¡Haz que valga la pena!
Jesús cambió mi vida cuando era un marino, en medio de la guerra de Vietnam. Antes de ese momento, era simplemente un recipiente del diablo. No lo hacía a propósito; sin embargo, él era implacable y me acosaba todas las noches. En poco tiempo, descubrí que nacer de nuevo es la mejor manera de vivir. ¡No hay comparación! Nunca retrocederé, nunca me daré por vencido.
Estoy en el ministerio de por vida, pero eso mismo es lo que le pasa a todos los creyentes.
Algunos, como yo, están en el ministerio quíntuple: apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros (Efesios 4:11). Otros pertenecen al ministerio de ayudas (1 Corintios 12:28), facilitando el trabajo del ministerio quíntuple. Ambos ministerios son importantes; se apoyan mutuamente. No podemos abandonar estos ministerios, ni podemos renunciar. No hay vuelta atrás. No hay que retroceder. No hay que rendirse.
Sin importar en qué ministerio te encuentres, eres parte del Cuerpo de Cristo. Como Jesús le dijo a Simón Pedro: «Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia, y las puertas del Hades no podrán vencerla» (Mateo 16:18).
Eso me emociona: ¡el mismo infierno no prevalecerá contra nosotros! Estamos en una batalla, pero como Iglesia no nos atemorizamos. Somos guerreros de la tierra y conquistadores de la tierra, y triunfaremos (Isaías 54:17). Debido a nuestros esfuerzos, la gente se salva, y la obra del enemigo es destruida. ¡Eso es lo que sucede cuando cumplimos con nuestro llamado!
Fortalecer la iglesia local
El año pasado, el Señor nos instruyó a comenzar a fortificar la iglesia local. Él nos dijo a varios ministros –a mí, al hermano Kenneth Copeland y a otros— que proclamáramos este mensaje al Cuerpo de Cristo. Al principio no entendí su razonamiento, pero con el tiempo me quedó claro. La iglesia local es el arca de seguridad en los últimos días, y necesita estar entrenada y preparada.
El juicio, y todo lo que se describe en el libro de Apocalipsis, viene en camino. Cuando suceda, la Iglesia dirá: “Me encargaré de este asunto.” Tenemos una asignación especial y una unción para alcanzar a los perdidos, para tomar sus almas y llevarlas al cielo con nosotros.
Para tener una iglesia local fuerte y en plena operación, se requiere no solo del ministerio quíntuple, sino también del ministerio de ayudas. Sin este ejército de ayudas, la Iglesia no puede hacer todo lo que está llamada a hacer. Pero este ejército necesita entrenamiento y liderazgo para cumplir con su llamado.
Me recuerda a la crianza de mis hijos. Cuando eran sólo unos pequeñitos, tuve que enseñarles a ser honrados. Cuando llegaba el Día de la Madre, los llevaba a la tienda y les compraba una pequeña tarjeta para que se la dieran a mi esposa, Vickie. La llenaban de garabatos y luego se la llevábamos a mamá. Ella le daba mucha importancia. Ella sabía que los niños no habían ido a la tienda; había sido yo. Pero después de un tiempo, los niños crecieron. No hacía falta recordarles que era el Día de la Madre. Ya les había enseñado a honrar a su madre.
Los distintos miembros de la iglesia son lo mismo. Hay que enseñarles a honrar a su pastor y a ministrar con excelencia. Una vez un pastor me dijo: “Bueno, pasó el Día de Apreciación al Pastor y mi iglesia no hizo nada.” Eso es porque él no les había enseñado a honrar el ministerio del pastor.
Los pastores de las iglesias jóvenes a menudo hacen gran parte del trabajo ellos mismos. Terminan haciendo cosas que no quieren hacer y, a menudo, cosas que no deberían hacer. Por eso es tan importante capacitar a los que están en el ministerio de ayuda para que actúen en sus funciones de apoyo. No basta con enseñar y predicar la Palabra; los pastores deben capacitar al Cuerpo de Cristo.
Cuando Jesús dijo: «Edificaré mi Iglesia», no quiso decir simplemente que su Iglesia crecería. Dijo que Él construiría la Iglesia. Eso demandará mucho liderazgo, sistemas y entrenamiento.
Así como un general militar no puede ser mejor que sus tropas en el campo de batalla, un pastor podrá llegar tan lejos como su ministerio de ayuda. Puede ser un tremendo líder y estratega, pero perderá si las tropas que tiene a cargo no están entrenadas.
Cuando Vickie y yo empezamos en el ministerio, las instalaciones de nuestra iglesia no eran nada del otro mundo. El estacionamiento era de grava y tierra y se convertía en un pozo de barro cuando llovía. Una vez salí del coche y entré en el edificio sin darme cuenta que mi zapato estaba embarrado. Uno de los ujieres de la iglesia se dio cuenta y un par de minutos antes de que empezara a predicar, se me acercó con un pequeño estuche en la mano y se inclinó para lustrar mi zapato.
