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La insensatez de nuestra predicación

Había una vez un famoso actor de teatro que llenaba sus funciones. La gente venía de todas partes para verlo. Estaban pendientes de sus actuaciones, maravillados de cómo cobraban vida sus personajes. Un día se le acercó un clérigo local cuya iglesia tenía cada vez menos fieles. No pudo contenerse, y le hizo al actor esta pregunta: “¿Cómo es posible que usted llene los teatros y yo predique con bancas vacías?”
El actor le respondió: “Porque un actor actúa como si su ficción fuese verdad… mientras que un clérigo predica la verdad como si fuera ficción.”
¡Qué respuesta tan reveladora!
La gente quiere algo real. Quieren la verdad, aunque no lo sepan. Nosotros, el Cuerpo de Cristo, tenemos esa verdad, y necesitamos compartirla con el mundo con audacia y claridad. Pero quiero advertirles: Cuando lo hagamos, nos criticarán.

Una historia de insensatez
En la actualidad, mucha gente mira a la Iglesia como si estuviéramos locos. En lugar de escuchar la verdad de la Palabra de Dios, se apoyan en filosofías concebidas y sancionadas por el hombre.
Esto no es nada nuevo. En Hechos 18:1-17, leemos que Pablo fundó una iglesia en Corinto, la ciudad más importante de Grecia en aquel tiempo. Era un centro bullicioso de comercio, cultura y religión. En aquel lugar, el apóstol lidiaba con una multitud intelectual que confiaba en la razón y en el pensamiento humano y no comprendía las cosas de Dios.
En su primera carta a los Corintios, Pablo abordó exactamente este tema. Escribió:

El mensaje de la cruz es una locura para los que se pierden; en cambio, para los que se salvan, es decir, para nosotros, este mensaje es el poder de Dios. Pues está escrito: «Destruiré la sabiduría de los sabios; frustraré la inteligencia de los inteligentes». ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde el erudito? ¿Dónde el filósofo de esta época? ¿No ha convertido Dios en locura la sabiduría de este mundo? (1 Corintios 1:18-20, Nueva Versión Internacional).

El mensaje de la Cruz sigue siendo necedad para nuestro mundo humanista e intelectual. Nuestra profesión de predicar es necedad para ellos.
Estos últimos años han sido una locura, pero incluso en esta temporada, los Ministerios Jesse Duplantis han prosperado. Hemos llegado a 15 millones de personas a través de las redes sociales. Pero, cuando empecé a predicar acerca de lo que alimentaba la pandemia, es decir, el temor, ¡las redes sociales removieron mis videos! Pero Dios fue misericordioso. Aun así, hizo crecer nuestro ministerio y nos permitió llegar a más gente que nunca, ¡alabado sea Dios!
Los comentaristas de noticias, expertos políticos y personalidades de la televisión piensan que estamos equivocados. Piensan que los predicadores, pastores y el Cuerpo de Cristo son tontos… pero eso no es cierto. Los agnósticos y los ateos no pueden entender por qué enseñamos y confiamos en la Palabra de Dios. Para ellos, es una tontería. No es de extrañar que nos llamen idiotas.
Eso es lo que pasó en Atenas. Los incrédulos pensaban que Pablo era el mayor idiota que hubieran visto. Lo llamaban parlanchín. Su historia, el evangelio, no tenía sentido para ellos, pero no importaba lo que pensaran. La verdad de Dios se mantenía firme. Su Palabra sigue en pie. Su Hijo sigue en pie. Puede que sea una tontería para el mundo, pero es vida para los que creen.

Nada sustituye al Evangelio
Cuando Pablo llegó a Atenas, habló de Jesús –un judío— que había sido crucificado en una cruz. Los intelectuales de la zona –los griegos— se preguntaron: ¿Qué me importa ese judío? Pensaban que el evangelio que Pablo predicaba era absurdo. Pensaban que, como los romanos crucificaron a Jesús, debía de ser un criminal. No podían entender por qué Pablo quería que lo adoraran.
Sin embargo, Pablo era inteligente. Sabía que, aunque los intelectuales podían disertar de filosofía, no podían entregar la verdad. Un día Pablo les habló a los intelectuales de Atenas justo donde estaban, dirigiéndose a un altar que era central en su cultura:

