Nunca es demasiado tarde
Denver Urlaub salió de la casa y su aliento formó nubes de vapor en el aire gélido. Se aquietó, contemplando el magnífico paisaje que rodeaba el lugar en el que él y su esposa, Stacey, vivían: un terreno de 8 hectáreas en la impresionante naturaleza de Alaska.
Situados en el centro del estado, estaban a 50 kilómetros del Parque Nacional de Denali, donde el sol brillaba en los picos nevados de las montañas. Por la noche se podían ver los colores de neón de las auroras boreales. Aislados de la mayoría de la gente, sus tierras estaban llenas de todo tipo de fauna salvaje.
El hielo y la nieve recubrían el suelo mientras Denver trabajaba en la casa de madera que había construido. Al barrer la nieve, se congeló mientras un dolor le atenazaba el hombro. A los 49 años, estaba sano y fuerte. Pero ahora, además del dolor del hombro, se sentía débil.
Adentro, el dolor le impedía encontrar una posición cómoda. No conseguía aliviarse ni sentado, ni caminando. Llegó a ser tan intenso que clamó a Dios por misericordia.
“¿Quieres ir al hospital?”, le preguntó Stacey.
Ese era el inconveniente de vivir en uno de los lugares más hermosos de la tierra. Los separaba 160 kilómetros del hospital más cercano.
“Si el dolor regresa, será mejor que estemos más cerca que estos 160 kilómetros.”
“Vamos”, le dijo Stacey.
Lo metió en el auto y comenzó su larga peripecia por carreteras congeladas. Varias veces Denver insistió en que se sentía mejor y le pidió que lo llevara a casa.
“No”, le dijo ella, “tienes que hacerte un chequeo.”
El largo y lento viaje le dio a Denver tiempo para reflexionar sobre su vida. Sea como fuere, el dolor del hombro le había hecho aflorar recuerdos que era mejor olvidar.
Se había criado en el norte de Michigan. Sus padres siempre iban a la iglesia, y a los 9 años se había salvado en un campamento de la iglesia. A los 14 años, recibió el bautismo en el Espíritu Santo y fue llamado al ministerio.
A los 15 años, Denver había dejado su casa y viajado 1.200 kilómetros para asistir a un colegio cristiano. Después del bachillerato, a los 16 años se había matriculado durante un año en el Evangel College y más tarde se graduó en el North Central Bible College a los 19 años.
Después de trabajar como pastor de jóvenes y asistente pastoral, había aceptado el pastoreado de una iglesia en Michigan. Se había casado y tenía cinco hijos. No había sido un matrimonio celestial, recuerda Denver. La mayoría de las esposas les dicen a sus maridos cuánto los aman. Su esposa le decía regularmente que no lo amaba.
Las cosas empezaron a deshacerse en 1986, cuando él se cayó y se cortó el pie con una cortadora de césped. Luego, un incendio destruyó la casa parroquial donde vivían él y su familia. Lo perdieron todo.
En la conferencia, Denver le había compartido lo sucedido a otro asistente. “Dios te persigue”, le había dicho el hombre. “Será mejor que te entregues, o te matará.”
Eso le había confirmado a Denver lo que siempre había sospechado.
Dios tampoco lo amaba.
Renunció a su llamado pastoral y comenzó a trabajar para la policía estatal de Michigan. Un tiempo después, su matrimonio terminó en divorcio. Herido y sin amor, había trabajado con ahínco en otros negocios hasta que conoció a Stacey y se habían casado. Trasladándose a Alaska, habían vuelto a empezar.
Y ahora, esto.
Al llegar al hospital, Denver fue llevado a la sala de emergencias. En un frenesí de actividad, le hicieron un electrocardiograma, radiografías y análisis de sangre. Entonces, el médico les ofreció su diagnóstico.
“Has tenido un ataque al corazón”, comenzó. “Tu corazón está pidiendo oxígeno a gritos. Necesitas un stent. Si no te lo ponen, morirás por la mañana. Podrías morir antes de que te lo pongan. Tu cuerpo podría rechazar el stent después del procedimiento. Pero sin él, no tienes ninguna posibilidad de vivir.”
Denver sabía que en el siguiente segundo podría ver a Dios.
No tenía ni idea de lo que Dios le diría… y no tenía tiempo para recobrar Su amistad.
Enfrentado a la eternidad
“Cuando estás a un latido de ver a Dios, no te importa lo que piensen los demás”, recuerda Denver. “Sólo quieres saber lo que piensa Dios. Había oído a mucha gente hablar de lo que creían que pensaba Dios. Había estado entre los luteranos, las Asambleas de Dios y los bautistas.”
