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El poder reside en la consistencia

El secreto para vivir una vida sobrenaturalmente bendecida en medio de un mundo completamente loco es: Haz las cosas a la manera de Dios y no a tu manera.
¡Sus caminos funcionan! A diferencia de nuestros caminos, que a menudo nos meten en problemas, Sus caminos, cuando se siguen con consistencia, siempre funcionan para nuestro bien. Además, no son complicados ni difíciles de descubrir. Nunca lo han sido. Sólo tenemos que escuchar lo que Él dice, creerlo y actuar en consecuencia.
Sin embargo, por muy sencillo que parezca, Dios no siempre ha tenido un pueblo que le obedeciera. Desde Adán y Eva en el Jardín del Edén, Él le ha dicho fielmente a Su pueblo cómo vivir una vida bendecida y ellos le desobedecieron una y otra vez. Siguieron ideando sus propios planes y sufriendo los tristes resultados.
Eso es lo que hicieron los israelitas a lo largo del Antiguo Testamento. Una y otra vez, Dios les decía cómo prosperar y vivir en victoria sobre sus enemigos. “Si escuchan, creen y me obedecen”, les decía, “los escucharé cuando me invoquen, y serán bendecidos”. Al principio, ellos le obedecían; pero, después de un tiempo, abandonaban Sus caminos y volvían a los propios. Empezarían a vivir como lo hace el mundo y experimentarían la carencia y la derrota.
Sin embargo, incluso entonces, Dios seguiría hablándoles. Seguiría enviándoles profetas para predicarles Su Palabra y advertirles que, de no escucharla con atención, vendría el juicio. El profeta Jeremías les predicó ese mensaje durante más de 40 años.
Piensa en lo que debió ser predicarle el mismo mensaje a la misma gente durante 40 años. Es mucho tiempo para seguir hablándole a un grupo de personas desinteresadas en escucharte. Pero, Dios hizo que Jeremías lo hiciera de todos modos. ¿Por qué? Porque Él es extraordinariamente paciente y lleno de amor, y desea satisfacer las necesidades de Su pueblo.
Me gusta el libro de Jeremías porque, a lo largo del mismo, Dios habla del bien con el que desea bendecir a Su pueblo. Les prometió que, aunque siguieran rebelándose contra Él y fueran al cautiverio, después de 70 años los reuniría y los traería de vuelta a casa.
«Porque yo sé muy bien los planes que tengo para ustedes —afirma el Señor—, planes de bienestar y no de calamidad, a fin de darles un futuro y una esperanza» (Jeremías 29:11, Nueva Versión Internacional).
Dios sigue con el mismo mensaje, incluso hoy en día. Todavía tiene buenos planes para nosotros. Sigue siendo misericordioso y amoroso y desea que seamos bendecidos en todas las áreas de nuestra vida. Pero, para cumplir Sus deseos, necesita que nos posicionemos para recibir de Él.
¿Cómo lo hacemos?
Haciendo lo que Él quería que hicieran los israelitas: escuchando, creyendo y haciendo lo que Él dice en Su Palabra.
“Pero Gloria”, podrías decir, “los israelitas estaban bajo la Ley. Como creyentes del Nuevo Pacto, no vivimos por la ley, sino que vivimos por la fe”.
Tienes razón. ¿Y qué es la fe? Es simplemente creer en la Palabra de Dios y actuar como si fuera verdad. Eso es lo que hiciste cuando naciste de nuevo. Escuchaste la Palabra de Dios acerca de la salvación que ha sido provista a través de Jesús, y actuaste por fe. Lo creíste en tu corazón y lo confesaste con tu boca. Cuando lo hiciste, recibiste la bendición del nuevo nacimiento.
La fe es lo que manifiesta todas las bendiciones de Dios. Es lo que las transfiere del reino espiritual al reino natural. Como dice Hebreos 11:1, la fe es «la seguridad (la confirmación, el título de propiedad)» o «la sustancia» de las cosas que esperamos, «la prueba de las cosas [que] no vemos y la convicción de su realidad» (Biblia Amplificada, Edición Clásica).
Poner la fe en la Palabra de Dios hace que las cosas sucedan en nuestras vidas. Hace que se cumplan todas las promesas que Dios nos hizo en la Biblia. Cuando mezclamos Sus promesas con la fe, éstas adquieren sustancia natural. Se convierten en sanidad, finanzas o lo que sea que necesitemos.

