Levanta tu mirada
¿Sabías que el diablo no es dueño del planeta Tierra ni de sus recursos? Actúa como si lo fuera, se las ha arreglado para poner sus manos en un montón de cosas, y ha convencido a mucha gente de que le pertenecen. Pero, la verdad es que nada en este planeta es suyo. Ni un centímetro cuadrado, ni un dólar o centavo. Ni una casa, vehículo o cualquier otra cosa que haya sido producida con las riquezas de la tierra.
Todo aquello sobre lo que el diablo haya tomado posesión es propiedad robada.
¿Quién es su legítimo dueño?
Le pertenecen a Dios.
Él creó la Tierra y todo lo que ésta contiene, y cada recodo es Suyo. Aunque ha delegado en la humanidad cierta autoridad sobre la misma, nunca ha renunciado a Su propiedad. Le ha pertenecido todo el tiempo, y siempre ha conservado el derecho de dársela a quien Él quiera.
Las Escrituras lo confirman una y otra vez. Por ejemplo, el Salmo 24:1 dice: «¡Del Señor son la tierra y su plenitud! ¡Del Señor es el mundo y sus habitantes!» El Salmo 104:24 LBLA dice: «…oh SEÑOR! Con sabiduría las has hecho todas; llena está la tierra de tus posesiones.» En Hageo 2:8 y en el Salmo 50:10, Dios dice “La plata y el oro son míos… pues míos son todos los animales del bosque, ¡los miles de animales que hay en las colinas!”
Yo diría que esos versículos cubren toda la creación, ¿no es cierto? Estos no mencionan nada acerca de que el diablo tenga título de propiedad sobre algo. Dios no creó la Tierra para él y los que lo rodeaban. Dios la creó para Sus hijos amados. Creó este lugar y lo llenó de riqueza para que Su familia, Sus hijos e hijas humanos, tuvieran un lugar maravilloso para vivir y una abundancia de cosas que disfrutar.
Puedes descubrir esta verdad al leer en el libro de Génesis acerca del Jardín del Edén. Dios incluyó en el Edén todo lo que Adán y Eva pudieran desear. Luego, cuando los creó y los puso en el Jardín, los bendijo y les dijo: «¡Reprodúzcanse, multiplíquense, y llenen la tierra! ¡Domínenla! ¡Sean los señores…» (Génesis 1:28).
Esa era la voluntad de Dios para toda la humanidad y para todos los tiempos. Su intención era que Adán y Eva y sus descendientes ejercieran dominio sobre la tierra para siempre, y la gobernaran según Sus justos caminos. Que anduvieran en el poder de Su bendición y siguieran aumentando y expandiendo el Jardín del Edén hasta llenar toda la Tierra.
Pero, como ya sabemos, eso no fue lo que sucedió. Cuando el diablo se apareció en el Jardín y comenzó a mentirle a Eva, en lugar de ejercer dominio sobre él y ponerlo en su lugar, ella lo escuchó y se vendió. Luego, Adán también se vendió. Desobedeció a Dios y le entregó su autoridad terrenal al diablo.
Cuando Adán y Eva cayeron en la mentira de Satanás, éste probablemente pensó: ¡Ah! A partir de ahora, ¡esta tierra es mía! ¡Mi posesión! (Siempre piensa parecido. Es una criatura tan orgullosa que no puede evitarlo).
Pero estaba equivocado. Dios se le había adelantado. Él ya sabía lo que el diablo iba a hacer. Tenía un plan de redención y no perdió tiempo en ponerlo en marcha.
¿Qué hizo?
Habló con un hombre llamado Abram (Abraham) que sabía que iba a creerle y obedecerle, y lo bendijo con la misma bendición y dominio que le había dado a Adán y Eva. Hizo un pacto con Abram y le dijo: «Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré. Yo haré de ti una nación grande. Te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición. Bendeciré a los que te bendigan, y maldeciré a los que te maldigan; y en ti serán benditas todas las familias de la tierra.» (Génesis 12:1-3).
Un Dios grande, con un gran corazón
Es importante que tengamos en cuenta que ese pacto no fue idea de Abram. Él no convenció a Dios para que lo bendijera, le diera una tierra y lo engrandeciera. Por el contrario, fue Dios quien inicio esta interacción. Abram había estado viviendo su vida como de costumbre, haciendo lo que la gente hacía en esos días. Probablemente nunca se le había ocurrido (sobre todo porque vivía en la ciudad de Ur, donde la mayoría de la gente adoraba a la luna) que el Dios Todopoderoso podría querer bendecirlo.
Querer bendecirlo fue idea de Dios.
Cuando Adán y Eva perdieron ante el diablo, Dios también perdió. Así que planeó comenzar de nuevo con Abraham para criar una familia de personas para Él, personas que caminarían con Él, harían las cosas a Su manera y retomarían para Él el dominio sobre la tierra según el plan original para la humanidad en el Jardín.