“Todos tenían una opinión: Una vez eres salvo, serás siempre salvo. Se podía recaer. Puedes perder tu salvación. Pero cuando te acercas a experimentar la eternidad, sólo quieres la verdad. Yo creía en Jesús, pero estaba espiritualmente en conflicto. Había tomado tantas malas decisiones. Tantas decisiones equivocadas. ¿Me amaba Dios? ¿Podría ser perdonado?”
Tan pronto Denver volvió a casa del hospital, hizo algo que no había hecho en 20 años.
“Puse la televisión cristiana”, recuerda Denver. “Me daba pena. No dejaba de pensar que, si no hubiera cometido tantos errores, podría haber impactado a la gente para Jesús. T.D. Jakes estaba predicando, y me gustaba. Cuando la cámara hizo un paneo de la audiencia, mi amargura salió a flote.”
“Señalé a un hombre y dije: ‘¡Es un traficante de drogas y sin embargo está sentado en la iglesia! Miré a una señora y dije: ‘Es una prostituta’. Al siguiente le dije: ‘Debe ser un traficante.’”
“Escuché al Señor responderme: ‘Yo amo a esa gente.’”
“Claro, Tú amas a todo el mundo”, bromeé.
“Dios me agarró por el cuello y me sentó en el sofá. Sentí Su dedo en mi cara. Me dijo: “¡Amo a esa gente como amo a Jesús! ¡Como te amo a ti! ¿Cómo crees que puedes hacer que la gente venga a Jesús cuando ni siquiera te gustan? Necesito que empieces a amar a la gente.”
“Durante los siguientes 30 minutos, Dios iluminó mis prejuicios”, dijo Denver. “Tenía razones para que no me gustara la gente. No me gustaban los alemanes porque mataban a los judíos, aunque yo era de origen alemán. No me gustaban los japoneses porque bombardearon Pearl Harbor. No me gustaba el Sur porque luchó contra el Norte en la Guerra Civil. Por alguna razón, no me gustaban los negros. No sabía por qué.”
“El Señor me recordó que no había estado vivo durante la Guerra Civil. Tampoco cuando Pearl Harbor fue bombardeado. Mi vida estaba siendo controlada por la amargura contra grupos enteros de personas y eventos que no tenían nada que ver conmigo. No escuché ni una palabra más de lo que dijo T.D. Jakes. Tomé el control remoto y apagué la televisión. Estaba aturdido.”
Una infusión de Fe
“Entonces el Señor me dijo algo más: ¿Crees que podrías poner a Kenneth Copeland en esa televisión tuya?”
Denver había escuchado a Kenneth predicar una vez en 1979. Había predicado de Efesios sobre estar sentado con Cristo en los lugares celestiales. Tomando el control remoto, Denver buscó el programa del hermano Copeland y lo puso a grabar. A partir de esa mañana, se levantó cada día y escuchó a Kenneth enseñar sobre la fe.
Con el tiempo, la fe creció en su corazón. Una fe en que Dios lo amaba. Fe en que podía ser perdonado. Fe en que no era demasiado tarde para servirle.
Un día Denver se dirigió a Stacey.
“¿Sabes que todos los años vamos a algún sitio para celebrar nuestro aniversario? Tengo una gran idea. Este año vayamos a la Convención de Creyentes del Suroeste.”
Stacey lo escuchó, y permaneció en silencio. Había algunas cosas que nunca le había contado a Denver. Él no tenía idea de que ella no era una verdadera cristiana. Que había cometido el pecado imperdonable y que no podía ser perdonada.
“No me crie en una familia cristiana”, explica Stacey. “Mi padre era alcohólico y nunca fuimos a la iglesia, salvo una breve temporada en la que mi tío nos convenció de ir. A los 9 años, nací de nuevo. Había muchas maldiciones en nuestra casa, que yo repetía. Un día visité a mi maestra de la escuela dominical y dije unas palabrotas.”
“Ella me sentó y me mostró en la Biblia que acababa de cometer un pecado que no podía ser perdonado. Crecí creyendo en Dios y en Jesús, pero sabía que había metido la pata de tal manera que nunca podría ser perdonada.”
La verdad revelada
“Años más tarde, cuando ya era adulta, conocí a una mujer que iba a una iglesia pentecostal. Ella me convenció de ir. Nunca había oído hablar del Espíritu Santo o de hablar en lenguas. Tenían servicios especiales donde todos en la iglesia oraban para que yo hablara en lenguas. Me dijeron: ‘Empezarás a orar en otras lenguas.’ Nunca sucedió, y yo no tenía idea de lo que estaba pasando. Sentí tanta presión que después de unas semanas dejé de ir a la iglesia.”
“Concluí que mi maestra de la escuela dominical tenía la razón. No era salva porque no podía ser perdonada. Por eso no podía orar en lenguas. Siempre que tenía ocasión de estar en la iglesia, veía a los cristianos como un grupo especial de personas. Eran los que Dios amaba.”
