La simpleza del plan de Dios
Una de las cosas que más amo de Dios es la simpleza de su plan. A diferencia del mundo, Él no nos confunde con un montón de estrategias de éxito diferentes, y a veces contradictorias. Desde el comienzo de la Biblia hasta el final, Dios nos dice simplemente que escuchemos lo que nos dice y que lo pongamos en práctica.
Si seguimos este sencillo plan, Él dice que podrás «prosperar tu camino y tendrás éxito» (Josué 1:8, NBLA).
Lo vemos confirmado a lo largo de las Escrituras. Siempre que el pueblo de Dios escuchó y obedeció, Dios le dio la victoria. Cuando no lo hicieron, Él tuvo que dejarlos seguir su propio camino hacia el fracaso y la derrota.
Por ejemplo, piensa en Adán y Eva. Dios les dio una sola orden. Les dijo: «no debes comer del árbol del conocimiento del bien y del mal.» ¿Te imaginas tener un solo “No” en la vida, y luego fallar la prueba? Parece imposible, pero eso es exactamente lo que hicieron Adán y Eva. A pesar de los hermosos árboles del Jardín que Dios les dio como comida, eligieron comer del fruto del único árbol del cual Dios les advirtiera: «el día que comas de él ciertamente morirás.» (Génesis 2:17).
Por supuesto, ellos no tomaron esa decisión por su cuenta. Tenían un tentador y, cuando se les presentó en el jardín, comenzó a cuestionar el mandato de Dios, diciéndole a Eva que obedecerlo no era el mejor plan. Le dijo que tanto ella como Adán no morirían si comían del árbol prohibido, y agregó: «Se les abrirán los ojos, y serán como Dios» (Génesis 3:4-5).
La verdad era que Adán y Eva ya eran como Dios. Él los había hecho tan parecidos a Él como fuera posible. Lo que el tentador (también conocido como el diablo) le dijo a Eva fue una mentira.
Las mentiras son lo único que tiene el diablo. Es todo lo que tenía en el Jardín del Edén y es todo lo que sigue teniendo hoy en su arsenal para usar contra nosotros, los creyentes. Si él quiere derrotarnos, debe venir a nosotros, tal como lo hizo con Eva, y tratar de engañarnos. Tiene que decir cosas como: “No puedes creer lo que Dios dijo sobre el diezmo. No te hará más próspero, sino que te hará un 10% más pobre. Es mejor que guardes ese dinero para uso personal.”
Podrías preguntarte: ¿El diablo realmente le habla así a los creyentes nacidos de nuevo?
Absolutamente. De hecho, le miente más a los creyentes que a los incrédulos porque somos una amenaza latente. Tenemos autoridad sobre él a través de nuestra unión con Cristo. Mientras andemos en esa unión, el diablo no tiene ningún poder sobre nosotros. Para prevalecer sobre nosotros tiene que llevarnos a su territorio y ganar un acceso a nuestra vida, convenciéndonos de que no creamos y que desobedezcamos la Palabra de Dios.
Eso es lo que ocurrió con Adán y Eva. El diablo consiguió un acceso a ellos a través de su desobediencia. Los separó de Dios al lograr que desobedecieran la Palabra de Dios, y como resultado tuvieron que abandonar la perfección del Jardín. Tuvieron que salir por su cuenta a un mundo que había sido maldecido por su pecado y tratar de salir adelante lo mejor que pudieran.
¿Era ese el plan de Dios para ellos?
No. Su plan era «¡Reprodúzcanse, multiplíquense, y llenen la tierra! ¡Domínenla!» (Génesis 1:28). Su plan era que oyeran y hicieran lo que Él decía para que pudieran caminar con Él en victoria y ser bendecidos.
Dios tampoco cambió ese plan sólo porque Adán y Eva se equivocaran. Dios nunca cambia. Así que activó una estrategia para volver a poner en marcha Su plan. Levantó otro pueblo del pacto para Sí mismo a través de Abraham y les dio la misma estrategia de éxito, con la misma simpleza del Jardín. Les dijo que si escuchaban y hacían lo que Él decía, se manifestaría a ellos y les daría la victoria en cada área de sus vidas.
La Palabra de Dios = La Sabiduría de Dios
Dios puso en evidencia esta estrategia con Su pueblo una y otra vez en la Biblia, a través de cientos de maneras diferentes. En Deuteronomio 4, por ejemplo, después de sacar a los israelitas de Egipto, les dijo a través de Moisés:
Ahora escucha y presta atención, oh Israel, a los estatutos y ordenanzas que te enseño, y ponlos en práctica, para que vivas y entres y poseas la tierra que el Señor, el Dios de tus padres, te da…. He aquí que te he enseñado los estatutos y las ordenanzas que el Señor, mi Dios, me ha mandado, para que los pongas en práctica en la tierra que vas a poseer. Guárdalos, pues, y ponlos en práctica, porque ésa es tu sabiduría y tu entendimiento a los ojos de los pueblos que… dirán: Ciertamente esta gran nación es un pueblo sabio y entendido. Porque, ¿qué gran nación hay que tenga un dios tan cercano a ella como lo está el Señor, nuestro Dios, para todas las cosas por las que le invocamos? (versículos 1, 5-7, Biblia Amplificada, Edición Clásica).
