Haciendo negocios a la manera de Dios
Hoy en día, la mayoría de la gente no sabe realmente lo que es un empleo. Piensan que el trabajo es algo necesario para ganarse la vida; algo que hay que hacer para poder pagar las cuentas.
Pero, en realidad, un empleo es una oportunidad para ayudar a alguien.
La razón por la que tienes un trabajo es porque alguien tiene un problema que necesita resolución. Así que, por definición, un empleo es donde se trabaja para satisfacer las necesidades de las personas.
En tiempos pasados, había más empresarios que entendían este concepto. De hecho, a principios del siglo XX, cuando Andrew Carnegie ayudó a establecer entrevistas con algunos de los empresarios más ricos y exitosos de su época, descubrieron que ese era el único rasgo que todos compartían. Todos estaban en los negocios para ayudar a la gente, y lo sabían.
Hoy las cosas son muy diferentes. Ahora, muchos de los llamados “ricos” no son más que personas pobres con dinero. Salvo por sus cuentas bancarias, no se diferencian del desempleado que, en lugar de buscar trabajo, se queda sentado en casa diciendo: “No voy a trabajar en ningún lado que pague el salario mínimo.” No tienen otra cosa en la cabeza más que ellos mismos.
Esa es una de las razones por las que los negocios han adquirido mala reputación. Es la razón por la cual, incluso muchos creyentes, lo ven como algo poco espiritual. Mientras estiman el trabajo de la predicación y el ministerio de tiempo completo, tienen la idea de que los negocios son, optimistamente, sólo una necesidad secular y, pesimistamente, francamente malos. Sin embargo, ninguna de esas perspectivas es cierta.
La verdad es que Dios creó los negocios.
Dios creó a Adán para que fuera un agricultor, no un predicador (lee Génesis 2:15). Su intención era tal que, a medida que la gente se multiplicara en la tierra, cada uno se dedicara a la clase de trabajo a la que Él los llamara y luego se reunieran para hacer negocios. Comerciarían entre sí lo que produjeran y serían de BENDICIÓN para los demás.
Por supuesto, cuando Adán y Eva pecaron, esa idea, junto con el resto en la tierra, fue completamente estropeada. La maldición entró en el planeta, los seres humanos fueron presa de una mentalidad de miedo y escasez y, en lugar de ayudarse mutuamente, empezaron a maltratarse entre sí. Pero eso no significa que Dios haya renunciado a Su plan original.
Por el contrario, lo puso en marcha una vez más. Encontró a un hombre llamado Abram que creería y cooperaría con Él y le dijo: «Yo haré de ti una nación grande. Te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición. Bendeciré a los que te bendigan, y maldeciré a los que te maldigan; y en ti serán benditas todas las familias de la tierra.» (Génesis 12:2-3).
Observa que Dios no sólo prometió BENDECIR a Abraham, sino que le dio un trabajo para hacer. ¿Cuál era? Ser de BENDICIÓN para otros. Al hacer ese trabajo, él mismo sería BENDITO y promovido. Es más, cualquiera que quisiera podría entrar en ese plan de BENDICIÓN. Si se acercaban a Abram y lo ayudaban, también serían BENDITOS.
Este es un principio de Dios: cuando dejas de trabajar “para vivir” y empiezas a trabajar “para ser una BENDICIÓN”, ¡serás BENDECIDO! Dios se encargará de ello. Él te respaldará y nadie en el mundo podrá impedirte que prosperes.
No importa si el único trabajo que puedas encontrar es cocinando hamburguesas. Si te alegras y dices: “¡Gloria a Dios, seré el mejor cocinero de hamburguesas del mundo!”, seguirás siendo promovido. Con el tiempo, en lugar de limitarte a trabajar en esa hamburguesería, si quieres, podrás comprar la franquicia.
De desempleado a un buen sueldo
Lo que te comparto no es solo teoría. He conocido a personas que lo han comprobado de primera mano. Un hombre que conocí empezó su carrera con nada más que el deseo en su corazón de ser mecánico de aviones. No le importaba volar; sólo quería trabajar con aviones. Así que fue al aeropuerto cercano donde vivía para solicitar un trabajo.
“No tenemos ninguna vacante”, le dijo el encargado. “Ya tenemos todos los mecánicos que necesitamos.”
“¿Me dejaría trabajar gratis?”, preguntó el joven.
“Me es indiferente”, respondió el jefe. “Si eres tan tonto como para trabajar sin cobrar, adelante.”
