecieron.
De inmediato, se acercó a su esposa que estaba sentada en la motocicleta y le contó lo que le había dicho. La misma unción la impactó. La condenación y el desaliento la dejaron como a él. ¡Alabado sea Dios!
Comparto esto contigo hoy porque, si algo por el estilo –ya sea pensamientos destructivos, dudas, la condenación— ha estado sobre ti, es tiempo de descargarse.
¡Despabílate!
El concepto suena demasiado simple, o demasiado “optimista” para algunas personas, pero recuerda: conoces a un Dios poderoso que levanta a los muertos… y Él es suficiente.

Una mentalidad diferente
Hay dos momentos en los que el diablo te ataca: cuando estás haciendo todo mal y cuando estás haciendo todo bien. En otras palabras, él nunca se detiene. Esto no es nada nuevo. Muchos héroes de las Escrituras se enfrentaron a las mismas presiones. Por ejemplo, el apóstol Pablo se enfrentó a un momento similar.
Pablo, en aquel entonces encarcelado, había conseguido un viaje gratuito en barco para predicar en Roma gracias al gobierno. Pablo le había dicho al oficial romano que estaba a su cargo que no debían salir del puerto porque tenía la sensación de que no era seguro (Hechos 27:10, Traducción de la Pasión). Al capitán del barco no le importó la sugerencia. Embarcó a todos y se dirigió a mar abierto. Pablo había sentido que se avecinaban problemas, pero eso no importaba. Le tocó soportar los mismos problemas que el resto de la gente en el navío. Atravesó por la misma «tormenta de fuerza huracanada… [y] después de muchos días sin ver el sol ni las estrellas, y con la violenta tormenta que seguía azotándonos, abandonamos toda esperanza de salir con vida» (versículos 14, 20).
Entonces, tanto él como los demás naufragaron. Mientras los demás temían por sus vidas, Pablo tenía un estado de ánimo diferente. Sabía que se salvarían.
Eso es lo que debe distinguirnos del mundo: un estado de ánimo diferente. Dios ha hecho algo en nuestro interior que nos ha dado el derecho a creer de forma diferente a la mayoría de la gente. Eso no significa que no vaya a ocurrir lo inesperado. Lo hará, pero, como con Pablo, no tenemos por qué seguir el miedo, el pánico y la incertidumbre que experimentan los demás.
Después de que Pablo y los demás naufragaran en Malta, estaba ayudando a encender un fuego cuando una víbora le mordió la mano. ¿La reacción de Pablo? «Pablo se sacudió la víbora, la arrojó al fuego y no sufrió ningún daño» (Hechos 28:3, 5).
Piensa en ello. Pablo acababa de ayudar a salvar 276 almas y evitar que se ahogaran. Les había ayudado a llegar sanos y salvos a la orilla. Y, justo cuando pensaban que el problema había pasado y podían disfrutar del calor de una fogata, una víbora mordió a Pablo. A eso le llamo tener un mal día.
A veces puedes estar haciendo algo bueno –ayudando a otros, compartiendo el evangelio, haciendo todo lo que has aprendido hacer— y de repente te muerde el diablo. Puede que no sea la mordedura de una serpiente venenosa, pero luce como tal, viene de imprevisto y sientes que es el fin. Pero esta es la parte importante: Pablo tenía un estado de ánimo diferente. Simplemente se sacudió esa víbora.
Los isleños que lo atestaron pensaron que era un criminal que Dios estaba tratando de aniquilar. El océano no lo había matado. El huracán no lo había matado. Así que, para ellos, Dios debía haber enviado esa serpiente para matarlo. Esperaron a que se hinchara y muriera.
De la misma manera, la gente también puede estar esperando que te pase lo peor. Podrían estar diciendo: “Oh, ahora sí que llegó a su fin. Está acabado. Se lo merecía.”
Luego, minutos más tarde, cuando Pablo no murió, cambiaron su discurso: «¡Debe ser un dios!» (versículo 6).
La gente puede ser voluble. Para ti, esos curiosos pueden ser cristianos bienintencionados que van a tu iglesia. O, podrían ser personas que se sientan a tu lado en el trabajo. O son tus vecinos con los que te cruzas a diario en el paseo matutino. Te observan para ver cómo respondes a la mordedura. Están esperando a ver si te hinchas y mueres… o si simplemente te la quitas de encima.

