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Haciendo negocios con Jesús

Las tradiciones religiosas erróneas son astutas. Incluso después de haber aprendido a no creerlas, pueden volver a introducirse en tu pensamiento. Las enseñanzas sin base bíblica sobre las finanzas son especialmente insidiosas. Si no estás atento, pueden deslizarse desapercibidas porque han sido muy frecuentes a lo largo de los años.
Una de las razones por las que enseño por lo menos unos minutos sobre la economía del cielo en casi todas mis reuniones es porque nuestras mentes necesitan ser continuamente renovadas en esa área. De lo contrario, las cosas equivocadas que hemos escuchado pueden empezar a sonar como verdades una vez más. Podemos empezar a pensar: Tal vez no es realmente la voluntad de Dios que yo prospere. Al fin y al cabo, Jesús es mi ejemplo, y Él fue pobre cuando estuvo en la tierra.
“Bueno”, podrías decir, “Jesús realmente era pobre, ¿no es cierto?”
No, no lo era.
Eso habría sido una imposibilidad bíblica. Dios siempre cumple Su Palabra, y les dijo a los israelitas en Deuteronomio 15:4 que, si le obedecían, «No deberá haber pobres en medio de ti.» (Nueva Traducción Viviente).
¿Obedecía Jesús a Dios?
¡Ciertamente! Él es la PALABRA encarnada.
Además, Él era un diezmador, lo que significa que calificaba para la promesa en Malaquías 3:10: «Entreguen completos los diezmos en mi tesorería, y habrá alimento en mi templo. Con esto pueden ponerme a prueba: verán si no les abro las ventanas de los cielos y derramo sobre ustedes abundantes bendiciones. Lo digo yo, el Señor de los ejércitos.» Para que Jesús fuera pobre, Dios habría tenido que romper esa promesa, y Él NO rompe Sus promesas.
“Pero hermano Copeland, la Biblia sí nos dice que los discípulos de Jesús eran pobres. En Lucas 9:3: «Les dijo: «No lleven nada para el camino. Ni bastón, ni mochila, ni pan, ni dinero, ni dos túnicas.»
Él no lo hizo porque fueran pobres. Lo hizo porque eran ricos. Cada uno de los discípulos de Jesús era rico. Él les dijo cuando los llamó a su servicio que no trajeran sus riquezas porque no quería que confiaran en sus propios recursos. Quería que aprendieran a vivir por fe en Dios y experimentaran Su provisión sobrenatural.
Los discípulos de Jesús no usaron la misma ropa durante tres años. No pasaron hambre ni se quedaron sin nada. ¿Estás bromeando? Cuando trabajas para un Hombre que puede tomar el almuerzo de un niño pequeño y alimentar a 10.000 personas con él, no te faltará nada, y a los discípulos tampoco.
Ellos mismos dieron testimonio en Lucas 22:35. Allí, Jesús les preguntó después de haber estado con Él durante tres años: «Cuando los envié sin bolsa, sin alforja y sin calzado, ¿les faltó algo?» Ellos respondieron: «Nada.»
“Pero ¿qué hay de la historia del joven rico?”, podrías preguntar. “¿No le dijo Jesús esencialmente que hiciera un voto de pobreza? ¿Que para estar bien con Dios tenía que dar todo lo que tenía?”
No. Eso no es lo que dijo Jesús. Según Marcos 10, el joven vino corriendo hacia Jesús, se arrodillo delante de Él, y le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?» (Marcos 10:17).
Entonces Jesús le dijo:
«¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie que sea bueno, sino sólo Dios. Ya conoces los mandamientos: No mates. No cometas adulterio. No robes. No des falso testimonio. No defraudes. Honra a tu padre y a tu madre.» Aquel hombre le respondió: «Maestro, todo esto lo he cumplido desde mi juventud.» Jesús lo miró y, con mucho amor, le dijo: «Una cosa te falta: anda y vende todo lo que tienes, y dáselo a los pobres. Así tendrás un tesoro en el cielo. Después de eso, ven y sígueme.» (versículos 18-21).

Qué decir cuando no entiendes
Jesús no le pidió a ese hombre que aceptara la pobreza. No le dijo que diera todo lo que tenía. Le dijo que lo vendiera y se lo diera a los pobres.
¿Cuál es la diferencia? Cuando un hombre comienza a vender y a dar bajo la dirección de Jesús, esencialmente está haciendo negocios con Él, lo que significa que está a punto de volverse más rico de lo que jamás ha sido en su vida. No sólo está a punto de tener un tesoro abundante en el cielo, sino que se está preparando para recibir un retorno del ciento por uno aquí en la tierra.
