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Entrénate para cambiar tu mundo

La gloria y el poder que Dios está derramando en este momento nos lleva a pensar que todos los creyentes del mundo están felices como cerdos al sol. Pensarías que todos nosotros seríamos sanados, librados y que exaltaríamos a Dios con alabanzas todo el día.
Pero, hablando con total franqueza, hoy en día muchos creyentes están frustrados como nunca antes. El poder de obrar milagros de Dios está derramándose a su alrededor como la lluvia; sin embargo, no importa a dónde vayan, ¡parece que no pudieran mojarse! Estos creyentes desconcertados van de reunión en reunión con la esperanza de que Dios los sane de alguna enfermedad que hayan estado sufriendo, o que los libre de algún hábito o pecado que los ha mantenido atrapados.
Cuando llegan al servicio, gritan, aúllan y alaban a Dios. Corren de un lado a otro del pasillo y disfrutan cayendo al suelo bajo el poder de Dios. Sin embargo, por maravillosas que sean todas esas cosas, cuando llegan a casa vuelven a sufrir. Entonces, afirmarán con tristeza: “Bueno, supongo que tampoco recibí nada esta noche.”
Si eso te ha sucedido, quiero que prestes mucha atención a lo que estás a punto de leer. Si has estado dando vueltas, pensando: Simplemente no lo entiendo. En el pasado, cualquiera podía orar por mí y me sanaba. Pero ahora incluso los ministros más ungidos oran por mí y no pasa nada, quiero que sepas algo: Dios no está ignorando tu necesidad ni descuidándote. Te está diciendo que es hora de crecer.
Tampoco llores por eso. ¡Son buenas noticias! Dios te está informando que eres lo suficientemente maduro en Él como para ya no necesitar comida de bebés. No necesitas a nadie que te alimente con sanación y liberación. No tienes que andar saltando de reunión en reunión a la caza de un milagro. Has crecido al punto en que Él espera que tomes tu Biblia y obtengas lo que necesitas por medio de la fe.
Tampoco estás solo. Hay muchos otros creyentes que han alcanzado esta misma etapa del crecimiento espiritual. De ahora en adelante, para caminar libres de la enfermedad, el pecado, la dolencia, la pobreza y el resto de la basura del diablo, tendrán que obtenerlo de La PALABRA.
Jesús les está diciendo, al igual que me lo ha dicho a mí: «conocerán la verdad, y la verdad los hará libres.» Es más, ¡es lo único que te hará libre!
Sé que hay algunas personas que no quieren escuchar una declaración por el estilo. Se entusiasman más con las señales sobrenaturales que con las Escrituras. Sin embargo, déjame advertirte: en esta generación es de vital importancia darnos cuenta de que Dios todavía nos está hablando por Su PALABRA.
Sí, Él nos está mostrando toda clase de señales y maravillas, y vendrá aún mucho más en el futuro. Los milagros más grandes que se hayan visto en la historia de la humanidad sucederán entre ahora y el momento en que Jesús regrese.
¡Tú y yo, sin embargo, seremos responsables de caminar en La PALABRA, y no en señales y maravillas!

Marcando la diferencia
“Hermano Copeland, ¿está diciendo que no puedo ser parte de este gran mover de Dios que está sucediendo ahora mismo? ¿Está diciendo que no voy a participar en los milagros?”
Todo lo contrario. Si caminas en La PALABRA por fe, tendrás un rol más importante en este mover del final de los tiempos de lo que soñaste alguna vez. En lugar de correr al frente para conseguir que alguien te imponga las manos y sanar, serás tú quien ministre el poder sanador de Dios a los demás. En lugar de tratar de “recibir un toque de Jesús”, ¡Él estará tocando a otros a través de ti! En realidad, esa es tu vocación. Estás llamado a ser como Jesús. Estás llamado a hacer las cosas que Él hizo en la tierra.
Por asombroso que parezca, Él mismo dijo: «De cierto, de cierto les digo: El que cree en mí, hará también las obras que yo hago; y aún mayores obras hará, porque yo voy al Padre.» (Juan 14:12).
¿Cómo podremos hacerlo?
Jesús nos dijo claramente en Juan 8:31-32: «Si ustedes permanecen en mi palabra, serán verdaderamente mis discípulos; y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres.»
