El arma definitiva
Un día, cuando era adolescente, cometí un error que nunca olvidaré. En un arrebato de cólera me enfadé con mi padre y, al regañarme, levanté los puños como si lo retara a una pelea. Mi padre era un hombre maravilloso, cariñoso y piadoso, así que nunca se me ocurrió pensar que aceptaría mi reto. Pero lo hizo… y lo siguiente que recordaba era mi cuerpo de espaldas contra el armario, a oscuras.
Al principio, no sabía dónde estaba. Instantes previos, recordaba estar de pie en el dormitorio frente al armario mirando a mi padre. Ahora no veía nada. Pensé: este “anciano” me dejó ciego. Estiré la mano, palpé la ropa a mi alrededor y comprendí lo que había sucedido. Mi padre me había metido de espaldas en el armario y había cerrado la puerta.
Cuando salí, mi madre me dijo: “Kenneth, ¿en qué estabas pensando? ¿No sabías que tu padre solía ser boxeador y ganó muchos premios?”
Era toda una novedad para mí.
Así que me lo explicó.
Me dijo que, en tiempos pasados, en los pueblos de todo el país se organizaban peleas entre el malo del pueblo y cualquiera que quisiera desafiarlo. La gente de los alrededores pagaba por asistir y el ganador se llevaba la mayor parte del dinero.
“Tu padre y tu tío Carl participaron una vez en esas peleas en localidades desde Texas hasta California y viceversa, y cubrieron los gastos del viaje con el dinero del premio que ganaron”, dijo. “¡Ninguno de los dos perdió una sola pelea!”
Lección aprendida. Nunca volví a retar de ese modo a mi padre. Sin embargo, se me presentó la oportunidad.
Años más tarde, después de volver a casa del ejército, una mañana temprano en la cocina estaba hablando mal de mi madre a sus espaldas y mi padre lo oyó. En mi recorrido por el pasillo, giré y me lo encontré. Me agarró por las solapas de la bata, me levantó del suelo y me inmovilizó contra la nevera. “Hijito”, me dijo, “tú y yo vamos a pelearnos, y yo voy a ganar.”
Esa ocasión, en lugar de levantar los puños, decidí respetarlo como se merecía. “No señor, bájame”, le dije. “¡Ya ganaste!”
Si los creyentes nacidos de nuevo pudiéramos verlo, descubriríamos que el diablo está en la misma posición contra nosotros, al igual que yo contra mi padre aquel día. Él sabe, por experiencia propia, el tipo de poder que podemos ejercer contra él. Cometió el error hace 2.000 años de retar a nuestro SEÑOR Jesús a una pelea, y lo perdió todo. Entonces, cuando el diablo se mete con nosotros, podemos acorralarlo contra la pared en el Nombre de Jesús.
Podemos decir, “Diablo, tú y yo vamos a tener una pelea, y en el Nombre de Jesús voy a ganar”, y el huirá de nosotros (Santiago 4:7). Nos dará el mismo respeto que le muestra a Jesús Mismo porque, en ese Nombre todopoderoso, ya hemos ganado.
De hecho, el diablo comprende esta realidad mejor que la mayoría de los cristianos. Él y todos sus secuaces tiemblan cuando un hijo de Dios nacido de nuevo que tiene fe en el Nombre de Jesús lo pronuncia, porque saben lo que ese Nombre representa. Son plenamente conscientes de que Jesús no sólo heredó ese Nombre, no sólo le fue otorgado por el Dios Todopoderoso, sino que lo consiguió a través de Su conquista. Se lo ganó emprendiendo la mayor batalla jamás librada y saliendo victorioso desde las mismas entrañas del infierno.
Una derrota inolvidable
El diablo nunca olvidará la derrota que Jesús le infligió junto a sus fuerzas malignas aquel día. Los cogió totalmente por sorpresa porque pensaban que por fin lo habían vencido. Habiendo llevado a cabo su complot para crucificarlo, fueron testigos de Su muerte en la cruz como todo pecador. Le habían oído gritar las primeras palabras del Salmo 22: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» Habían presenciado el momento en que exhaló Su último aliento y lo vieron descender a lo más bajo del infierno, donde sería torturado más de lo que ningún hombre había sido, o sería en el futuro.
Por supuesto, todavía no habían comprendido la razón. Sólo más tarde salió a la luz la verdad: Jesús no murió ni fue al infierno porque hubiera pecado. No era un pecador. Lo hizo para pagar el precio del pecado de toda la humanidad, para siempre. Por la fe, Él tomó sobre Sí mismo cada pecado que alguna vez hubiera sido o fuera cometido por cualquier ser humano para que, por la fe, quienquiera que creyera en Él, «fuéramos hechos justicia de Dios» (2 Corintios 5:21).