Dios resucita a los muertos
Pablo no era ajeno a la presión. En 2 Corintios, Pablo habló de los problemas que había enfrentado en Turquía occidental. Mientras lees el pasaje, piensa en los momentos de tu vida –quizás incluso ahora mismo— en los que te has enfrentado a presiones, de esas que hacen que otros se pregunten si sobrevivirás.
«Hermanos, no queremos que ustedes ignoren nada acerca de los sufrimientos que padecimos en Asia; porque fuimos abrumados de manera extraordinaria y más allá de nuestras fuerzas, de tal modo que hasta perdimos la esperanza de seguir con vida. Pero la sentencia de muerte que pendía sobre nosotros fue para que no confiáramos en nosotros mismos…» (2 Corintios 1:8-9, Nueva Versión Reina Valera).
Lo que golpeó a Pablo podría ser similar a lo que nos ha golpeado a ti y a mí. Viene de la nada. Tu mente comienza a reproducir un carrete de preguntas llenas de dudas: ¿Qué vas a hacer ahora? ¿Cómo vas a superar esto? ¿Cómo acabará?
Cuando tu mente empiece a reproducir ese tipo de tonterías, recuerda dónde debes depositar tu confianza. Al igual que Pablo, pareciera que tienes una «sentencia de muerte», pero no le prestes atención. En su lugar, confía «en Dios, que resucita a los muertos» (versículo 9).
No importa lo desesperadas que parezcan las cosas. Sirves a un Dios que te rescata de situaciones desesperadas. No importa lo mortal que pretenda ser esa mordedura (¡llegó el final; estás acabado!)… ¡sirves a un Dios que resucita a los muertos!
Puedes estar seguro de que Pablo fue bombardeado con el mismo tipo de pensamientos negativos que tratan de impactar a cada uno de nosotros. Pero, cuando le sucedió, Pablo se sacudió.
Puede que nadie supiera por lo que Pablo estaba atravesando en su interior, pero él sabía que tenía que afrontarlo. No se detuvo en ese lugar. No se le ocurrió un plan C, D o E. Siguió con el plan A. Dijo: «Dios nos libró de tan grande muerte, y nos libra; en quien confiamos que aún nos librará» (versículo 10).

No renunciar
Pablo nos da detalles adicionales sobre cómo manejar una mordedura más adelante en el la misma carta a los Corintios. En el capítulo 4, escribió: «Ahora bien, es por la misericordia de Dios que se nos ha confiado el privilegio de este ministerio del nuevo pacto» (versículo 1, TPT).
¿No podríamos decir todos lo mismo? No es porque hemos sido tan hábiles que disfrutamos los trabajos, las iglesias o las familias que tenemos. Es por la misericordia de Dios que se nos ha confiado «este ministerio del nuevo pacto».
Entonces, Pablo añade esta declaración: «Y no renunciaremos ni desmayaremos de cansancio».
Satanás puede tratar de silenciar tu voz, acallarte y cansarte, pero, como dijo Pablo: «No renunciaremos».
Pablo nos recuerda entonces que nuestro pensamiento debe permanecer firme. «Somos como tinajas de barro común que llevan dentro este glorioso tesoro, para que el extraordinario desbordamiento de poder sea visto como de Dios, no nuestro» (versículo 7). Nota que Pablo usó la frase «desbordamiento de poder». Dios quiere que se vea un «desbordamiento de poder» en nuestros hogares, nuestro dinero, nuestros matrimonios, nuestros ministerios y nuestras voces. Podemos ser vasijas comunes de barro, pero tenemos un «desbordamiento de poder». Ese poder no viene por nosotros. Viene porque Jesús ha depositado todos Sus recursos en nuestro interior.
En los versículos 8-9, Pablo continúa: «Aunque experimentamos todo tipo de presión, no somos aplastados… Somos perseguidos por otros, pero Dios no nos ha abandonado».
¿Te sientes identificado? Pablo y sus compañeros de ministerio se enfrentaron a todo tipo de presiones, pero se negaron a dejarse aplastar. Se negaron a renunciar.
Satanás disfrutaría al convencerte de que renuncies a la vida y al llamado que Dios tiene para ti. Ese es su objetivo. Pero, si renuncias, nunca descubrirás el siguiente paso en el plan de Dios. Nunca sabrás qué hacer. Nunca sabrás en qué dirección proseguir.
No sé por lo que estés pasando, pero sé que estos son los trucos que el diablo utiliza en cada uno de nosotros para meterse en nuestras cabezas. No tenemos que permitirle que se salga con la suya. Estamos llenos de Jesús. Estamos llenos de la Palabra, y renovamos nuestras mentes con esa Palabra a diario, incluso a cada hora.
Segunda de Corintios continúa: «Tenemos el mismo Espíritu de fe que se describe en las Escrituras cuando dice: ‘Primero creí, luego hablé con fe’… Así que no es de extrañar que no nos rindamos. Porque aunque nuestra persona exterior se desgasta poco a poco, nuestro ser interior se renueva cada día» (versículos 13, 16).
Al igual que los buzos tienen que igualar la presión en su cabeza para contrarrestar la presión del agua a diferentes profundidades, así nosotros tenemos que aumentar la Palabra en nuestro interior para contrarrestar la presión del enemigo en el exterior. A medida que aumentamos la Palabra dentro de nosotros, la presión del enemigo se hace menos notable. Es en ese lugar que somos capaces de quitárnoslo de encima.
Cuando te muerda… descárgate. Declara la Palabra que has depositado en tu interior. Apóyate en las promesas de Dios cuando las cosas vayan mal. Sigue creyendo en Su verdad cuando el enemigo, los amigos o la opinión pública te digan que tu vida se ha acabado. No es cierto. Deja que la presión de la Palabra aumente en tu interior para que tú también puedas sacudirte. V

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