A la mañana siguiente, el joven se presentó dispuesto a trabajar e hizo todo lo posible para ayudar a los demás mecánicos. Siguió haciéndolo día tras día y, al cabo de un tiempo, el jefe de mecánicos lo tomó bajo su tutela, le consiguió un uniforme y lo convirtió en aprendiz de mecánico. Con el tiempo, el joven fue mejorando en su trabajo y se convirtió en una bendición cada vez mayor.
Finalmente, un día el aprendiz de mecánico se dirigió al jefe y le dijo: “Llevo tiempo trabajando aquí sin cobrar. Creo que es hora de que me contrate.” El jefe se negó, así que al día siguiente el joven se tomó un día libre.
Cuando los demás mecánicos se enteraron de lo sucedido, prácticamente se amotinaron. “¡Necesitamos a este hombre!”, le rogaron al jefe. “Es tan bueno como cualquiera de nosotros y, si no vuelve, todos vamos a renunciar.”
El jefe aceptó contratarlo y trabajó allí durante un tiempo. Luego, vino a trabajar para nosotros en KCM durante varios años. De aquí pasó a American Airlines, donde fue contratado para supervisar a 250 mecánicos. Piensa en ello. Ese joven pasó de no ganar nada de dinero a recibir un sueldo muy alto sólo por satisfacer las necesidades de la gente.
Así funciona la economía celestial.
“Pero hermano Copeland, realmente no tengo mucho que ofrecerle a la gente.”
¿Es eso un impedimento? En Juan 6, los discípulos de Jesús tampoco tenían mucho que ofrecer. Probablemente recuerdas lo que sucedió:
Cuando Jesús alzó la vista y vio que una gran multitud se acercaba a él, le dijo a Felipe: «¿Dónde compraremos pan, para que éstos coman?» Pero decía esto para ponerlo a prueba, pues él ya sabía lo que estaba por hacer. Felipe le respondió: «Ni doscientos denarios de pan bastarían para que cada uno de ellos recibiera un poco.» Andrés, que era hermano de Simón Pedro y uno de sus discípulos, le dijo: «Aquí está un niño, que tiene cinco panes de cebada y dos pescados pequeños; pero ¿qué es esto para tanta gente?» (Juan 6:5-9).
La pregunta de Andrés parecía razonable. Después de todo, aquel día había más de 20.000 personas en la multitud, incluyendo mujeres y niños. Cinco panes de cebada, cada uno del tamaño de una galletita, y un par de pececillos no parecían nada en comparación. Sin embargo, al no tener otras opciones, los discípulos pusieron esa pequeña porción de comida en las manos de Jesús. Él les dijo que hicieran sentar a la multitud y…
Jesús tomó aquellos panes, y luego de dar gracias los repartió entre los discípulos, y los discípulos entre los que estaban recostados. Esto mismo hizo con los pescados, y les dio cuanto querían. Cuando quedaron saciados, les dijo a sus discípulos: «Recojan los pedazos que sobraron, para que no se pierda nada.» Entonces ellos los recogieron, y con los pedazos que sobraron de los cinco panes de cebada a los que habían comido, llenaron doce cestas. (Versículos 11-13)
La palabra traducida como cestas es la misma que se utiliza para describir la cesta en la que se escondió el apóstol Pablo en Hechos 9:25 cuando los judíos de Damasco pretendían matarlo. ¡Eran cestas de sobras del tamaño de un hombre! Así que el almuerzo del niño alimentó a toda la multitud, y a cambio recibió una gran BENDICIÓN.
Sin embargo, observa que lo primero que hizo Jesús en esta situación fue hacer una pregunta: “¿Dónde compraremos pan, para que éstos coman?” Los discípulos nunca le respondieron. En cambio, inmediatamente empezaron a hablar de cuánto dinero costaría. Jesús no les pidió que consiguieran las finanzas. Les dijo: “¿Dónde compraremos la comida?” Pero ellos no estaban escuchando.
Como creyentes, a menudo hemos tenido el mismo problema. No hemos escuchado a Jesús cuando trató de hablarnos de la economía celestial. Sólo miramos nuestra situación financiera y tratamos de averiguar en lo natural qué debemos hacer.
Al evaluar una oportunidad laboral, por ejemplo, en lugar de buscar al Señor, basamos nuestra decisión estrictamente en el salario ofrecido. O, a la hora de ofrendar el domingo por la mañana, ignoramos la guía del Espíritu Santo y nos limitamos a dar lo que nos parecía seguro y razonable en ese momento.
Dios puede hacer mucho más por nosotros si oramos sobre esas cosas y escuchamos lo que Él tiene que decirnos al respecto. Él tiene un plan y, si descubrimos cuál es y actuamos en consecuencia, ¡funcionará!