“Como no era realmente una cristiana, no quise ir a la Convención de Creyentes. Me mantuve ocupada mientras Denver veía la transmisión. Una mañana estaba lavando los platos cuando Kenneth comenzó a predicar sobre Romanos 8:1: «Por tanto, no hay ninguna condenación para los que están unidos a Cristo Jesús».”
“Kenneth dijo que el pecado que cometimos ocurrió antes. Pero la Biblia decía que ahora no estábamos condenados. Pensé que eso no podía estar realmente en la Biblia. Entonces me di cuenta de que nunca la había leído. Había tomado la palabra de otras personas sobre lo que decía. Fui a un estante, tomé la Biblia y le quité el polvo. Entonces, encontré Romanos 8:1. Decía justo lo que Kenneth decía.”
“Apenas podía asimilar el concepto de que tal vez no estaba condenada. Fue entonces cuando empecé a ver el programa con Denver y a buscar las escrituras. Un programa de 30 minutos podía llevarnos dos horas. Poníamos en pausa la grabación y buscábamos cada versículo”.
“Un día Kenneth dijo que Dios nos daría los deseos de nuestro corazón”, recuerda Stacey. “Yo pensé, no sé cuál sería el deseo de mi corazón. No tengo ningún deseo. Estoy contenta. Entonces algo se agitó en mí, y oí salir de mi boca estas palabras: ‘Bueno, hay una cosa que deseo. Me gustaría ir a África.’”
¿De dónde había salido eso?
Cada día, Denver y Stacey leían un capítulo del Antiguo Testamento y otro del Nuevo. También empezaron a asistir a la iglesia y a memorizar las escrituras. Un versículo en particular se apoderó de Denver y no lo dejó ir.
Se trataba de Santiago 1:27, que dice: «Delante de Dios, la religión pura y sin mancha consiste en ayudar a los huérfanos y a las viudas en sus aflicciones, y en mantenerse limpio de la maldad de este mundo» (RVC).
Una pareja de su iglesia había visitado un orfanato en Sudán del Sur y había apoyado a algunos de los niños locales. Denver y Stacey habían enviado dinero, patrocinando a tres niños. Recibieron una carta de Oliver, un huérfano de 10 años al que habían apadrinado. Terminaba la carta diciendo: “Por favor, ven a África y visítame.”
A Denver le saltaron las lágrimas. No sabía qué decir. Ni siquiera estaba seguro de dónde se encontraba Sudán del Sur. Sin embargo, sabía que la nación estaba en guerra y que la gente estaba muriendo.
Él y Stacey se pusieron en contacto con el orfanato para preguntar si podían visitarlo. Les dijeron que, debido a la guerra, no se permitía la visita a nadie. “Pero como tus amigos ya han estado aquí, haremos una excepción. Pueden venir en febrero de 2013.”
El próximo febrero, Denver y Stacey comenzaron a hacer planes para ir a África.
Una explosión de verdad
En el 2012, Denver y Stacey asistieron a la Conferencia de Creyentes del Suroeste. Escucharon atentamente mientras el hermano Copeland enseñaba sobre cómo la justicia proviene de Jesús.
“En mi último año de la escuela secundaria”, relata Denver, “había memorizado 471 versículos de la Biblia. Creía en Jesús. Sabía que había resucitado de entre los muertos. Diezmaba y honraba a Dios. Sea como fuere, confiaba en mí mismo para complacer a Dios. Por lo tanto, creía que mis obras también podían desagradar a Dios. Durante ese mensaje, todas esas creencias erróneas estallaron como la explosión del Hindenburg. Todas las mentiras que el diablo utilizaba para mantenerme cautivo se desintegraron y fui liberado.”
“Llegamos a la oración previa al servicio y descubrimos que nos habían dividido en grupos. Cuando encontramos nuestro grupo asignado, el cartel decía: Hoy vamos a orar por las viudas y los huérfanos. Durante la oración, tuve una visión de un niño pequeño tendido en soledad en medio del polvo. Parecía débil, sucio y desgarrado. Sea como fuere, yo estaba allí para ayudarle. Pronto, otros niños de todas las edades se unieron a él. Al final de la visión, estaban de pie con las manos levantadas, adorando a Dios. Después, supimos que estábamos llamados a ir a África.”
La primera noche que asistieron a la oración previa al servicio, Terri Copeland Pearsons les explicó que todos debían escucharla mientras oraban en el Espíritu Santo. ¡Aquí vamos de nuevo! pensó Stacey. ¿Ahora qué voy a hacer? Se habría ido, pero se había propuesto en su corazón no perderse nada de la reunión. Así que decidió quedarse y orar en inglés. Pero cuando oró, las palabras no salieron en inglés.