Jesús sufrió «los dolores de la muerte» (plural) por nosotros al morir tanto física como espiritualmente (Hechos 2:24, RVA-2015), para que nosotros pudiéramos vivir.
“Hermano Copeland, has ido demasiado lejos”, podrías decir. “Jesús no murió espiritualmente. Tampoco fue al infierno.”
Sí, lo hizo. Hebreos 2 lo deja muy claro. Dice que, por un período de tiempo, Dios clasificó al Hijo del hombre como «un poco menor que los ángeles» (versículo 7). El diablo es un ángel caído. Es el ángel de la muerte. Por eso, cuando Jesús «se humilló a Sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Filipenses 2:8), cayó bajo una sentencia de muerte física y espiritual.
Hace años, un pastor metodista recibió la confirmación de esta revelación de una manera inusual. Se había enterado por algunos miembros de su congregación de que yo había estado predicando en una de las iglesias locales de la ciudad que Jesús había ido al infierno por nosotros, y se había enfadado tanto, que decidió enfrentarme.
En medio de uno de mis servicios vespertinos, entró por la puerta y se dirigió hacia el estrado. Al verle venir hacia mí, no sabía qué esperar. Era un hombre grande y podía ver que era fornido, así que dije para mis adentros: “¡Jesús, ahí viene!”
Justo antes de alcanzar la tarima, me señaló con el dedo con el ceño fruncido y empezó a atacarme verbalmente. Pero, en ese instante, el Señor lo llenó con el Espíritu Santo. Las únicas palabras en español que pudo expresar fueron: “Te diré…” y a continuación todo lo que pudo hacer fue hablar en lenguas. Se tapó la boca con la mano y finalmente agachó la cabeza y se fue.
Más tarde, vino a verme y me dijo: “¡Copeland, te pido disculpas! Cuando llegué a casa anoche, no podía dormir, así que fui a la iglesia y me arrojé al suelo orando en otras lenguas. ¡Fue una experiencia hermosa! Después de un rato, me detuve y dije: ‘Jesús, ¿de verdad fuiste al infierno?’ y Él me contestó: “Será mejor que lo creas, amigo. Si yo no hubiera ido, te tocaría ir a ti.” (ver Hechos 2:27).
Eso nos aplica a todos. Estaríamos destinados al infierno si Jesús no hubiera ido allí en nuestro lugar. Pero, gloria a Dios, Él lo hizo. De hecho, fue cuando Él estaba en las profundidades del infierno que el diablo y todas las huestes demoníacas se dieron cuenta del catastrófico error que habían cometido.
Como dice 1 Corintios 2:8: «nunca habrían crucificado al Señor de la gloria» si hubieran sabido lo que Dios había planeado. Pero no tenían ni idea. Una vez que metieron a Jesús en el infierno, Él se quedó encerrado en La PALABRA de Dios y se negó a soltarla. Habiendo citado el primer versículo del Salmo 22:1 en la cruz; en el mismo infierno, declaró el resto de los versículos:
«Dios mío, te llamo de día, y no me respondes; te llamo de noche, y no hallo reposo. Tú eres santo, tú eres rey; tú eres alabado por Israel. Nuestros padres confiaron en ti; en ti confiaron, y tú los libraste. A ti clamaron, y fueron librados;
en ti confiaron, y no quedaron en vergüenza.
… Anunciaré tu nombre a mis hermanos; te alabaré en medio de la comunidad.
Ustedes, los que temen al Señor, ¡alábenlo!… El Señor no rechaza al afligido,
no desprecia a los que sufren, ni esconde de ellos su rostro; cuando a él claman, les responde. Yo lo alabaré en medio de la comunidad, y ante los que le temen cumpliré mis promesas… Todos los rincones de la tierra invocarán al Señor, y a él se volverán; ¡ante él se inclinarán todas las naciones! El reinado es del Señor, y él gobierna a todas las naciones» (versículos 2-5, 22-25, 27-28).
¡Jesús alabó a Dios en el infierno! Y lo hizo, según esos versículos, en medio de la comunidad.
¿Cuál comunidad? La gran comunidad de los santos difuntos del Antiguo Testamento. Lo estaban observando desde el lugar conocido como “El Paraíso”. A través del gran abismo que los separaba, podían ver a Jesús y Él podía verlos a ellos, así como Lázaro y el hombre rico podían verse el uno al otro en Lucas 16.
