No le des acceso al enemigo
Hace unos años, vi un documental sobre la Segunda Guerra Mundial y la batalla de Iwo Jima. El programa mostraba el desarrollo de esa brutal batalla, la cual se libró por espacio de cinco semanas. Hubo tantas bajas, que la batalla se volvió poco popular en los Estados Unidos.
Para la mayoría de los estadounidenses, Iwo Jima no era más que una pequeña mancha rocosa en el Océano Pacífico de apenas 8 millas cuadradas de superficie. Lo que el ciudadano medio no sabía, era que nuestros bombarderos carecían de la fiabilidad necesaria para realizar misiones de largo alcance. Necesitábamos un punto de parada y la ubicación de Iwo Jima la convertía en una posición estratégica para poder finalizar la guerra.
Cuando escuché ese comentario, el Espíritu de Dios me arrestó: Presta atención a la importancia de carácter estratégico.
Escribí esa frase en mi teléfono. La importancia estratégica es una frase con la que todo creyente que proclama la Palabra de Dios debería estar familiarizado.
El enemigo se burlará de nosotros, y nos dirá cosas como: “No estás haciendo mucho. Estás en un lugar pequeño, apestoso e insignificante.” Pero debemos reconocer la importancia estratégica del Señor para nuestra situación en particular en cada momento. Si el Señor nos envía a algún lugar, estamos justo donde debemos estar, llevando a cabo un trabajo importante. Tenemos que ir a donde nos envían, y quedarnos donde estamos destinados. No podemos rendirnos. Debemos creer en Dios, sabiendo que Él nos dará lo que necesitamos.
Enfréntate a las asechanzas del enemigo
En toda batalla, hay siempre un enemigo. Para nosotros, los creyentes que estamos comprometidos con el cumplimiento de los planes de Dios, ese enemigo es el diablo. Él es astuto, y tiene un montón de armas en su arsenal. Hará lo imposible para evitar que conquistemos terreno. En cualquier batalla, no sólo nos enfrentamos a él, sino también a sus artimañas, trucos y engaños.
Efesios 6:10-11 dice: «Por lo demás, hermanos míos, manténganse firmes en el Señor y en el poder de su fuerza. Revístanse de toda la armadura de Dios, para que puedan hacer frente a las asechanzas del diablo.» (énfasis añadido). Muchos cristianos ven al diablo como si fuera la imagen malvada de un monstruo de Hollywood. Sin embargo, eso es contrario a cómo se nos presenta en la práctica. Se transforma en un ángel de luz (2 Corintios 11:14), y por eso debemos estar atentos a sus astutas mentiras.
Primera de Pedro 5:8-9 dice: «Sean prudentes y manténganse atentos, porque su enemigo es el diablo, y él anda como un león rugiente, buscando a quien devorar. Pero ustedes, manténganse firmes y háganle frente. Sepan que en todo el mundo sus hermanos están enfrentando los mismos sufrimientos».
Ahora bien, el enemigo no es capaz de devorar a cualquiera. En cambio, éste recorre el planeta buscando “a quien pueda devorar”. Los creyentes en la Iglesia pueden tomar una posición estratégica para convertirse en aquellos a los “que no pueda devorar”.
Resiste las acusaciones del diablo
Otro nombre para nuestro enemigo es “el acusador”. Siempre intenta acosarnos, diciendo cosas como: “Tienes facturas pendientes. Tienes síntomas. Tienes problemas con P mayúscula. Así que… ¿qué harás?”
¿Por qué será que el enemigo gasta todo su tiempo y recursos acusando? Porque no le interesa simplemente calumniarnos. Está tratando de construir un caso contra nosotros para ganar acceso a nuestras vidas y devorarnos. Ese es su modo de operar. Por eso muchos de los términos asociados con el enemigo son términos legales: justificación, redención, defensor y acusador.
Un día, el enemigo estaba siguiendo ese juego conmigo, preguntándome qué haría, cuando el Espíritu Santo me habló en el interior y me dijo: ¿Por qué no le preguntas qué va a hacer?
De repente, sentí un atrevimiento. Recordé que en Apocalipsis 12:7-10 dice:
Después hubo una batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles lucharon contra el dragón, y el dragón y sus ángeles también lucharon, pero no pudieron vencer, y ya no hubo lugar para ellos en el cielo. Así fue expulsado el gran dragón, que es la serpiente antigua que se llama Diablo y Satanás, y que engaña a todo el mundo. Él y sus ángeles fueron arrojados a la tierra. Entonces oí una fuerte voz en el cielo, que decía: «¡Aquí están ya la salvación y el poder y el reino de nuestro Dios, y la autoridad de su Cristo! ¡Ya ha sido expulsado el que día y noche acusaba a nuestros hermanos delante de nuestro Dios!
Eso era todo lo que necesitaba recordar. Le dije: “¡Sí, diablo! ¿Qué vas a hacer? ¿Leíste el final del Libro? ¿Te diste cuenta que te queda poco tiempo? ¡Tic-tac! Un gran ángel va a bajar, te agarrará y te arrojará al pozo.”
