Promesas de oración
Con demasiada frecuencia, como creyentes, pensamos que estamos esperando a Dios cuando, en realidad, Él nos está esperando a nosotros. Pensamos que estamos esperando que Él responda a nuestras oraciones cuando Él está esperando que nos demos cuenta de que ya lo ha hecho. Estamos esperando que Él se apresure a suplir una necesidad en particular cuando Él está esperando que tomemos por fe lo que Él ya nos ha suplido.
¿Qué es lo que ya nos ha suplido?
Segunda de Pedro 1:3 dice: «Todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder.» La versión Nueva Traducción Viviente dice: «Mediante su divino poder, Dios nos ha dado todo lo que necesitamos para llevar una vida de rectitud».
Esa declaración abarca la totalidad del espectro. No deja nada por fuera. Así que nunca tenemos que preocuparnos de que Dios nos deje con carencias. Él nos ha provisto por adelantado todo lo que podríamos necesitar.
“No sé si sea tan así, hermano Copeland”, podrías decir. “Me parece que hay algunas cosas en la vida que todavía me faltan. Si Dios ya me las ha dado, con seguridad no sé dónde están.”
Lee de nuevo 2 Pedro 1 y lo descubrirás. Dice que las cosas que Dios nos ha dado vienen «mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia. Por medio de ellas nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas ustedes lleguen a ser partícipes de la naturaleza divina…» (versículos 3-4, énfasis del autor).
En otras palabras, ¡«todas las cosas» que Dios te ha provisto están en las páginas de tu Biblia! Te están esperando en esas grandes y preciosas promesas escritas en la PALABRA de Dios.
Podrías pensar que tener una promesa sobre algo no es lo mismo que tener la cosa en sí misma, y eso es cierto si la persona que lo prometió no tiene la integridad o la capacidad de respaldar su palabra. Pero Dios tiene ambas cosas. A diferencia de los seres humanos, Él no miente ni cambia de opinión. Todo lo que dice, lo cumple, ¡sin excepción! Cada promesa que hace, la cumple. (Lee Números 23:19.)
Esa es la razón por la que cada uno de nosotros, cuando recibimos a Jesús como nuestro SEÑOR y Salvador, ¡nacimos de nuevo! Dios prometió en Romanos 10:9 que, si creíamos en Él en nuestro corazón y lo confesábamos con nuestra boca, seríamos salvos. En el instante en que creímos y actuamos en esa promesa, Dios la cumplió, y experimentamos el milagro más fenomenal de todos.
Nos convertimos en «una nueva creación» por dentro. Fuimos librados del reino de las tinieblas y trasladados al reino del Hijo del Amor de Dios. Nuestros pecados fueron lavados, y fuimos hechos la justicia de Dios en Cristo Jesús. (Ver 2 Corintios 5:17, 21).
Puede que ni siquiera te hayas dado cuenta en ese momento de lo que estaba ocurriendo. Puedes haber sido como Gloria. Cuando fue salva, ni siquiera había oído hablar del nuevo nacimiento. Sólo había leído la nota que mi madre había escrito en la portada de la Biblia que me había regalado para mi cumpleaños. Decía: “Mi amado Ken, busca primero el reino de Dios y Su justicia, y todas estas cosas te serán añadidas. Mateo 6:33.”
En ese momento, Gloria y yo estábamos financieramente quebrados y endeudados, así que esa promesa realmente le llamó la atención. Bueno, con seguridad necesito que me añadan cosas, pensó. Así que buscó el versículo, leyó las escrituras que lo rodeaban y oró: “Dios, toma mi vida y haz algo con ella.”
¿Cuánto tiempo tuvo que esperar para que Él respondiera esa oración?
Nada. Ella nació de nuevo instantáneamente, porque Jesús proveyó la salvación para ella y para todos nosotros hace 2.000 años. Además, como ella aceptó con una fe sencilla e infantil la promesa de Dios de añadirle todas las cosas si ella lo buscaba primero, las cosas empezaron a llegar rápidamente. En poco tiempo, pudimos mudarnos de la casa casi vacía en la que vivíamos, en la que no teníamos ni siquiera una nevera o una cocina, a un apartamento totalmente amueblado.
Herederos según la promesa
Poco después, yo también nací de nuevo. Sentado en la cocina después de llegar a casa de un viaje en avión nocturno, la presencia de Dios llenó la habitación y dentro de mí oí Su voz. Me dijo: Kenneth, si no haces las paces conmigo, te irás al infierno del diablo.
Yo respondí: “¡Lo sé! Pero, ¿qué hago ahora?”