Todos los que figuran en el salón de la fama de la fe de Hebreos 11 estaban observando la gran batalla espiritual que ese día se libraba en el infierno. Todos ellos estaban escuchando a Jesús alabar a Su Padre celestial… cuando, de repente, la voz del Padre irrumpió resonante desde el cielo. Sacudiendo los mismos cimientos del dominio de satanás con las palabras registradas en Hebreos 1:5-8, Él le respondió a Jesús:
«Tú eres mi Hijo. Yo te he engendrado hoy.» … «Yo seré su Padre, y él será mi hijo.» … «Que lo adoren todos los ángeles de Dios.» Pero del Hijo dice: «Tu trono, oh Dios, es eterno y para siempre; el cetro de tu reino es un cetro de justicia»
El Nombre sobre todo nombre
Con esas palabras, Jesús nació de nuevo. Fue librado de «los dolores de la muerte; puesto que era imposible que él quedara detenido bajo su dominio» (Hechos 2:24, RVA-2015). Dios lo resucitó y, a partir de ese momento, convirtió aquella batalla en una derrota.
Procedió a «anular mediante la muerte el poder de aquel que tenía el poder de la muerte, es decir, el diablo» Hebreos 2:14, Nueva Biblia de las Américas. «Desarmó además a los poderes y las potestades, y los exhibió públicamente al triunfar sobre ellos en la cruz» (Colosenses 2:15). Luego «subió a lo alto, llevó cautiva la cautividad [liderando un tren de enemigos vencidos]» (Efesios 4:9, Biblia Amplificada, Edición Clásica).
¡Jesús despojó al diablo de todo aquel día! No le dejó más arma que el temor. Hizo que el diablo se postrara ante Él, le arrebató sus llaves en el mismo infierno, y volviendo al cielo como vencedor, recibió el Nombre de Dios Todopoderoso, el Nombre sobre todo nombre: «para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios el Padre» (Filipenses 2:10-11).
Jesús no necesita ese Nombre en el cielo, pero nosotros lo necesitamos en la tierra. El diablo sigue rondando el planeta buscando a quién devorar, y el Nombre de Jesús es el único Nombre que puede detenerlo. «En ningún otro hay salvación, porque no se ha dado a la humanidad ningún otro nombre bajo el cielo mediante el cual podamos alcanzar la salvación» (Hechos 4:12).
El Nombre de Jesús es un arma en las manos de la Iglesia contra toda maldad, el diablo y todo lo que él representa. Como creyentes tenemos poder en ese Nombre. Podemos pronunciar Su Nombre como si fuera nuestro, porque lo es.
Jesús es nuestro Hermano de sangre mayor. Somos Sus coherederos (Romanos 8:17) y hemos nacido «del Padre de nuestro Señor Jesucristo, de quien recibe su nombre toda familia en los cielos y en la tierra» (Efesios 3:14-15). El Nombre de Jesús nos pertenece tanto como a Él, y ese Nombre es «Torre fortificada» (Proverbios 18:10, RVA-2015). «Está muy por encima de todo principado, autoridad, poder y señorío, y por encima de todo nombre que se nombra, no sólo en este tiempo, sino también en el venidero» (Efesios 1:21).
El Nombre de Jesús te eleva a un lugar donde puedes mirar al diablo y decirle: “¡Ponte bajo mis pies!”
Un creyente que entendió esto demasiado bien fue Smith Wigglesworth. Fue un predicador de fe pentecostal que ministró a principios de 1900. Una vez entró en una sesión de espiritismo donde la gente estaba usando el poder demoníaco para hacer levitar una mesa. Pensaron que se impresionaría, pero no fue así. Simplemente le ordenó a la mesa: “¡Baja!”, luego gritó el Nombre de Jesús y la mesa cayó al suelo con tanta fuerza que se hizo añicos.
Otro valiente hombre de Dios, Lester Sumrall, me contó de un incidente similar en África. Una iglesia local estaba teniendo un derramamiento maravilloso del Espíritu Santo, y el brujo de la zona se molestó porque un pariente suyo participó, fue sanado y nació de nuevo. Decidido a probar que su poder era mayor que el poder que operaba en la iglesia, el brujo se presentó en uno de los servicios.
Allí mismo, frente a toda la congregación, se puso de pie y comenzó a levitar. Subía… y bajaba… subía… y bajaba. “¿Qué les parece?”, les dijo. Sin impresionarse, los miembros de la iglesia siguieron alabando el Nombre de Jesús. Cuando el brujo intentó levitar de nuevo, no pudo. Saltó en el aire un par de veces, pero no funcionó. “¿Qué me está pasando?”, gritó.
Finalmente, cayó de bruces, entregó su corazón al Señor y fue lleno del Espíritu. Cuando levantó la vista, para su sorpresa, vio que Dios había hecho levitar a toda la congregación a su alrededor. Entonces, en el Nombre de Jesús, saltó de nuevo y levitó junto con ellos.
¿Por qué no hemos visto más cosas por el estilo?
Mientras seguimos creciendo en nuestra revelación del poder del Nombre de Jesús, ¡lo veremos! Resistiremos al diablo y huirá de nosotros aterrorizado. El retrocederá cada vez que lo desafiemos a pelear porque él sabe que no puede contra nosotros. Él sabe que por el poder del Nombre de Jesús, ¡ya hemos ganado! V