Porque al pasar y observar sus santuarios, hallé un altar con esta inscripción: «Al Dios no conocido». Pues al Dios que ustedes adoran sin conocerlo, es el Dios que yo les anuncio. El Dios que hizo el mundo y todo lo que en él hay, es el Señor del cielo y de la tierra. No vive en templos hechos por manos humanas, ni necesita que nadie le sirva, porque a él no le hace falta nada, pues él es quien da vida y aliento a todos y a todo. De un solo hombre hizo a todo el género humano, para que habiten sobre la faz de la tierra, y les ha prefijado sus tiempos precisos y sus límites para vivir, a fin de que busquen a Dios, y puedan encontrarlo, aunque sea a tientas. Pero lo cierto es que él no está lejos de cada uno de nosotros, porque en él vivimos, y nos movemos, y somos. Ya algunos poetas entre ustedes lo han dicho: “Porque somos linaje suyo.” (Hechos 17:23-28).

Puede que a Pablo lo consideraran un parlanchín, pero empezó a cambiar sus vidas con las buenas nuevas. Sí, el Evangelio es una tontería para el mundo. Como predicador, toda mi profesión es necedad para los incrédulos. Sin embargo, nada lo sustituye, porque los que no creen no tienen nada mejor que ofrecer. No pueden competir con la verdad de Dios.

La necedad que transforma vidas
La locura de Dios es más sabía que los hombres, y la debilidad de Dios es más fuerte que los hombres.
Tomemos como ejemplo la acción de ofrendar. El mundo no entiende por qué los cristianos que creen en la Biblia dan dinero como nosotros lo hacemos. Ellos no entienden las leyes de la siembra y la cosecha en el nivel espiritual… solo en lo físico. Pero nosotros somos agricultores espirituales –sembramos a tiempo y cosechamos a tiempo—. Cuando alguien viene a Cristo y aprende lo que significa sembrar y cosechar en el espíritu, florece. ¿Por qué? Porque la Palabra restaura, levanta y rescata a quienes la creen.
Ni siquiera Jesús fue inmune a esto. La gente lo miraba y decía «¿Y de Nazaret puede salir algo bueno?» (Juan 1:46).
¿La respuesta de Jesús? «Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque estas cosas las escondiste de los sabios y de los entendidos, y las revelaste a los niños» (Mateo 11:25).
No le importaba que lo tomaran por loco. Conocía el poder de la Palabra para restaurar, levantar y rescatar a los que creían en ella. Cuando el corazón y la conciencia son tocados, la voluntad es subyugada. La verdad del Evangelio y la locura de nuestra predicación se unen para hacer algo magnífico. Somete la voluntad de los hombres y transforma vidas.

Simplemente Irresistible
Un maravilloso pastor amigo mío me dijo una vez: “Jesse, tú haces a Jesús irresistible.” Me gusta mucho esa frase. Espero siempre hacer a Dios Todopoderoso irresistible para que la gente diga, “Solo tengo que acercarme a este Jesús.”
Eso es lo que hizo Pablo. Hizo a Dios Todopoderoso irresistible para los aspirantes a sabios de su tiempo. Les demostró que había sido llamado por Dios con la Palabra de Dios. No se dejaron influir por una filosofía (Colosenses 2:8). Fueron transformados por el Evangelio, por el poder de la Palabra. La predicación de la Palabra no es necedad. Sólo los aspirantes a sabios la consideran necedad.
Es responsabilidad solemne de cada predicador, pastor y creyente presentar el evangelio. Cuando lo hacemos, somos un canal divinamente designado de locura divinamente ordenada. Por eso el mundo nos considera tontos, pero su opinión no importa. Como Jesús, respondemos ante nuestro Padre celestial, no ante el mundo.
Cada milagro que Jesús realizó desafiaba toda lógica. Empezó convirtiendo seis tinajas de agua en vino y terminó con la tumba vacía. Fue una tontería para los sabios de Su época, pero no lo es para Dios.
Dos mil años más tarde, Jesús sigue desafiando la lógica, sólo que ahora lo hace a través de nosotros: revelando la verdad, imponiendo las manos sobre los enfermos, viviendo sin deudas y expulsando demonios. Esa es la locura de nuestra predicación.
No prediquemos la verdad como si fuera ficción. Prediquémosla como el poder de Dios que cambia vidas y las transforma. Alabado sea Dios, ¡Acéptalo! V

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