Piénsalo. «Si ustedes permanecen en mi palabra, serán verdaderamente mis discípulos.» ¿Qué significa ser un discípulo? Significa “estar capacitado en una disciplina en particular”. Significa ser como tu maestro, hacer lo que él hace, volverte tal como él.
Por ejemplo: cuando tomo lecciones de un instructor de esquí, me convierto en su discípulo en el arte del esquí. Escucho lo que me dice. Sigo sus instrucciones y su ejemplo. Lo imito porque quiero verme genial como él al descender la montaña.
¿No sería tonto de mi parte gastar mi tiempo y dinero para aprender de ese instructor, y luego, por “humildad”, decir: “Bueno, sé que nunca podría esquiar como ese hombre. Sería una blasfemia incluso intentarlo.”?
No, no sería una blasfemia imitar al instructor. De hecho, sería una tontería no hacerlo. Precisamente, ¡por eso mismo estoy tomando lecciones!
Hace algunos años, un compañero me acusó de ir por el país tratando de actuar como un pequeño Jesús. Pensó que me estaba insultando, pero me alegré de que alguien al menos lo notara. Eso es exactamente lo que estaba intentado hacer.
Jesús es mi Maestro, y me imagino que, si paso suficiente tiempo con Él, si lo escucho lo suficiente, hablo como Él lo suficiente y actúo como Él lo suficiente, eventualmente seré como Él. ¡Con el tiempo seré completamente libre!
Eso es lo que nos estaba diciendo en Juan 8. Él estaba diciendo: “Soy un hombre libre. Y si sigues escuchando y creyendo Mi PALABRA, conocerás la verdad y la verdad te hará tan libre como a Mí.”

Dos más dos = ¿Tres?
Una tarde, mientras estudiaba ese pasaje de las Escrituras, el SEÑOR me dijo algo que casi me hace caer de la silla. Me dijo: Jesús no era libre porque no pecó. No pecó, porque era libre.
Permite que esa declaración llegue a lo más profundo de tu ser por unos instantes.
¿Captas su significado?
Significa que muchas veces, como creyentes, hemos estado yendo al revés. Pensamos que, si pudiéramos dejar este hábito de fumar, si tan solo pudiéramos deshacernos de esta enfermedad, si pudiéramos conseguir algo de dinero en el banco, entonces seríamos libres.
Sin embargo, lo que debemos perseguir es la libertad. Una vez que nos aferremos a la verdadera libertad, esos cigarrillos, esa enfermedad y esa escasez financiera caerán impotentes a nuestros pies. No tendrán más capacidad para atarnos de la que tuvieron para atar a Jesús.
Podrías decir: “Sí, pero la gente me ha impuesto las manos hasta que casi me dejan sin pelo en la cabeza tratando de conseguirme esa libertad, y todavía no la consigo.”
Escucha con atención: Jesús no dijo que te impondrían las manos y que entonces serías libre. ¡Él dijo que conocerías la verdad y que la verdad te haría libre! Dijo, ¡continúen en Mi PALABRA y serán libres como Yo! Sumérgete en la PALABRA y actúa en consecuencia. Entonces, la imposición de manos funcionará.
La PALABRA de Dios es verdad (Juan 17:17). Es mucho más poderosa que la simple verdad natural. Sin embargo, incluso la verdad natural puede hacerte libre hasta cierto punto. Por ejemplo: si alguien te enseñó desde que eras niño que dos más dos son tres, y creciste creyendo esa mentira, te mantendrá en cautiverio toda la vida. Cada vez que fueras a la tienda, dirías: “Quiero dos de esos y dos de aquellos”. El empleado sonreiría y respondería: “Está bien, aquí hay tres.” Luego te cobraría cuatro, y tú dejarías que lo hiciera porque ignoras la verdad al respecto.
Toda tu vida saldrías con una manzana menos o una naranja menos. Siempre pagarías de más. Estarías en cautiverio a merced de cualquiera que quiera engañarte hasta que una persona de buen corazón te llamara y te dijera: “Oye amigo, no sé quién te dijo que dos más dos son tres, pero te ha estado costando una fortuna. La verdad es que dos más dos ¡son cuatro!”