Promesas hechas y cumplidas
Dios siempre ha obrado con Su pueblo por medio de promesas. Mucho antes de que Dios les diera a los israelitas la Ley, estableció Su pacto con Abraham haciéndole una promesa. Le dijo: «Haré de ti una nación grande. Te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición. Bendeciré a los que te bendigan, y maldeciré a los que te maldigan; y en ti serán benditas todas las familias de la tierra.» (Génesis 12:1-3).
¿Cómo respondió Abraham ante tal promesa? La creyó. Comenzó a hablar y a actuar como si fuera verdad y, en efecto, lo que Dios dijo se cumplió.
Ese principio de la Palabra de Dios funciona para todos. Por eso nos dice a lo largo de toda la Biblia que prestemos atención a Su Palabra; porque, como dijo Jesús, no sólo de pan vivimos, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios (Mateo 4:4).
Cuanto más de la Palabra de Dios conozcas y pongas por obra, mejor será tu vida en todas las áreas: tendrás más gozo, libertad y abundancia. Sin embargo, si sólo la escuchas a medias, y haces lo que Él dice a medias, te quedarás corto. Si sólo piensas en Su Palabra una vez a la semana el domingo por la mañana, aunque eventualmente llegarás al cielo, no disfrutarás del recorrido.
Para vivir bien en el ahora y experimentar la victoria en esta tierra, debes ser diligente acerca de las cosas de Dios. Debes darle a Él y a Su Palabra el lugar que les corresponde en tu vida.
¿Cuál es ese lugar? El primer lugar.
Cuando Dios está en primer lugar, Su Palabra es tu máxima prioridad y la autoridad final. Pasarás tiempo leyéndola y, lo que sea que diga, dirigirá tu vida. No leemos la Biblia como lo hacen muchas personas, tan solo para obtener información histórica. La lees como si Dios te hablara directamente. Te preguntas: “¿Qué me está diciendo Dios en esta Palabra? ¿Qué promete hacer por mí? ¿Qué me está diciendo que crea y haga?”
“Bueno”, podrías decir, “pienso que creer es lo que verdaderamente le importa a Dios, y tanto el hacer. A Él le interesa nuestra fe, no nuestras obras.”
En realidad, a Él le interesan ambas cosas, porque son inseparables. Como dice Santiago 2:17, la fe sin obras está muerta, así que el creer y el hacer siempre van de la mano. En Josué 1:8, Dios dice que guardes la Palabra en tu boca, y que medites en ella día y noche para que la pongas en práctica. «Porque entonces harás que tu camino sea próspero, y entonces te conducirás con sabiduría y tendrás buen éxito» (AMPC).
Creer y hacer lo que Dios dice es la clave de tu sanidad. Es la clave para tu incremento financiero. Es la clave para caminar en la plenitud de los buenos planes de Dios para tu vida y recibir todas las cosas maravillosas que Él ha prometido y provisto. Es por eso que Él dice en Isaías 55:
Escúchame con diligencia …. Inclina tu oído… y ven a Mí…. Porque mis pensamientos no son tus pensamientos, ni tus caminos son mis caminos, dice el Señor. Porque como los cielos son más altos que la tierra, así mis caminos son más altos que tus caminos y mis pensamientos más que tus pensamientos. Porque como la lluvia y la nieve descienden de los cielos, y no vuelven allí, sino que riegan la tierra y la hacen brotar y germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía [sin producir ningún efecto, inútil], sino que hará lo que yo quiero y me propongo, y prosperará en aquello para lo que la envié (versículos 2-3, 8-11, AMPC).

Esos versículos resumen el secreto de toda vida sobrenaturalmente bendecida en esta tierra. Te dicen con claridad cómo abrir la puerta para que Él se mueva a tu favor en algún área de tu vida. Primero encuentras lo que Él dijo en Su Palabra al respecto y luego pones esa Palabra en tu corazón como si plantaras semilla en la tierra.
Las palabras de Dios son realmente una semilla sobrenatural. Están vivas y son eficaces (Hebreos 4:12). La Biblia es como un paquete de semillas que contiene las palabras de Dios, pero que no harán nada por ti sin ser usadas. Para liberar Su poder creativo, las palabras de Dios deben ser plantadas en tu corazón, estar en tu boca y ser puestas en práctica. Entonces, con el tiempo, producirán lo que sea que estés creyendo. Crecen desde una semilla espiritual hasta convertirse en algo que puedes tocar, ver, llevar y conducir.
Fíjate que no he dicho que las palabras de Dios produzcan resultados instantáneos. Las cosas espirituales no suelen cambiar las cosas naturales de la noche a la mañana. Normalmente, para que la Palabra de Dios dé fruto en tu vida, debes perseverar en ella. Debes seguir alimentándote de ella y vivir como si fuera verdad, incluso ante circunstancias contrarias. El Señor me dijo algo hace muchos años cuando estaba aprendiendo a caminar por fe: en la constancia está el poder. Así que, para ver los resultados, debes ser como Abraham, quien a través de la “fe y la paciencia” heredó las promesas de Dios.