Observa que Dios no les dio a los israelitas Sus mandamientos para complicarles la vida. No les dijo cómo vivir y qué hacer porque quería darles órdenes y cargarlos con un montón de reglas innecesarias. Dios les dio Su Palabra para que la obedecieran porque Su Palabra es Su sabiduría, y andar en la sabiduría de Dios haría a los israelitas 100% victoriosos. Les permitiría derrotar a todos sus enemigos; tomar posesión de todo lo que Dios había provisto para ellos; poner la grandeza de Dios en exhibición en sus vidas para que las naciones a su alrededor pudieran ver Su bondad y poder; y vivir cerca de Dios para que, cuando lo llamaran, Él pudiera escuchar y hacer por ellos lo que le pidieran.
¡Guau! ¡A eso le llamo una manera maravillosa de vivir! Cualquiera de esos beneficios debería haber sido suficiente para convencer a los israelitas de escuchar y hacer lo que Dios les decía. Así que uno pensaría que, a partir de ese momento, habrían seguido Su plan. Pero no lo hicieron.
En cambio, Dios les decía una y otra vez lo que debían hacer, y ellos hacían algo diferente. Ellos seguían su camino, se salían de la bendición de Dios y la maldición venía sobre ellos. Entonces, el diablo comenzaba a robarles, a matarlos y a destruirlos.
A menudo, después de vivir bajo la maldición por un tiempo, los israelitas volvían a Dios. Cuando lo hacían, en Su bondad y misericordia, los aceptaba de nuevo. Sin embargo, lamentablemente seguían repitiendo el mismo ciclo, y no sólo les costaba, sino que en el proceso también entristecían al Señor: «¡Cómo quisiera yo que tuvieran tal corazón, que me temieran y cumplieran siempre todos mis mandamientos, para que a ellos y a sus hijos les fuera siempre bien!» (Deuteronomio 5:29).
“Pero Gloria”, podrías decir, “los israelitas vivían bajo el antiguo pacto. Lo que ellos hicieron no tiene nada que ver con nosotros, los creyentes del Nuevo Pacto.”
Eso es un error. Según 1 Corintios 10:11, las cosas que los israelitas hicieron bajo el antiguo pacto fueron escritas para nuestro beneficio. Sus errores fueron registrados para servirnos de ejemplo de aquello que no debemos hacer. Es cierto que hoy tenemos muchas ventajas que ellos no tenían. Tenemos un mejor pacto con mejores promesas, el cual está establecido en la preciosa sangre de Jesús. Pero, como ya lo mencioné, el plan de Dios no ha cambiado.
Su deseo para nosotros, Su pueblo del Nuevo Pacto, es el mismo que para Su pueblo del Antiguo Pacto. Él desea que vivamos en victoria, que tomemos autoridad sobre el diablo y expulsemos el pecado, la enfermedad, la pobreza y cualquier otra obra de Satanás de nuestras vidas. Dios quiere que habitemos en nuestra tierra prometida del Nuevo Pacto, que tomemos posesión de todo lo que nos pertenece en Cristo y que andemos en «la bendición de Abraham» (Gálatas 3:14).
Es más, el plan de Dios es que nosotros, al igual que los israelitas, seamos como “avisos publicitarios” de Su obra. Él quiere que todos a nuestro alrededor puedan ver Su bendición en nosotros. Él quiere manifestar Su poder tan plenamente en nuestra vida para hacer que las naciones tiemblen, y hacer tantas cosas buenas por nosotros que la gente nos mire y piense: ¡Necesito averiguar más sobre este Dios del que estos cristianos hablan!
Ciudadanos en el mundo, más no del mundo
La Iglesia debería estar evidentemente tan bendecida hoy en día, que todo el mundo alrededor debiera notarlo. Los incrédulos deberían seguirnos y aprender de nosotros, tratando de descubrir el secreto de nuestro éxito. Sin embargo, para que eso ocurra, debemos poner la Palabra de Dios en primer lugar. Debemos centrar nuestras vidas en escuchar y hacer lo que Él dice.
¿Qué razón tenemos para pensar que podemos vivir de esa manera cuando el pueblo del Antiguo Pacto de Dios no pudo lograrlo? Porque, a diferencia de ellos, ¡hemos nacido de nuevo! Hemos sido hechos la justicia de Dios en Cristo. Él ha cumplido en nosotros la promesa que le hizo a su pueblo en Ezequiel 36, donde dijo: «Les daré un corazón nuevo y pondré un espíritu nuevo dentro de ustedes, y quitaré el corazón de piedra de su carne… Y pondré mi Espíritu dentro de ustedes y les haré andar en mis estatutos, y prestarán atención a mis ordenanzas y las pondrán en práctica… Y serán mi pueblo, y yo seré su Dios» (versículos 26-28, AMPC).