El joven gobernante no lo entendió. Tampoco se quedó el tiempo suficiente para que Jesús se lo explicara. En cambio, se entristeció por las palabras de Jesús y «se afligió y se fue triste» (versículo 22).
La tristeza es una asesina que te hará tomar decisiones estúpidas. Es provocada por una fuerte sensación de pérdida, y para el joven rico “dar” representaba una pérdida. Una vez que escuchó la palabra dar, la aflicción lo invadió y no escuchó nada más. Como resultado, se perdió lo más importante que dijo Jesús: «Ven y sígueme». ¡La invitación del millón! Las únicas personas a las que Jesús les dijo esas palabras se convirtieron en Apóstoles del Cordero.
El joven rico pudo y debió haber aceptado esa invitación. Podría haber dicho: “Jesús, no entiendo por qué me pides que venda lo que tengo y se lo dé a los pobres, pero no te voy a dejar. Tú tienes palabras de vida, y yo me quedo contigo”. Entonces habría estado allí cuando Jesús les dijo a sus discípulos
momentos más tarde: “Todo lo que alguien deje por el reino de Dios le será multiplicado por cien.”
Jesús tenía toda la intención de que el joven rico escuchara esas palabras. Pero, en cambio, prefirió irse. Es más, Jesús no lo detuvo. Lo dejó ir.
Esto es algo que debes saber sobre el Señor: Él no te va a explicar por qué quiere que hagas algo antes de decirte que lo hagas. Si lo hiciera, no estarías caminando por fe; estarías caminando por vista.
Hace cincuenta y cinco años, cuando Él me dijo: Kenneth, quiero que prediques la palabra incorruptible de fe en todo medio disponible, eso es todo lo que Él me dijo. Él no me dijo todo lo que eso implicaría. Sólo me dio la orden, y yo le dije: “Sí, Señor.”
Poco después, Él me habló de ir a la radio. Como ya predicaba casi siete días a la semana, no quería hacerlo. Así que, lo pospuse por un tiempo. Cuando el Señor me habló de ello, le dije: “Tú le hablaste a Moisés a través de una zarza ardiente. Yo reclamo una experiencia de zarza ardiente. Si me das una, iré a la radio.”
Nunca seas tan estúpido. Si Dios te dice que hagas algo, hazlo. No pidas una señal… sólo obedece. En ese entonces, no tenía tanto sentido común. Así que, en Su misericordia, Dios se apiadó. Un día el teléfono sonó en nuestra pequeña oficina y mi secretaria me dijo que era Jimmy Swaggart en la línea.
Pensé que estaba bromeando. El hermano Swaggart estaba en las estaciones de radio de todo el país, y nunca nos habíamos conocido.
“¡De verdad, es él!”, dijo mi secretaria. Dudando, cogí el teléfono.
“¡¿Por qué no estás en la radio?!” me gritó Jimmy. Luego procedió a decirme que iba a ponerme en contacto con su proveedor de medios de comunicación y ayudarme a empezar.
Ahí está tu zarza ardiente, me dijo el Señor.
¿Ves? Dios ya tenía un plan, y ya estaba en marcha. Antes de que Él me dijera que fuera a la radio, Jimmy Swaggart ya estaba escuchando mis cintas y entusiasmándose con mi ministerio. Pero el Señor no me dijo eso. El no dijo, “Verás, he contactado a Jimmy. Él te ayudará a salir en la radio. Así que, no te preocupes.”
No, Él quería que yo caminara por fe.
Eso es lo que Jesús quería que hiciera el joven rico. Quería que diera un paso por fe, confiando en que todo lo que Jesús le pidiera que hiciera, al final, redundaría en su beneficio. Pero en lugar de eso, se alejó. Después, Jesús les dijo a sus discípulos: «¡Qué difícil es para los ricos entrar en el reino de Dios!» (versículo 23).
Si los discípulos hubieran sido hombres pobres, habrían estado inmediatamente de acuerdo con Jesús. “¡Sí, correcto!”, habrían dicho. Pero en cambio, los discípulos se asombraron de sus palabras… y se preguntaban unos a otros: «Entonces, ¿quién podrá salvarse?» (versículos 24, 26).
Jesús les respondió diciendo de nuevo: «¡Hijos, cuán difícil es entrar en el reino de Dios, los que confían en las riquezas!». (versículo 24, RVA). En otras palabras, les dijo que las riquezas no son realmente el problema. El problema viene de poner su fe en ellas en vez de en Dios.