¿Sabes lo que esa verdad lograría en tu vida? ¡Te haría libre! Los estafadores ya no podrán mentirte. No podrían robarte el dinero cobrándote por cuatro llantas y solo dándote tres. Además, serías libre de acceder a verdades matemáticas más importantes. Podrías continuar con la multiplicación, el álgebra, el cálculo y la trigonometría. Pero, mientras pienses que dos más dos son tres, no podrás sacar ventaja de esas otras leyes de la matemática. No funcionarían mientras creyeras que dos más dos son tres, por lo que estarías atrapado en ese pequeño rincón.
Sé que suena como un ejemplo tonto, pero el hecho es que la gente cree todo el tiempo cosas en el reino espiritual igual de tontas. Los escucharás decir cosas como: “Bueno, así es en nuestra familia; tenemos ataques cardíacos. Somos propensos a los accidentes. Todos tenemos cáncer. Ya sabes, de tal padre, tal hijo.”
Podrás hacer mil filas de sanación, pero, si sigues creyendo mentiras por el estilo, terminarás atado por la enfermedad. Si no entras en La PALABRA y descubres la verdad de que «Por sus heridas (las de Jesús) fueron ustedes sanados.» (1 Pedro 2:24), nunca serás realmente libre.

Mejor que la piel de gallina
Sé que es emocionante que te impongan las manos para sanar y sentir el poder de Dios atravesando tu cuerpo. Sé que es divertido sentir la piel de gallina que viene en un servicio de milagros. Pero, déjame decirte algo: hay un gozo aún mayor que viene cuando obtienes tu sanidad o tu liberación al mantenerte firme en la fe. Es algo glorioso cuando tomas una situación alarmante en tu cuerpo, o en tus circunstancias, y logras cambiarla con La PALABRA de Dios. ¡No hay nada parecido!
Sabes que estás creciendo en Jesús cuando surgen problemas y, en lugar de correr hacia el pastor pidiendo ayuda, vas a tu lugar de oración, tomas tu Biblia y comienzas a buscar la respuesta. Empiezas a leer y, mientras lo haces, escuchas a Dios que te habla. Cada escritura que encuentres que avive tu espíritu, la escribes.
Luego, todas las noches antes de irte a la cama, vuelves a leer esas Escrituras y las crees. Es posible que tu cuerpo no se sienta diferente. El diablo puede estar de pie junto a tu cama diciéndote: “Esta vez no sanarás. Te mataré en la mañana.”
Pero, en lugar de temblar como una hoja, simplemente dices: “Cállate, diablo, y quita tus manos de mi cuerpo. No te pertenezco y nunca te perteneceré. La PALABRA dice que estoy sanado, y en lo que a mí respecta, ese es el veredicto final.”
A la mañana siguiente, tomas tu Biblia y vuelves a leer esas escrituras. De repente, piensas: ¡Alabado sea Dios, me emocioné tanto con estos versículos que me olvidé de sentir dolor durante los últimos 30 minutos!
Ese tipo de victoria es lo más dulce que existe.
Naturalmente, puede que no sea muy llamativo. Puede llegar tan silenciosamente que ni siquiera te das cuenta de cuándo sucede. Sin embargo, es dulce porque sabes que es tuya en cualquier momento que la necesites. No está lejos, en otro país, en una reunión donde un ministro en particular está predicando. Está tan cerca como tu Biblia. Está en tu boca y en tu corazón (Romanos 10:8).
Recordé esta verdad de una manera nueva hace años. Estaba esquiando por la ladera trasera de una montaña cuando, de repente, choqué con un pedazo de hielo y caí como un tren de carga descarrilado. Mis gafas volaron en una dirección y mis esquís, bastones y gorro volaron en todas las demás direcciones. Cuando aterricé, ¡parecía que estaba haciendo una venta de garaje!
Impacté el piso con la punta de mi hombro derecho. ¡Guau, eso me dolió!
Después de ponerme de pie, reuní mis cosas y volví a ponerme los esquís. Esquié unos metros más y choqué con otro pedazo de hielo. ¡Bang! ¡Aterricé con ese mismo hombro otra vez!
Cuando regresé a Texas, mi brazo derecho simplemente no funcionaba con normalidad. Si trataba de levantar algo con la mano derecha, terminaría cayéndose al piso. Ni siquiera podía levantar el brazo lo suficiente como para peinarme. Pero, cada vez que me dolía, decía: “Alabado sea Dios por siempre, soy un hombre sano. Esta lesión no es la perfecta voluntad de Dios para mí, así que no tengo que aceptarla. Estoy sano.” Después leía La PALABRA. La leía cuando me iba a la cama y la leía cuando me levantaba.