Tampoco quería que Su nueva familia incluyera sólo a Abraham y a sus descendientes naturales. Quería incluir en este pacto a todas las personas que pudiera. Por lo tanto, lo estableció para que a través de Abraham “todas las familias de la tierra” pudieran ser bendecidas.
Dios es un Dios grande, y con un gran corazón. Tiene suficiente amor, suficiente tierra, suficiente riqueza espiritual y material para hacer de todos en la tierra tan ricos como lo hizo con Abraham. «Abram era riquísimo en ganado, plata y oro.» (Génesis 13:2).
Dios creó la tierra para producir tal abundancia, que todos aquellos que así lo elijan, puedan formar parte de Su familia y todos puedan ser magníficamente prósperos y bendecidos.
¿Estoy sugiriendo que Dios tiene tierra para todos Sus hijos, como lo hizo con Abraham? Absolutamente. Si fueras dueño de la tierra, ¿no tendría un lugar elegido para cada uno de tus hijos? Por supuesto, no estoy diciendo que Dios nos haya dado a todos la misma tierra que dio a los descendientes naturales de Abraham. No hay suficiente espacio allí para que vivamos todos. Pero Dios sí tiene propiedades elegidas en otros lugares para los que somos descendientes espirituales de Abraham.
Sabías que, como creyente, eres un descendiente espiritual de Abraham, ¿correcto? La Biblia lo deja muy claro: «Y si ustedes son de Cristo», dice Gálatas 3:29, «ciertamente son linaje de Abrahán y, según la promesa, herederos.»
Obviamente, si eres heredero de la promesa que Dios le hizo a Abraham, y Su promesa incluía tierra, eso significa que tu tierra está incluida también. Significa que Dios tiene bienes raíces y una abundancia de riqueza terrenal reservada para todos nosotros, y Él quiere que tu tengas tu porción. Él quiere que sigas «las pisadas de la fe que tuvo nuestro padre Abraham» (Romanos 4:12), que camines en la misma bendición y que ayudes a Dios a recuperar Su propiedad.
“Pero Gloria, no hay manera de que yo pueda prosperar como lo hizo Abraham. Yo vengo de una familia pobre y no tengo nada de nada. No tengo mucha educación. ¿Cómo podría el Señor convertirme en un rico terrateniente?”
Probablemente Abraham se preguntaba lo mismo. Después de todo, él tampoco tenía tierras una vez que hizo lo que Dios le dijo y dejó su hogar en Ur. Tampoco tenía hijos. Su esposa, Sara, era estéril. Sin embargo, a pesar de esas circunstancias contrarias, cuando Abraham llegó a la tierra de Canaán, Dios le dijo: «Levanta ahora tus ojos, y desde el lugar donde estás mira hacia el norte y hacia el sur, hacia el oriente y el occidente. Toda la tierra que ves, te la daré a ti y a tu descendencia para siempre. Yo haré que tu descendencia sea como el polvo de la tierra. Si hay quien pueda contar el polvo de la tierra, entonces también tu descendencia podrá ser contada.» (Génesis 13:14-16).
Para Abraham, estas cosas parecían imposibles. No veía la posibilidad de que toda la tierra de Canaán fuera suya. Así que dijo: «Oh SEÑOR Soberano, ¿cómo puedo estar seguro de que realmente voy a poseerla?» (Génesis 15:8, NTV).
Dios le respondió a Abraham al pedirle que preparara un sacrificio de animales. Luego, una vez que los animales fueron sacrificados y su sangre derramada, Dios se manifestó como una antorcha ardiente y caminó de arriba abajo en la sangre de esos animales. En otras palabras, Él respaldó Su promesa a Abraham con un pacto de sangre.
¿Qué tiene eso que ver contigo y con tu vida?
Todo. Como hijo de Dios nacido de nuevo del Nuevo Testamento, tú también tienes un pacto de sangre con Él. Sólo que el tuyo es «un pacto mejor, establecido sobre mejores promesas.» (Hebreos 8:6), y basado en un mejor sacrificio (9:23). Tu pacto con Dios -el nuevo pacto- está fundado en la preciosa sangre del Señor Jesucristo.
El aumento del pacto de sangre es sobrenatural
Aunque el antiguo pacto no era tan maravilloso como el nuevo, a los israelitas les fue bastante bien. Por ejemplo, piensa en lo mucho que prosperaron cuando Dios los sacó de Egipto. Apenas unos días antes de salir de ese lugar, no tenían ninguna riqueza ni forma alguna de conseguirla. Habían sido esclavos durante años. Pero Dios había prometido siglos antes: «saldrán de allí con grandes riquezas.» (Génesis 15:14), y eso es precisamente lo que pasó.