No tenemos que aguantar el acoso del enemigo. Podemos resistirlo. Por supuesto que luchará, pero el final ya está escrito. Cuando nos acuse, dependerá de nosotros negarle el acceso.
Júzgate a ti mismo, no a los demás
En 1 Corintios 5, leemos sobre la reprimenda de Pablo a la iglesia de Corinto después de que un miembro había comenzado una relación inmoral con su madrastra. Algunos en el cuerpo de la iglesia habían tomado la postura de que no era gran cosa. Entonces Pablo los enderezó; habló de entregar a ese miembro al enemigo (versículo 5). Esto es importante porque nos muestra que los creyentes pueden ser juzgados, no por Dios, sino por el destructor, Satanás.
El enemigo no tiene derecho a destruir a un creyente sin obtener primero un acceso legal y espiritual. Una de las formas más grandes en que él obtiene acceso es cuando juzgamos a otras personas. También obtiene acceso cuando no nos juzgamos a nosotros mismos.
Jesús nos dijo: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente.» y «Amarás a tu prójimo como a ti mismo.» (Mateo 22:37-39). Esos gloriosos mandamientos son la clave para evitar que el diablo tenga acceso. Por eso es tan importante mantener las rivalidades fuera de nuestras relaciones. La Palabra nos dice que: «donde hay envidias y rivalidades, allí hay confusión y toda clase de mal.» (Santiago 3:16).
El Señor me dijo una vez que la contienda es la presencia manifiesta del diablo.
Podemos sentirlo, ¿no es así? Si entramos en una habitación donde dos personas han estado discutiendo, peleando e insultándose, aunque no hayamos oído o visto lo que se dijo o hizo, podemos sentirlo. Esa presencia manifiesta del enemigo es tangible. Él obtuvo acceso a través de sus gritos y discursos de odio. Se estaban juzgando unos a otros y él encontró una puerta de entrada.
Siempre hemos sabido que juzgar es grave, pero es más grave de lo que pensamos porque le permite al enemigo alcanzar su objetivo final: robar, matar y destruir (Juan 10:10). Le da acceso para devorar.
Debemos reverenciar nuestro cuerpo espiritual, el Cuerpo de Cristo, del que todos formamos parte, porque es precioso para nuestro Señor. No debemos juzgarlo. Y aunque no debemos juzgar a otras personas, sí debemos juzgarnos a nosotros mismos. Primera de Juan 1:9 dice: «Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad.»
Una de las mejores noticias que cualquiera de nosotros pueda escuchar es que, aunque hayamos metido la pata hasta el fondo, podemos juzgarnos a nosotros mismos y recibir la limpieza y el lavado que siempre están a nuestra disposición.
Perdonar y tener misericordia
En lugar de juzgar, podemos extender misericordia a aquellos que nos hayan hecho daño y detener al enemigo en su camino. Podemos seguir las indicaciones de Jesús: «Ustedes deben amar a sus enemigos, hacer el bien… Por lo tanto, sean compasivos, como también su Padre es compasivo. No juzguen, y no serán juzgados. No condenen, y no serán condenados. Perdonen, y serán perdonados. Den, y se les dará una medida buena, incluso apretada, remecida y desbordante. Porque con la misma medida con que ustedes midan, serán medidos.» (Lucas 6:35-38, énfasis añadido).
En este pasaje se destacan tres palabras: juzgar, condenar y perdonar. Cuando juzgamos y condenamos, actuamos como jueces y jurados. Miramos a alguien y decidimos que está equivocado y lo declaramos culpable. En cambio, debemos reconocer cuando no entendemos el corazón, los motivos, las decisiones o las acciones de las personas, y orar para que nos comprendan. Debemos darnos cuenta de que, como no sabemos esas cosas, no podemos formar una opinión inteligente. No sabemos cómo fue que alguien llegó a ese lugar en donde está. Todo lo que necesitamos saber es que Dios los ama; debemos perdonar.
Hay mucho en juego
Nuestro enemigo busca a quién devorar. Podemos impedirle el acceso reconociendo sus estratagemas y resistiendo su juicio. En lugar de juzgar a los demás, podemos juzgarnos a nosotros mismos.
Al impedirle el acceso a nuestras vidas nos estamos removiendo de la categoría de aquellos “a quien puede” devorar y nos posicionamos directamente en la categoría de “a quien no puede” devorar, asegurándonos que el enemigo no pueda robar, matar o destruir: a nosotros o a cualquier cosa bajo nuestra autoridad.
Hay demasiado en juego. Hay gente perdida a la que alcanzar con el evangelio y creyentes a los que entrenar para futuras batallas. Nada puede impedirnos tomar la tierra que Dios ha puesto ante nosotros. Cada uno de nosotros está en un lugar de importancia estratégica. Resistamos al enemigo con las herramientas que Dios nos ha dado. ¡La batalla es simplemente demasiado importante para perderla! V