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Ofreciendo el don de la adopción

por Melanie Hemry

Alguien gesticuló para que Brandon Sanders, a sus 14 años, saliera del aula. Al ver a los policías que lo esperaban en la oficina, empezó a sudar frío. Le hizo recordar otra ocasión en la que había estado rodeado de policías: tenía cinco años y era el único testigo del brutal asesinato de su madre a manos de su padre.

Recordaba estar sentado en el frío juzgado. Lo habían llamado a declarar. En el último instante, el padre de Brandon aceptó un acuerdo. Cincuenta años de cárcel a cambio de una sola cosa: Brandon no tendría que subir al estrado. Brandon y sus tres hermanas fueron asignados a una familia de acogida. Semana tras semana, iban a la iglesia. Durante casi 10 años, escuchó las palabras de su padre adoptivo en la casa.

“Eres estúpido y un completo inútil”, le decía a Brandon. “Eres igual que tu padre. Una pobre basura blanca. Nunca serás lo suficientemente bueno para ser mi hijo.”

Durante todos esos años, el hombre había abusado sexualmente de las hermanas de Brandon… hasta que su hermana mayor se escapó y fue a la policía.

Ahora, un oficial de policía le decía: “Hijo, necesitamos que te quites la camisa.”

Brandon no tuvo que decir una sola palabra. Su cuerpo brutalizado mostraba una hoja de ruta de años de palizas. Su padre adoptivo fue condenado a 20 años de prisión.

Brandon estaba seguro de varias cosas…

Sabía que nadie lo amaba.

Sabía que nadie lo quería.

Sabía que Dios era su enemigo.

Un legado familiar

“No era la primera vez que mi padre había ido a la cárcel luego de asesinar a mi madre”, recuerda Brandon. “Tenía 17 años cuando lo detuvieron por casi matar a golpes a un hombre. Mientras estaba en la cárcel, conoció y entabló amistad con el hombre que se convertiría en mi abuelo materno.”

“Mi abuelo estaba relacionado con la mafia de Dixie. Fue encarcelado por robo a mano armada. Cuando mi mamá fue a la cárcel a visitar a su padre, conoció a mi papá. Cuando liberaron a mi padre y a mi abuelo, mi papá se fue a vivir con ellos.”

“Fue entonces cuando mi madre quedó embarazada y mis padres se casaron. Eran muy jóvenes. Eventualmente ella decidió abandonarlo y ese fue el momento en que sucedió el asesinato. Tengo antecedentes familiares de violencia, delincuencia, adicciones y delitos graves.”

“En aquella época, no había muchos consejeros que atendieran traumas de niños como nosotros. Esos primeros años formaron mi manera de ver el mundo.”

Brandon fue apartado de su familia de acogida y transferido a un centro de detención de menores.

“Era sólo un lugar de espera mientras buscaban una solución para nuestro caso”, recuerda. “Después, me fui a vivir con mi abuelo, el mismo que conoció a mi padre en la cárcel. Había sido alcohólico mientras yo crecía, pero hacía poco que estaba sobrio.”

“Por aquel entonces, yo tenía 15 años. Ya bebía y me drogaba. Llegué a conducir alcoholizado y me detuvieron en posesión de un arma oculta. Me enviaron a un hospital de conducta para adolescentes. Me diagnosticaron trastornos bipolares y de personalidad múltiple. Al cabo de un año, volví a vivir con mi abuelo. Luego con una tía. Di tumbos durante un buen tiempo.”

“Finalmente, terminé mi adolescencia en un hogar de la Iglesia Metodista Unida”, recuerda Brandon. “Nunca debieron aceptarme. Tenía antecedentes penales de violencia y consumo de drogas. Pero, por la gracia de Dios, me aceptaron.”

También aceptaron a una de sus hermanas pequeñas.

“Tenían unos 100 niños. Vivíamos en casitas diferentes según nuestra edad.”         “Al recordar, la mayoría de los padres de las casitas eran cristianos. Predicaban el Evangelio, pero yo no respondía porque no creía que Dios quisiera nada conmigo.”

En busca de una identidad

En busca de aceptación y de su identidad, Brandon se inclinó hacia las pandillas. Disfrutaba la vida pandillera, incluyendo fumar marihuana y beber alcohol. Era un chico joven que admiraba a los mayores. Como la mayoría de los jóvenes, desesperados por ser aceptados, haría cualquier cosa para conseguir su aprobación. Pronto, la bebida y el tabaco se convirtieron en cocaína.”

Su hermana mayor estaba en el ejército. Se fue a vivir con ella, siguió acumulando multas por conducir alcoholizado, y destrozó el auto de su hermana, motivo por el cual Brandon se mudó cerca de Nueva Orleans y aceptó un trabajo en una plataforma petrolera en alta mar. Siempre en busca de una imagen paterna, los hombres mayores de la plataforma cumplieron ese papel. Trabajaba duro y era un chico listo.