Cuando traté de detenerlo, este dulce hermano se levantó, me miró a los ojos y me dijo: “Bueno, reverendo, con todo respeto, no es justo. ¿Cómo es que usted puede hacer su ministerio, pero yo no puedo hacer el mío?”
Tenía razón. Así que me quité el zapato y se lo entregué. (Sin embargo, establecimos algunos procedimientos para una situación similar, de modo que fuera respetuoso sin ser incómodo para ninguno de los dos).
A través de esa experiencia, aprendí la necesidad de entrenar al Cuerpo y delegar autoridad para que el ministerio de ayudas funcione. De lo contrario, nunca cumplirán su ministerio. Tendrán grandes corazones para servir y no tendrán forma de liberar lo que Dios ha puesto dentro de ellos.
Vivir, obedecer y servir
Todo esto es parte de lo que Jesús le decía a Pedro en Juan 21:15-18:
Cuando terminaron de comer, Jesús le dijo a Simón Pedro: «Simón, hijo de Jonás, ¿me amas más que éstos?» Le respondió: «Sí, Señor; tú sabes que te quiero.» Él le dijo: «Apacienta mis corderos.» Volvió a decirle por segunda vez: «Simón, hijo de Jonás, ¿me amas?» Pedro le respondió: «Sí, Señor; tú sabes que te quiero.» Le dijo: «Pastorea mis ovejas.» Y la tercera vez le dijo: «Simón, hijo de Jonás, ¿me quieres?» Pedro se entristeció de que la tercera vez le dijera «¿Me quieres?», y le respondió: «Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero.» Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas. De cierto, de cierto te digo: Cuando eras más joven, te vestías e ibas a donde querías; pero cuando ya seas viejo, extenderás tus manos y te vestirá otro, y te llevará a donde no quieras.»
Jesús estaba diciendo: “El precio que pague será caro. Voy a ser torturado por ti. Voy a morir por ti. Voy a hacer todo esto por ti y por el mundo. Pero después de que pase por esto, haz algo para que valga la pena y no lo desperdicies. Haz que valga la pena”. A Simón Pedro no le bastaría con el conocimiento doctrinal. Tendría que hacer algo con lo que había aprendido, con el don que se le había dado.
A veces pienso en todos aquellos que invirtieron en mí a lo largo de los años –como creyente y como ministro— todos los que enseñaron en seminarios, conferencias, reuniones de campamentos y reuniones del Espíritu Santo. Esos hombres y mujeres de Dios me guiaron, me corrigieron, me acompañaron, me enseñaron, creyeron en mí, me ayudaron financieramente y mucho más. No puedo evitar preguntarme: ¿Qué he hecho con la inversión que ellos depositaron en mí? ¿Cómo he compartido el evangelio? ¿A quién he formado? ¿Qué ministerio he apoyado y ayudado a lanzar?
Hoy te hago esas mismas preguntas.
Ya sea que hagamos algo con lo que el Señor nos dio o no, Él aún murió por nosotros. Eso lo sabemos. Pero estamos llamados a vivir para Él, a obedecerle, a servirle.
No podemos renunciar. No podemos rendirnos. Hay demasiado trabajo por hacer. Demasiadas almas que alcanzar con las buenas noticias. Demasiados creyentes que entrenar.
Para aquellos de nosotros llamados al ministerio, ya sea el ministerio quíntuple o el ministerio de las ayudas, realmente no hay alternativa, al menos no una que traiga satisfacción.
¿Recuerdas al profeta Jeremías? Trató de renunciar, pero no pudo. Tenía que hacer algo con lo que se le había dado. Escribió: «Sin embargo, si digo que nunca mencionaré al SEÑOR o que nunca más hablaré en su nombre, su palabra arde en mi corazón como fuego. ¡Es como fuego en mis huesos! ¡Estoy agotado tratando de contenerla! ¡No puedo hacerlo!.» (Jeremías 20:9).
Jeremías no pudo evitarlo. Dios lo había llamado y había puesto la verdad en él. Tenía que proclamarla.
Lo mismo ocurre con nosotros. Si tenemos la verdad, si hemos sido llamados y equipados –lo cual es un hecho— entonces tenemos que seguir adelante. Si no lo hacemos nunca disfrutaremos de nada en la vida.
Jesús nos ha dado un don, y debemos hacer algo con él. No podemos renunciar. Las puertas del infierno no prevalecerán contra nosotros. Somos la Iglesia y estamos en este ministerio de por vida. Mantengámonos firmes en el ministerio que Dios nos ha dado ¡y cumplamos nuestro llamado! V