Le dijo a Moisés, justo antes de que salieran de Egipto, que instruyera a los israelitas para que pidieran «a los egipcios que les dieran objetos de oro y de plata, y también ropa.» Los israelitas así lo hicieron, y Dios «hizo que los egipcios vieran con buenos ojos a los israelitas, así que les dieron todo lo que les pedían. De este modo los israelitas despojaron por completo a los egipcios.» (Éxodo 12:35-36, NTV).
Ese fue un cambio financiero instantáneo.
Proverbios 13:22 dice: «Las riquezas del pecador las hereda el hombre justo», y Dios les dio a los israelitas lo que se había guardado para ellos muy rápidamente. Transfirió a sus manos la riqueza de la nación que los había esclavizado y lo hizo tan rápido que un día estaban quebrados y esclavizados, y al día siguiente eran ricos y libres.
La Biblia está llena de estos cambios repentinos. Los israelitas los experimentaron una y otra vez. Si has leído el Antiguo Testamento, recordarás las historias:
– Un día los israelitas marchaban alrededor de las impenetrables murallas de la ciudad de Jericó, propiedad de los cananeos, y al día siguiente esas murallas habían caído y la ciudad le pertenecía al pueblo de Dios. (Josué 6)
– Un día los israelitas estaban muriendo de hambre y sitiados por un ejército enemigo, y al día siguiente estaban comiendo bien y repartiendo el botín de sus enemigos, quienes habían huido y dejado atrás toda su comida, equipo, plata y oro. (2 Reyes 7)
– Un día una viuda israelita estaba tan desamparada que estaba a punto de ser obligada a vender a sus hijos como esclavos, y al día siguiente era una empresaria del aceite. (2 Reyes 4)
Ese es el tipo de aumento que proviene de un pacto de sangre con Dios. Es más que un incremento natural. Es más que obtener un aumento en el trabajo. ¡El aumento del pacto de sangre es sobrenatural! ¡Es un movimiento de Dios! Es Dios enviando ángeles para desenterrar el tesoro y entregártelo. Es Dios haciendo señales, maravillas y cosas en tu vida que sólo Él puede hacer.
¿Cómo crees en esa clase de aumento?
Sigue las instrucciones que Dios le dio a Abraham. Cuando prometió darle a él y a sus descendientes toda la tierra de Canaán, Dios dijo: «Levanta ahora tus ojos».
Cuando lees las promesas de prosperidad de Dios en la Biblia, no puedes visualizar con sólo mirar a tu alrededor en este reino natural cómo será que esas promesas se harán realidad en tu vida. No podrás visualizarlo tan solo mirando tu sueldo, ni el balance de tu cuenta bancaria, y descubrir cómo Dios podría poner en tus manos la riqueza de los malvados y hacerte una bendición para todas las naciones de la tierra.
Para visualizarlo debes levantar tus ojos y mirar a Dios. Debes mirar a Aquel que ha obrado milagros a lo largo de 6.000 años de historia de la humanidad. Aquel que dijo a los israelitas cuando les prometió una tierra propia y los sacó de Egipto: «Ustedes han visto lo que he hecho con los egipcios, y cómo los he tomado a ustedes y los he traído hasta mí sobre alas de águila. Si ahora ustedes prestan oído a mi voz, y cumplen mi pacto, serán mi tesoro especial por encima de todos los pueblos, porque toda la tierra me pertenece.» (Éxodo 19:4-5).
Los israelitas no poseían ni un centímetro cuadrado de propiedad cuando escucharon esas palabras. Apenas podían imaginarse poseyendo una tierra lo suficientemente grande para ellos y todos sus descendientes. Entonces, Dios les recordó por qué era posible. “Toda la tierra es mía”, les dijo. “Cuento con lo necesario para hacer de ustedes un pueblo especial y les estoy dando esta tierra”.
Dios nos dice hoy lo mismo a nosotros, sus hijos. Él todavía nos está diciendo, como la semilla espiritual de Abraham: “La tierra es mía para darla, y si escuchas, crees y me obedeces, te la daré”. Está diciendo, como lo expresó Jesús: «Buscad… primero el reino [de Dios] y Su justicia (Su manera de hacer y ser correcto), y entonces todas estas cosas juntas se te darán por añadidura» (Mateo 6:33, Biblia Amplificada, Edición Clásica).
¡Dios quiere que tengas “todas las cosas”!
Él no hizo esta tierra ni nada de lo que hay en ella para el diablo y su pandilla. La hizo para Su familia, y quiere que tengas todo lo que Él ha reservado para ti. Así que, créele a Él en esta área. Deposita tu fe en el pacto de sangre que Él ha hecho contigo, levanta tu mirada hacia Él, y toma posesión de tu tierra prometida. V