Una solución parcial

Trabajar en las plataformas significaba que Brandon no tenía acceso a las drogas. Pero, cuando volvía a tierra firme, la historia cambiaba. Las adicciones recuperaban el control. Una y otra vez, los hombres que lo habían acogido bajo su protección sacaban a Brandon de la cárcel. Durante siete años lo rescataron, hasta que le dieron su ultimátum: la rehabilitación.

Se negó.

En lugar de hacerlo, regresó a Alabama y se fue a vivir con su hermana, donde, a las dos semanas, estaba de nuevo en la calle fumando crack.

“Eso inició una temporada de ocho años”, recuerda Brandon. “Terminé sin hogar durante varios años. Durante un tiempo, viví en un autobús abandonado. A veces dormía a la intemperie y rebuscaba comida de la basura.”

Cuando conseguía algo de dinero, Brandon se alojaba en hoteles baratos que solían estar infestados de drogas y poblados de prostitutas. Resultó que ese estilo de vida marcaría un punto de inflexión en su vida.

“Una de las cosas que tenían esas pensiones de mala muerte era que ofrecían televisión por cable básica”, recuerda Brandon. “A veces encendía la tele y veía a Kenneth Copeland.”

En el 2009, un traficante de drogas invitó a Brandon a quedarse con él una temporada. En lugar de mostrar gratitud, Brandon se aprovechó y le robó.

“Pensé que iba a matarme”, comenta Brandon. “Me golpeó con la pistola, pero no me disparó. Mis adicciones estaban tan fuera de control que mis hermanas no respondían a mis llamadas. No me dejaban ir a la cena familiar de Acción de Gracias. No podía estar cerca de mis sobrinas y sobrinos. Era demasiado volátil. Impredecible. Nadie sabía lo que podría hacer.”

“Finalmente me alejé de las drogas durante un tiempo. Cuando recaí, no vi ninguna razón para seguir viviendo, así que decidí suicidarme. Ingresé a un hotel con drogas y cuchillas de afeitar. A estas alturas, sabía que mi padre adoptivo tenía razón. Era un completo inútil. Había planeado usar una bañera llena de agua. Luego me drogaría, me cortaría las venas y me desangraría.”

Una muerte diferente

“Cuando empecé a beber, hablé con Dios. Esa noche descubrí que estaba furioso con Él. Toda esa rabia y resentimiento salieron a la luz. Le grité. Le insulté. Lo culpé de todo. Entré en guerra con Dios. Creo que Dios sabía que necesitaba desahogarme. Me lo permitió. Estaba dispuesto a aceptarlo. Me escuchó y lo permitió.”

“No sé cuánto duró, pero me dormí sin suicidarme. A la mañana siguiente, me desperté sintiéndome diferente. Sea como fuere, supe que había establecido una conexión con Dios. Algo había sucedido. Creo que Dios me escuchó y me salvó aquella noche. Decidí en mi corazón que encontraría a Dios y cambiaría mi vida, y Él me habló. Me dijo que dejara Montgomery y que lo siguiera. Acabé cogiendo un autobús hasta la ciudad de Mobile.”

Una vez en Mobile, Brandon encontró un trabajo temporal donde conoció a un hombre que había sido adicto a los opiáceos. El hombre le habló de un programa en el que había entrado llamado Wings of Life (Alas de Vida) que le había ayudado a mantenerse sobrio. A través del programa, el hombre había encontrado a Cristo. Tiempo después, Brandon conoció a otro hombre que, al enterarse de que Brandon tenía problemas con las drogas, lo invitó a Wings of Life. En junio de 2009, Brandon entró en el programa residencial de 90 días del ministerio.

Después de pasar 90 días en el programa, Brandon recibió la oportunidad de asistir a la escuela bíblica. Allí, su vida cambió radicalmente. Nació de nuevo y se llenó del Espíritu Santo. Al terminar el programa, Brandon permaneció en Wings of Life como empleado, trabajando principalmente en mantenimiento y en la cocina. Más tarde, fue llamado al ministerio, donde comenzó a trabajar con jóvenes, y poco después comenzó a predicar.

“Necesitaba mucha sanidad mental, y la recibí”, dice Brandon. “A pesar de mis primeros diagnósticos, hoy estoy completamente bien. No tomo medicación alguna y soy consejero bíblico.”

Con los años, el Señor le mostró a Brandon que todavía había algo a lo que se aferraba: Todavía tenía falta de perdón en su corazón hacia su padre.