La semilla germina mejor en tierra fértil
Jesús enseñó sobre este principio en Marcos 4. Allí, al igual que en Isaías 55, se refirió a la Palabra de Dios como la semilla, y habló de los resultados que ésta produce cuando se siembra en el terreno del corazón de las personas. Describió al primer grupo de personas como gente del «camino». Ellos escucharon la Palabra pero no se beneficiaron de ella en absoluto. Como sus corazones eran demasiado duros para recibirla, Satanás vino inmediatamente y se las robó.
El segundo grupo escuchó la Palabra y al principio la recibió con alegría. Pero entonces, el diablo vino y los presionó para que la soltaran. Les dijo cosas como: “Ha pasado una semana desde que oraron por un auto, y no lo han recibido… Has estado parado por fe contra esta enfermedad por dos semanas y todavía tienes síntomas. La palabra de Dios no va a funcionar en tu caso.”
Aquí hay una palabra para el sabio: Satanás siempre aparecerá para decirte ese tipo de cosas. El siempre tratará de que dejes ir la Palabra porque, si él puede alejar la Palabra de ti, él puede mantener el control de tu vida. Si estás creyendo en la sanidad, el tratará de robar la palabra de tu corazón referente a la sanidad para que él pueda continuar dominando tu cuerpo. Si estás creyendo por prosperidad, él vendrá a robarte las promesas de la prosperidad de Dios para poder dominarte financieramente.
Con el diablo, todo se trata de control. Él quiere controlar toda la tierra y todo lo que hay en ella porque piensa que le pertenece. Pero no es suya y nunca lo ha sido. Dios se la dio a Adán, y cuando Adán eligió ignorar la Palabra de Dios, se sometió al diablo. Pero Jesús ha reducido al diablo y a su pandilla a la “nada” (1 Corintios 2:6). Los ha reducido a cero.
El diablo ya no tiene nada. No tiene derechos. Es un ladrón y un mentiroso, y la única manera en que consigue algo en esta tierra es a través de un ser humano que se lo permita. Es por eso que, cada vez que la Palabra de Dios es sembrada en el corazón de alguien, él trata de mentirle para que no produzca fruto alguno.
El tercer grupo de personas del que habló Jesús en Marcos 4 escuchó la Palabra y la creyó. Luego dejaron que las distracciones del mundo sacaran la Palabra de sus corazones. Dejaron que las preocupaciones de esta vida y los deseos de otras cosas brotaran en ellos como maleza para ahogar la semilla de la Palabra que fue plantada en ellos, de modo que nunca tuvo la oportunidad de dar fruto.
La mayoría de los cristianos que han quedado atrapados en ciclos de derrota pertenecen a este grupo. Han nacido de nuevo y creen en la Palabra de Dios, pero no pasan suficiente tiempo en ella para que se convierta en una realidad para ellos. Permiten que sus corazones se llenen de demasiadas distracciones. Le dan a demasiadas cosas el primer lugar en su vida, y no a la Palabra de Dios.
¿Has visto alguna vez una época en la que el mundo estuviera más lleno de distracciones que ahora? Sólo piensa en las opciones. Hay películas, programas de televisión, canales de noticias de 24 horas y deportes en abundancia. Hay videojuegos, Internet y un número cada vez mayor de redes sociales. La lista es prácticamente interminable.
Aunque estas cosas están bien en su lugar, nunca deben ser lo principal. Si queremos vivir en victoria en esta tierra, todo lo que hagamos en esta vida debe estar en segundo lugar con respecto a Dios y Su Palabra.
Eso fue lo que pasó con el cuarto grupo de personas en Marcos 4. Jesús los describió como «otros, que son como lo sembrado en buena tierra. Son los que oyen la palabra y la reciben, y rinden fruto; ¡dan treinta, sesenta y hasta cien semillas por cada semilla sembrada!» (versículo 20). Las personas de buena tierra oyen la Palabra, la ponen en primer lugar en sus vidas, y se aferran a ella. No dejan que el diablo los convenza de no creer en ella. No se descalifican cuando leen sobre todas las cosas buenas que Dios nos ha prometido y dicen: “Bueno, Dios nunca haría eso por mí.”
Por el contrario, incluso frente a circunstancias aparentemente imposibles e informes negativos, las personas de buena tierra continúan en la Palabra de Dios. Se enfocan en Su promesa en lugar del problema. Permanecen consistentes en la fe, y porque en la consistencia está el poder, dan fruto con paciencia (Lucas 8:15).
El mismo diablo no puede mantener en derrota a una persona que es buena tierra.
Así que decídete a ser siempre un buen terreno para la Palabra. Sigue viviendo por la fe: oyendo, creyendo y actuando en la Palabra. Sigue haciendo las cosas a la manera de Dios en vez de a tu manera y –en medio de este mundo loco— ¡realmente disfrutarás de una vida sobrenaturalmente bendecida! V

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