Oró en otras lenguas como si lo hubiera hecho toda su vida.
“¡Por fin conseguí mi lengua de oración!” dice Stacey. “Pero eso no fue todo lo que Dios hizo por mí. Dieciséis años antes, había tenido un accidente de paracaidismo y me había aplastado algunas vértebras de la espalda. Desde entonces, me dolía todo el día. Si me sentaba demasiado tiempo, me dolía. Si estaba demasiado tiempo de pie, me dolía. Si estaba demasiado tiempo acostada, me dolía.”
“Hasta el viernes de la convención no me di cuenta de que no había sentido dolor en toda la semana. Creo que el Señor me sanó al principio de la conferencia. Con las rodillas temblando y el corazón palpitando, pasé al frente y di mi testimonio.”
El milagro de un nuevo corazón
Denver también recibió un milagro. Durante la conferencia, el amor de Dios llenó tanto su corazón que se enamoró de la gente. Las amó tanto que trató de hablar con todos.
“Hola, me llamo Denver”, le dijo a un desconocido. “¿Cuál es tu nombre?”
“Me llamo David y soy de Uganda.”
David Condole, un pastor, era colaborador de KCM desde hace mucho tiempo. Los hombres se hicieron rápidamente amigos.
Más tarde, David llamó a Denver.
“¿Predicarías en mi iglesia en Mukono?”
Con esa llamada, el viaje de Denver y Stacey a Sudán del Sur para visitar un orfanato pasó a incluir la predicación en Uganda. Denver colgó el teléfono y tragó saliva.
No había predicado en 25 años.
En febrero de 2013 llegaron a Uganda, camino a Sudán del Sur, con las maletas llenas de zapatos, biblias y sábanas. Tras cumplir sus compromisos, conducían por la ciudad de Mukono cuando Denver contempló el enjambre de personas. En una ciudad de 2 millones de habitantes, las calles y aceras estaban abarrotadas de tráfico, peatones y calor.
“Al contemplar a toda esa gente, me sentí abrumado por el amor de Dios”, recuerda Denver. “Prediqué sobre la obra terminada de Jesús. Antes de irnos, nos pidieron que volviéramos al año siguiente y que predicáramos una convención de creyentes de ocho días. En ese momento supe que Dios me estaba dando una segunda oportunidad para responder al llamado de mi vida. Mi respuesta cambiaría nuestras vidas y cambiaría la eternidad. No volvería a rechazar esa llamada.”
Cuando volvieron a casa, recuerda Denver, la gente de África empezó a ponerse en contacto con él por Facebook. “Decían que me habían oído predicar y querían que fuera a enseñarles a los pastores de sus pueblos. Así comenzó nuestro ministerio, Loving the Majesty Ministries (Ministerios Amando la Majestad). Pasó de seis semanas el primer año a tres meses el siguiente. Ahora vamos seis meses cada año.
“En los últimos 10 años, hemos ministrado en 37 aldeas de Uganda, Ruanda y Kenia, utilizando intérpretes que traducen nuestros mensajes en 10 idiomas diferentes. Stacey, que solía ser tímida, toma el micrófono y predica con el corazón. Además de las convenciones de pastores y creyentes para adultos, también hemos desarrollado cruzadas para niños. Tal como esa visión que Dios me dio, hemos visto a miles de niños adorando a Dios.”
“En toda África se ven carteles que dicen que Dios es grande. Pero se refieren a Alá. Nosotros les decimos la verdad. ‘No hay ningún Dios llamado Alá’. Oras las mismas palabras cinco veces al día. Nadie los escucha porque Mahoma está muerto. Nosotros oramos sin cesar porque Jesús resucitó de entre los muertos. Dios está con nosotros’. En los últimos cinco años, hemos visto a 2.974 personas aceptar a Jesús.”
Durante la Campaña de Victoria de KCM, Kenneth Copeland impuso las manos sobre Denver y Stacey, y profetizó que ellos funcionan en el ministerio quíntuple. “Ustedes son apóstoles para las naciones, y ellos son pastores para los pastores y apóstoles para los niños”, les dijo.
“La Palabra incorruptible de Dios enseñada por KCM cambió nuestras vidas”, dice Denver. “La unción en este ministerio es tan fuerte que he ido a África y he predicado sermones que nunca había escuchado. Más tarde, de vuelta a casa, escucho el mismo mensaje enseñado por Kenneth, Jerry Savelle, Jesse Duplantis y Creflo Dollar. Esa es la unción que me llega a través de la asociación con este ministerio.”
Si hay algo que Denver y Stacey Urlaub quieren que sepas, es esto:
Nunca es demasiado tarde para vivir por fe. V