Cómo prosperar en cualquier lugar y en cualquier momento
Tomemos por ejemplo lo que Dios hizo por Jerry Savelle. Cuando llegó a trabajar a este ministerio hace más de 50 años, en lo natural no parecía lo más ventajoso financieramente. Tuvo que dejar el taller automovilístico que había montado, trasladar a su familia a otro estado, y dar lo que parecía a simple vista un paso financiero en falso.
Nunca olvidaré el traje que usaba cuando se incorporó al equipo. Parecía algo que habría usado Al Capone. Su vecino se lo había regalado cuando se mudó a Fort Worth, y era el único que tenía. Hasta entonces, todo su vestuario había consistido en uniformes de trabajo con la inscripción Jerry’s Paint & Body Shop bordada en la parte delantera.
Durante la primera serie de reuniones que hicimos después de haberse incoporado, vestía una versión de ese traje de Al Capone todos los días. Llevaba la camisa y los pantalones durante un servicio, luego cambiaba la camisa y añadía la chaqueta al siguiente. Mi padre estaba con nosotros en esas reuniones y, después de ver a Jerry aparecer con la misma ropa día tras día, le compró otro traje.
¿Qué hizo Jerry a continuación? El escuchó al Señor, Quien lo guio a adentrarse en el “negocio” de la siembra de ropa. Recuerdo que una vez ofrendó sus zapatos en un servicio y tuvo que volver al hotel en calcetines. Unas semanas más tarde, un hombre le trajo 10 pares de zapatos muy bonitos, incluyendo dos pares hechos con piel de caimán.
Cuando Jerry comenzó a entrenar a misioneros en el extranjero, empezó a darles sus trajes, no raídos y desgastados, sino nuevos. Un día después de empezar a hacerlo, una empresa de ropa le dio 1.500 pares de pantalones; ¡un camión repleto, recién salidos de la estantería!
Ya sea que fueres un hombre de negocios o un predicador, ¡este es el tipo de cosas que suceden cuando haces negocios a la manera de Dios! Sus caminos son muy diferentes a los del mundo. La mentalidad secular es cuidar de ti mismo; conseguir todo lo que puedas y quedarte con todo lo que consigas. Pero Dios dice:
– Busquen (apunten y luchen) primero por Su reino y Su justicia (Su manera de hacer las cosas y ser correcto), y entonces todas estas cosas juntas les serán dadas por añadidura (Mateo 6:33, Biblia Amplificada, Edición Clásica).
– El que siembra escasamente y a regañadientes también cosechará escasamente y a regañadientes, y el que siembra generosamente [para que las bendiciones alcancen a alguien] también cosechará generosamente y con bendiciones (2 Corintios 9:6, AMPC).
– Y mi Dios suplirá (llenará) generosamente todo lo que necesiten conforme a Sus riquezas en gloria en Cristo Jesús (Filipenses 4:19, AMPC).
“Pero hermano Copeland, Ud. no conoce mi situación. Vivo en una comunidad empobrecida. Todos los negocios han cerrado y se han mudado. Ni siquiera creo que Dios pueda conseguir algo para mí aquí.”
¡Claro que puede! Sus principios económicos funcionan en cualquier lugar y en cualquier momento. Todo lo que Él necesita de ti es fe y obediencia. Él puede, y hará el resto.
Lo he visto una y otra vez en lugares como Shonto, Arizona. Esa solía ser una de las áreas más pobres de los alrededores. Cuando el pastor Kenneth Begeishi comenzó a predicar el evangelio en Shonto, la gente no tenía mucho de nada y el pastor Begeishi tampoco. Se limitó a pintar las palabras Iglesia White Post en una teja, la clavó en un poste y lo enterró en el suelo. Luego, fue de hogan en hogan hablando a los navajos sobre Jesús y ganando almas.
Cuando Jerry y yo fuimos a predicar a la iglesia de White Post unos años después, los miembros habían empezado a aprender sobre la fe. Habían aprendido sobre vivir para ser una BENDICIÓN, a dar y creer en Dios para prosperar. Al principio, no tenían dinero, pero recogían guijarros del suelo, los pulían y los ponían en la ofrenda del domingo. Otros lavaban y planchaban una preciada camisa de terciopelo y la convertían en su regalo para Jesús.
Al poco tiempo, la industria se instaló en la zona y abrieron puestos de trabajo. Las empresas empezaron a contratar empleados y los miembros de la Iglesia White Post obtuvieron los mejores puestos porque se les había enseñado a servir y satisfacer las necesidades de la gente. En un lugar donde la prosperidad parecía casi inalcanzable, comenzaron a prosperar. Con el tiempo, ese lugar se convirtió en la Iglesia de White Post, Arizona.
¿Por qué? Porque aprendieron a hacer negocios a la manera de Dios. V