Durante esos primeros días, fui a un servicio a predicar y toda la gente levantó las manos alabando a Dios. Traté de levantar las manos también, pero no pude hacer que el brazo derecho se levantara. Traté y traté, pero simplemente no se movía.
Al día siguiente, fui a predicar a una conferencia en Nueva Orleans. Esa mañana leí todas mis escrituras, alabé a Dios, confesé La PALABRA y dije: “Gracias a Dios, estoy sano. Estoy bien. Soy libre.”
Luego traté de peinarme y no pude levantar el brazo.
Por supuesto, todo tipo de pensamientos pasaban por mi mente. ¡Nunca obtendrás tu sanidad! ¿Cuándo sucederá esto? Me pregunto por qué no funciona.
Sin embargo, simplemente tomé autoridad sobre esos pensamientos, le agradecí a Dios por Su fidelidad y crucé la calle hacia el centro de convenciones donde me esperaban para predicar. Cuando entré, la alabanza y la adoración ya habían comenzado y el espíritu de alabanza en ese lugar era simplemente maravilloso. Entonces, me subí a la tarima, dejé mi Biblia en la silla, levanté ambos brazos al aire y comencé a alabar a Dios.
Nunca sentí nada. No se me puso la piel de gallina. No sentí poder tangible alguno. Pero, quiero que sepas: la manifestación de la victoria, cuando viene por fe, trae una satisfacción que nada más puede equiparar.

Las manos del libertador
¿Por qué es tan satisfactoria? Porque, cuando te aferras a la victoria por medio la fe en la PALABRA de Dios, realmente estás siendo como Jesús. No solo estás recibiendo Sus bendiciones; estás viviendo el estilo de vida que Él vivió. De hecho, estás siendo Su discípulo.
Algunas personas parecen no darse cuenta de que Jesús vivió por fe. Piensan que debido a que era el Hijo de Dios, simplemente flotó por la vida con un poder místico y sobrenatural que nunca podríamos tener.
Pero Jesús mismo dijo: «…El Padre no me ha dejado solo porque yo hago siempre lo que le agrada a él.» (Juan 8:29, RVA-2015). Jesús caminó por fe, y obtuvo esa fe de la misma manera que nosotros la obtenemos: «Así que la fe proviene del oír, y el oír proviene de la palabra de Dios.» (Romanos 10:17). ¿Cómo crees que su madre supo decirles a los líderes del banquete de bodas en Caná que hicieran lo que Él les dijera? (Lee Juan 2:1-11.) ¿Cómo supo ella que Él podía resolver el problema de la falta de vino?
La Biblia nos dice que Él nunca había hecho un milagro hasta ese momento; un milagro es una suspensión del curso normal de la naturaleza. Sin embargo, siempre había vivido por fe. Él vivía por fe cuando era un pequeño muchacho de 12 años y decía: «…es necesario que me ocupe de los negocios de mi Padre.»
Año tras año siguió creciendo en fe, al igual que crecía físicamente. No nació como un gigante de la fe. Tuvo que desarrollarse, al igual que nosotros. Él dijo: «…que nada hago por mí mismo, sino que hablo según lo que el Padre me enseñó.» (Juan 8:28).
Jesús tenía que ser enseñado. ¿Cómo le enseñaron? Por medio del Espíritu Santo, a través de la PALABRA escrita.
Lucas 4:16 dice que cuando Jesús llegó a Nazaret: «…y en el día de reposo entró en la sinagoga, como era su costumbre, y se levantó a leer las Escrituras.» ¡Jesús era un lector de la Biblia! Esa era Su costumbre. Él estudió. Meditó. Fue entrenado en la PALABRA de Dios. ¡Él conocía la verdad y la verdad lo hizo libre!
Ahora más que nunca, es vital que tú y yo sigamos Sus pasos. Simplemente no podemos darnos el lujo de dejar de lado nuestras Biblias e ir saltando tras señales y maravillas. ¡No! Nuestro Padre necesita que crezcamos en Él. Él necesita a aquellos que se entrenarán para mantenerse firmes en LA PALABRA y desarrollar su fe para que, en lugar de buscar milagros en manos de otros, se conviertan en las manos que entreguen esos milagros.
Eso, amigo mío, es un entrenamiento que cambiará el mundo. V

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