“El recuerdo grabado en mi mente era el de mi padre –un hombre enorme—golpeando a mi madre. La arrastró hasta el patio trasero para terminar el trabajo. Parecía un monstruo, golpeándola y dándole puñetazos. Estrangulándola. Eso es lo que recuerdo: un monstruo.”

“Más tarde descubrí que el padre de mi padre había sido un alcohólico abusivo. Papá había sido golpeado sin piedad y maltratado. Al igual que yo, mi papá había estado en las calles tratando de vivir cuando se metió en una pelea y fue a la cárcel a los 17 años.”

“Entonces el Señor me mostró una visión abierta. Volví a ver a mi padre pegándole a mi madre. Solo que esta vez el Señor dijo: tu papá no es un hombre grande y malo. Es un niño lastimado que busca a alguien que lo quiera.”

Brandon había estado dirigiendo un avivamiento de cinco días en una prisión de Indiana cuando Dios le habló: Es hora de que vayas a ver a tu papá.

Brandon obedeció.

Mirando directamente a los ojos de su padre, Brandon le dijo: “Quiero que sepas algo. Soy tu hijo y te quiero.”

Al padre de Brandon le brotaron las lágrimas.

“No soy un demonio”, dijo.

“Lo sé. Te quiero y te perdono. Me preocupo por ti. Y puedes volverte un hijo de Dios, como yo.”

En ese momento, Brandon dirigió a su padre en la oración del pecador y lo invitó a entrar en la familia de Dios. Aunque su padre murió antes de que Brandon volviera a verlo, Brandon supo que había entrado en el cielo y gritó: “¡Abba! Padre!”

¡Una nueva vida!

En el 2011, Brandon conoció a una joven que había llegado a Wings of Life desde las calles de Dallas. Cary Dawn había sido enfermera antes de lesionarse el hombro jugando al voleibol. Su médico le había recetado analgésicos, algo que la llevaría a un problema de adicción a los opiáceos y, más tarde, a la heroína.

“Como consecuencia, perdió la custodia de su hijo”, explica Brandon.

“Como yo, clamó a Dios y le entregó su vida. Él la trajo a Wings of Life, donde dejó sus adicciones y acabó uniéndose a nuestro equipo de evangelistas, entre otras cosas, ministrando a niños en zonas de alta criminalidad.”

Brandon y Cary se hicieron buenos amigos, y en se casaron en el 2014. Un par de años después, en el 2016, Cary recuperó la custodia de su hijo.

Ese mismo año, le pidieron a Brandon que se convirtiera en el pastor ejecutivo de la Iglesia Powerhouse, una iglesia de 2.000 miembros en Katy, Texas. Habían pastoreado la iglesia durante unos cinco años cuando la junta de Wings of Life le ofreció a Brandon el puesto de Director Ejecutivo. Aceptó el cargo y regresó a Mobile, pero sigue vinculado a la iglesia Powerhouse hasta el día de hoy.

“Creemos que hoy nos enfrentamos a una epidemia de falta de paternidad”, dice Brandon. “En respuesta, tenemos un grupo llamado el Equipo Génesis que tiene ministerios internacionales en todo el mundo con un enfoque: erradicar la falta de paternidad mediante la formación de hombres para ser padres en sus familias, iglesias y comunidades.”

“Hemos identificado el problema en Namibia, Perú, Guatemala, México, Sri Lanka, en Texas y aquí en Mobile. Kenia tiene un gran problema con lo que llaman el Boy Child: jóvenes que beben y huelen pegamento. No se casan, y se vuelven violentos.”

“Vamos a estos países y nos reunimos con funcionarios del gobierno y líderes pastorales para trabajar en la búsqueda de soluciones. Pasé años buscando mi identidad en los lugares equivocados. Pasé de ser huérfano a defensor y ministro de los jóvenes sin padre. Hoy estoy motivado para difundir este mensaje por todo el mundo.”

En la actualidad, Brandon y Cary Dawn siguen viviendo en Mobile, donde Brandon continúa dirigiendo Wings of Life y Cary ejerce de directora de programas del ministerio. Los dos siguen viajando juntos por el país, hablando y enseñando. Además de dirigir Wings of Life, Brandon viaja por el mundo reconectando hijos con padres, ofreciendo el don de la adopción para introducirlos en la familia de Dios.

“Doy crédito a Kenneth Copeland y a la Palabra de Fe por ayudarme a entender que las cosas que me sucedieron en mi infancia no definen mi identidad actual. A través de ellos, aprendí que como un hombre piensa en su corazón, así es él. Aprendí el poder de la Palabra de Dios. Aprendí el poder de la fe en mis confesiones. Sin KCM y su apoyo a Wings of Life, no sé dónde estaría hoy.”

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