El poder de la permanencia
La resurrección de Jesús fue la mayor demostración del poder de Dios. No sólo fue resucitado en espíritu, alma y cuerpo, sino que toda la humanidad fue resucitada con Él. Su resurrección fue tan poderosa que lo único necesario para experimentar en vida la magnitud de este poder regenerador es aceptar a Jesús y Su resurrección como si fuera algo propio. Instantáneamente, nuestros espíritus resucitarán a la vida, así como Él fue resucitado, con la promesa de que nuestros cuerpos también serán levantados un día, tal como Él. ¡Guau! ¡Ese es nuestro Dios!
Para que este nivel de poder pudiera ser liberado por Dios tenía que existir un nivel de fe correspondiente por parte de un ser humano; Jesús fue ese hombre. Pero, ¿cómo pudo Jesús liberar la fe para Su resurrección? Hay hechos a lo largo de Su ministerio, como la resurrección de la hija de Jairo y del hijo de la viuda de Naín, que le permitieron ejercer esa fe. Pero fue en la tumba de Lázaro donde Jesús llegó a tal plenitud de fe que no sólo creyó en la resurrección, sino que pudo declarar con valentía: «Yo soy la resurrección» (Juan 11:25).
¿Cómo llegó a esa clase de revelación acerca de Él Mismo? Y ¿qué significado tiene para nosotros? ¿Qué lecciones podemos aplicar a nuestro propio camino con el Señor?
Lección Nº1: Asume la situación por medio de la fe y declara el resultado final que glorificará a Dios.
Leamos Juan 11 y veamos a Jesús tomar la fuerza de la fe con tal habilidad para dominar el espíritu de la muerte.
Había un hombre enfermo, que se llamaba Lázaro y era de Betania, la aldea de María y de Marta, sus hermanas. (María, cuyo hermano Lázaro estaba enfermo, fue la que ungió al Señor con perfume, y quien le enjugó los pies con sus cabellos.) Las hermanas mandaron a decir a Jesús: «Señor, el que amas está enfermo.» Cuando Jesús lo oyó, dijo: «Esta enfermedad no es de muerte, sino que es para la gloria de Dios y para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.» Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Y cuando Jesús se enteró de que estaba enfermo, se quedó dos días más en el lugar donde estaba. (versículos 1-6).
Observa que Jesús dijo en el cuarto versículo: «Esta enfermedad no es de muerte». ¡El diablo con seguridad no se lo esperaba! Claramente su plan era causarle la muerte segura a Lázaro para así sembrar dudas y división entre los amigos y seguidores de Jesús. Pero, cuando Jesús pronunció esas palabras de fe, detuvo en seco las artimañas del diablo. Y prosiguió: «Esta enfermedad… es para la gloria de Dios y para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.». Así que Él no sólo detuvo el curso natural de la enfermedad en Lázaro, sino que la redirigió hacia un resultado diferente, con un propósito diferente.
Lección Nº2: Obtén la comprensión del propósito de Dios de las Escrituras y por el Espíritu. Luego, sigue el amor hasta que ese propósito se cumpla.
El versículo 3 describe lo que el amor de Jesús por Lázaro representaba para María y Marta. Ellas dijeron: «Señor, el que amas». En español, se nos escapan los diferentes significados del amor que revelan las palabras griegas phileo y ágape. Phileo, la palabra griega traducida como amor en este versículo, significa, “encariñado o afectuoso por encontrar algo atractivo o significativo en la persona amada”.
Pero el versículo 5 nos revela que Jesús tenía ágape por Lázaro. Esto es amor en un nivel totalmente diferente; el nivel de Dios, porque Dios es Amor. ¡Dios es ágape! Este amor es impulsado por el propósito, no por la atracción. Dios tiene un propósito para la humanidad: que se convierta en Su familia. Así que, cuando el pecado de Adán lo separó de Dios, Dios se centró en el propósito para el que había creado al hombre. Y por Su amor ágape, envió a Jesús.
Si Dios hubiera estado motivado por el amor phileo cuando Adán perdió su comunión con Él, habría abandonado a Adán y a toda su descendencia. Pero el amor ágape nunca pierde de vista el propósito, y el propósito más elevado es el de glorificar a Dios. Dios sólo podía ser glorificado si Su familia lo era.