Como creyentes del Nuevo Pacto, se nos ha dado el tipo de corazón que Dios anhelaba que tuvieran los israelitas del Antiguo Testamento. Tenemos un corazón para reverenciarlo y guardar siempre todos Sus mandamientos para que nos vaya bien a nosotros y a nuestros hijos para siempre.
¡Dios nos ha preparado para el éxito! No sólo tenemos el deseo y la capacidad de obedecerle, sino que nos ha dado Su Palabra escrita y ha puesto Su Espíritu Santo en nuestro interior. Todo lo que queda por hacer para que andemos en un 100% de victoria es escuchar y hacer lo que Él dice.
¿Es realmente así de simple? Sí, y ese es el único secreto para tener vida, y tenerla en abundancia. Como dijo Jesús, «Si ustedes permanecen en mi palabra, serán verdaderamente mis discípulos; y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres.» (Juan 8:31-32).
A pesar de su sencillez, continuar en la Palabra de Dios requiere de diligencia. Si quieres vivir libre de la maldición, no puedes simplemente leer tu Biblia de vez en cuando, o cuando sea conveniente. Debes «escuchar diligentemente la voz del SEÑOR tu Dios, procurando poner por obra todos sus mandamientos», porque eso es lo que permite que todas Sus bendiciones vengan sobre ti y te alcancen (Deuteronomio 28:1-2, RVA-2015).
Ser diligente significa “hacer un esfuerzo intenso”. Si eres demasiado perezoso espiritualmente para hacer un esfuerzo intenso y pasar tiempo en la Palabra de Dios, serás robado de Sus bendiciones porque pensarás como el mundo.
No se necesita ningún esfuerzo para pensar como lo hace el mundo. La voz del mundo resuena en tu oído constantemente. La escuchas en las calles; la escuchas cuando enciendes la televisión (a menos que estés viendo un programa cristiano). La escuchas en las redes sociales y otros medios seculares… y alentará el comportamiento pecaminoso, diciéndote que no consideres la moralidad sino que hagas lo que te haga sentir bien.
Ese tipo de mentalidad es normal para el mundo, pero no es tal para el creyente. Aunque ahora vivas en este mundo, no eres del mundo. Tu «ciudadanía está en los cielos» (Juan 17:16; Filipenses 3:20). Eres un hijo del Dios vivo y un soldado del ejército victorioso de Jesús, y estás aquí en una misión. Estás en la tierra para hacer avanzar el reino de Dios y ocupar este lugar por Jesús hasta que Él venga de nuevo.
Por eso es tan importante que seas diligente para escuchar y obedecer la Palabra de Dios. Hay más en juego que tu propia vida. Como creyentes, estamos en una guerra contra el mal. Satanás sabe que su tiempo es corto y está trabajando noche y día para esclavizar a la gente. Tenemos que llevarles el evangelio para que puedan salir en libertad.
«Ustedes son la sal de la tierra». dijo Jesús. «Ustedes son la luz del mundo» (Mateo 5:13-14). Puede que haya oscuridad en el lugar donde vives, en tu barrio o en tu ciudad, pero si sigues el sencillo plan de Dios de escuchar y obedecer Su Palabra, serás luz en esa oscuridad. Entrarás en un lugar y ya no habrá oscuridad en él.
¡Qué privilegio tan grande nos ha dado Dios a los creyentes! Él nos ha provisto todo lo que necesitamos, no sólo para ser bendecidos, sino para ser de bendición. Él ha llamado y equipado a cada uno de nosotros para predicar y vivir el evangelio; para imponer las manos sobre los enfermos, echar fuera demonios y dar gloria a Dios.
Sin embargo, para caminar en esa clase de victoria, debemos hacer más que sentarnos en la iglesia y calentar una banca. Debemos prestar atención constante a la Palabra de Dios. Debemos seguir plantándola en nuestros corazones, hablándola por nuestras bocas y actuando de acuerdo con ella.
Jesús dijo: «Tengan cuidado con lo que oyen. La medida [de pensamiento y estudio] que le den [a la verdad que oyen] será la medida [de virtud y conocimiento] que les regrese, y más [además] se les dará a aquellos que escuchen» (Marcos 4:24, AMPC).
Puedes darle tanto pensamiento, estudio y atención a la Palabra de Dios como desees la victoria. Así que ve tras ella al 100%. Comprométete completamente con la sencilla estrategia que Dios nos ha dado. Escucha y haz todo lo que Él dice, porque «harás que prospere tu camino, y todo te saldrá bien» V