Ese era el problema del joven rico. No vivía por fe en Dios. Vivía por la fe en su dinero. Tendría que haber cambiado su forma de actuar para obedecer a Jesús. Habría tenido que usar su fe primero para vender, y luego para saber dónde dar. No estaba acostumbrado a hacerlo. Estaba acostumbrado a ser económicamente independiente, a comprar lo que quisiera cuando quisiera, y a pagar el precio que quisiera.

La mejor oferta no siempre es la mejor oferta
Como creyentes, a veces podemos cometer el mismo error. Cuando todas nuestras necesidades comienzan a ser satisfechas, podemos olvidarnos de pedirle a Dios que no guie financieramente. Cuando vemos algo que deseamos, podemos pensar: “Bueno, tengo el dinero; creo que lo compraré, sin preguntarle a Dios en absoluto.”
“Pero hermano Copeland, siempre trato de ser un buen administrador de mi dinero. Consigo la mejor oferta cada vez que puedo.”
Eso puede ser cierto, pero a veces lo que consideras un buen negocio puede ser muy diferente de lo que Dios tiene en mente. Me acordé de esto una vez cuando estaba pensando en comprar un pequeño avión bimotor. Lo quería sólo para mi uso personal y podía permitírmelo fácilmente, así que podría haber encontrado uno a través de una revista comercial y haberlo comprado. Pero en lugar de eso, me tomé un tiempo para orar al respecto, ¡y me alegro de haberlo hecho!
Cuando empecé a orar, lo que salió de mi boca me sorprendió. En lugar de pedirle a Dios que me guiara hasta el avión adecuado, como era mi intención, le dije: “Señor, hay alguien que te está pidiendo a gritos ahora mismo. Tienen un Beechcraft Baron que necesitan vender, y yo puedo responder a esa necesidad.”
¡Esas palabras fueron proféticas! Resultó ser que una mujer en Harrison, Arkansas, que había enviudado repentinamente, necesitaba desesperadamente vender el Beechcraft Baron de su marido. La hija de la mujer fue a la iglesia de Keith Moore en Branson. Pidió que se orara por la situación, y yo me enteré.
Cuando lo hice, me emocioné. Las viudas son muy especiales en el corazón de Dios. Él nos ordena en 1 Timoteo 5 que las cuidemos, y estaba claro que Él quería que yo ayudara a esta querida señora. La llamé y le dije: “¿Cuánto necesita para el avión de su esposo?”
“Hermano Copeland”, respondió ella, “ahora mismo el avión no vale tanto debido a la recesión.”
“No le he preguntado cuánto vale”, le dije, “quiero saber cuánto necesita”. Me lo dijo; entonces mandé hacer una tasación del avión y, efectivamente, salió por menos de lo que ella necesitaba. Compré el avión de todos modos y pagué el importe de la tasación más un extra para compensar la diferencia.
Yo no estaba en el aeropuerto cuando cerraron el trato, pero más tarde me enteré de que su abogado, tratando de proteger sus intereses, le dijo: “¡Ella no va a pagar la tasación que pediste!”
“No, no lo va a hacer”, respondió mi representante. “El hermano Copeland ya ha pagado la tasación y le está pagando más de lo que vale su avión”. Otro hombre que casualmente estaba allí escuchó el intercambio y dijo: “¡Así es como debe ser un ministerio!” Entonces todos los presentes se pusieron a llorar. La noticia de la viuda se extendió rápidamente por todo el aeropuerto, ¡y Dios se llevó la gloria!
Después, pensé: ¿Qué voy a hacer con este avión? Miré al Señor, y en poco tiempo un hombre se puso en contacto conmigo para comprarlo. Me dio más por él de lo que había pagado.
¡Aleluya! ¡Es maravilloso hacer negocios con Jesús! Cuando haces negocios a Su manera, consigues ser una BENDICIÓN y ser bendecido.
Si el joven rico se hubiera quedado el tiempo necesario, habría descubierto esta verdad. Pero no lo hizo. Al menos, no en ese momento. Más tarde, sin embargo, parece que se apoderó de esta revelación y llegó a ser conocido como Bernabé, uno de los más notables dadores de la Iglesia del comienzo; un hombre que, con toda seguridad, había aprendido la lección que Jesús les enseñó finalmente a sus discípulos en Marcos 10:29-30: «Jesús respondió: «De cierto les digo: No hay nadie que por causa de mí y del evangelio haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos, o tierras, que ahora en este tiempo no reciba, aunque con persecuciones, cien veces más casas, hermanos, hermanas, madres, hijos, y tierras, y en el tiempo venidero la vida eterna.» V

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