Jesús sabía cómo glorificar a Dios. Sabía que debía resucitar de entre los muertos para que todos los hombres pudieran también resucitar. Y Jesús comprendía además que debía demostrar Su fe para resucitar a Lázaro como un paso necesario del plan en su totalidad. El amor por Dios y Su propósito, así como el amor y el propósito de Dios por Lázaro, fueron las fuerzas motrices en cada acción que llevó a cabo. Ningún plan de Dios puede cumplirse sin amor.
Lección Nº3: Busca conocer a Jesús y el poder de Su amor. Busca estar arraigado en el conocimiento de tu identidad en Él.
El versículo 6 ha dejado perpleja a la gente durante generaciones. ¿Por qué Jesús se quedó intencionalmente donde estaba y dejó morir a Lázaro? Antes de que lleguemos a la misma conclusión apresurada a la que llegó la mayoría de los habitantes de Betania, será mejor que echemos un vistazo más profundo.
«[Jesús] se quedó». Quedarse significa “permanecer en un lugar, estado, relación o expectativa determinada”. Si volvemos a leer el capítulo 10, descubriremos por qué este lugar era tan importante.
La confrontación entre Jesús y los líderes judíos en Juan 10:24-39 es una de las más polémicas registradas en la Biblia. Ellos le cuestionaron si Él era o no el Mesías. Cuando Jesús declaró: «El Padre y yo somos uno.», se enfurecieron al punto de tomar piedras para matarlo. Su respuesta al odio y la violencia perpetradas difuminó su ira, de modo que, en lugar de apedrearlo, decidieron arrestarlo. Pero aún no era el momento de hacerlo, así que se dio paso entre la multitud, y pasó desapercibido. (Sin duda, fue una protección milagrosa).
Aquel encuentro debió ser agotador, y profusamente perturbador. Los líderes, aquellos que deberían haber reconocido y dado la bienvenida a Jesús lo estaban desafiando con la misma ferocidad que Satanás lo desafió en el Monte del Templo. ¿Y cuál era ese desafío? ¿Eres realmente el Hijo de Dios? ¿Eres realmente Quien crees ser? Es imperativo analizar lo que las Escrituras se empeñan en decirnos de Jesús y Sus próximos pasos. Regresó al otro lado del Jordán, donde Juan había bautizado. ¿Por qué regresó a ese lugar? Lee Lucas 3:21-22. «Un día en que todo el pueblo estaba siendo bautizado, también fue bautizado Jesús. Y mientras Jesús oraba, el cielo se abrió y el Espíritu Santo descendió…» Es decir, Jesús regresó al mismo lugar en el que Dios le había confirmado abierta y milagrosamente a Él y a todos los que lo rodeaban que Él era realmente Su Hijo. Jesús permaneció en ese lugar donde había orado y escuchado. Permaneció en esa relación, recordando, meditando y disfrutando de Su filiación. Permaneció a propósito en un estado de “ser” –ser el Hijo del Altísimo. Y, por último, permaneció en expectativa. Al finalizar este tiempo de permanencia, el cual incluyó los dos días posteriores a las noticias de la muerte de Lázaro, estaba tan arraigado, seguro y saturado de Su identidad en Dios, que nadie podría hacerlo dudar. Marta no pudo; los dolientes no pudieron; los mismos judíos que habían tratado de matarlo unos días antes tampoco pudieron, ni el cuerpo muerto de Lázaro. Era imposible sacudirlo. Él conocía a Su Padre y comprendía Su lugar en Él.
Lección Nº4: Comienza a permanecer en tu tiempo a solas con Dios y Su Palabra. Luego, sal de ese lugar de oración dependiendo de tu identidad en Él, y no de quién es eres en ti mismo.
La fe sacó a Lázaro de su tumba. Y esa misma fe sacó a Jesús de la suya, junto a ti y a mí. Fuimos resucitados con Él y sentados con Él en el Espíritu. Somos la justicia de Dios, más que vencedores y podemos hacer todas las cosas por Él (2 Corintios 5:21; Romanos 8:37; Filipenses 4:13). Pero debemos hacer lo que Él hizo y tomarnos el tiempo para permanecer. Permanece en Él en tu lugar de oración hasta que lo que eres no pueda ser sacudido en tu interior. Entonces, enfrenta cualquier desafío que te espere y observa lo que el Más Grande hará en ti y a través de ti. V