Entonces escuché dentro de mí la voz de la Sra. Taggert, mi maestra de escuela dominical de la infancia. “Muchachos, tienen que pedirle a Jesús que entre en sus corazones.” De niño pensé que era la cosa más tonta que había escuchado. Como hombre adulto, todavía me parecía una tontería. Pero, según la Sra. Taggert, Dios prometió que, si le pedía a Jesús que entrara en mi corazón, me salvaría. Así que lo hice, y Su promesa se cumplió.
Aunque los detalles de nuestras historias pueden diferir, así es como todos nosotros nacimos de nuevo en la familia de Dios. A nuestra manera, creímos y recibimos la promesa de salvación de Dios. Porque, como dice Gálatas 3: «pues todos ustedes son hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús… Y si ustedes son de Cristo, ciertamente son linaje de Abraham y, según la promesa, herederos.» (versículos 26, 29).
“Seguro, pero, hermano Copeland, no creo que el mismo principio se aplique cuando oramos por otras cosas que necesitamos. Cuando pedimos sanidad, provisión financiera o alguna otra bendición, no podemos estar seguros de cómo responderá Dios.”
Podemos hacerlo si basamos nuestra oración en una de Sus grandes y preciosas promesas; y Él ha dado promesas que cubren todas las situaciones. Para poder reclamarlas, por supuesto, debemos leer los versículos que las rodean y hacer las correcciones necesarias en nuestras vidas para cumplir Sus condiciones. Pero. una vez que lo hacemos, podemos orar esas promesas y estar seguros de que se cumplirán.
Por ejemplo, si necesitas sanidad, Santiago 5:15 promete: «La oración de fe sanará al enfermo, y el Señor lo levantará de su lecho. Si acaso ha pecado, sus pecados le serán perdonados».
Si tienes una necesidad económica, Filipenses 4:19 promete: «Así que mi Dios suplirá todo lo que les falte, conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús».
Si necesitas protección, el Salmo 91 la promete en cada versículo.
Si la nación está en problemas, en 2 Crónicas 7:14 Dios promete: «Si mi pueblo, sobre el cual se invoca mi nombre, se humilla y ora, y busca mi rostro, y se aparta de sus malos caminos, yo lo escucharé desde los cielos, perdonaré sus pecados y sanaré su tierra.»
En el Evangelio de Juan, Jesús incluso llegó a prometer:
– «Y todo lo que pidan al Padre en mi nombre, lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si algo piden en mi nombre, yo lo haré.» (Juan 14:13-14).
– «Si permanecen en mí, y mis palabras permanecen en ustedes, pidan todo lo que quieran, y se les concederá.» (Juan 15:7).
– «En aquel día ya no me preguntarán nada. De cierto, de cierto les digo, que todo lo que pidan al Padre, en mi nombre, él se lo concederá.» (Juan 16:23).
¿Sabes lo serio que es Jesús a la hora de cumplir esas promesas de oración? Eligió hacerlas justo después de la última cena de la Pascua. Las estableció como promesas de pacto al dárnoslas justo después de decir: «Este… es el nuevo pacto en mi sangre, que por ustedes va a ser derramada.» (Lucas 22:20).
Lamentablemente, la mayoría de la gente hoy en día no sabe mucho sobre pactos. Puede que vivan en un barrio donde hay un pacto de propietarios, pero para ellos no es gran cosa. Si el convenio dice que no pueden pintar su casa de color rosa, consiguen un abogado, demandan para mejorar el convenio y hacerlo más “progresista”, para así poder tener una casa color rosa.
Ese tipo de pacto no se parece en nada al que Jesús anunció durante la última cena de Pascua. El nuevo pacto por el que Él derramó Su sangre para ratificarlo no es un pacto “progresista”. Nunca cambia porque Su Autor, el Dios Todopoderoso, nunca cambia. Él estableció el nuevo pacto entre Él mismo y el Hombre, Jesús de Nazaret, y nosotros tenemos acceso al mismo a través de Él.
Cuando lo recibimos como nuestro SEÑOR, instantáneamente todas las grandes y preciosas promesas de la Biblia se convirtieron para nosotros en un ««Sí». Por eso, por medio de él, también nosotros decimos «Amén»». (2 Corintios 1:20). No experimentamos su cumplimiento al instante en nuestra vida porque, para que eso suceda, debemos creer y actuar en ellas. Sin embargo, nos pertenece todo aquello que éstas contienen.
Para entenderlo, piensa en los israelitas cuando salieron de Egipto. Incluso antes de llegar a la frontera de la tierra de Canaán, Dios les había dicho que la tierra ya les pertenecía. Como dice Nehemías 9:15 (RVA-2015), «Les prometiste que entrarían para tomar posesión de la tierra por la cual alzaste tu mano jurando que les darías». Pero para disfrutarla tendrían que creer y actuar según esa promesa, y decidieron no hacerlo.
Aunque eran dueños de la tierra, no quisieron poseerla. No creían que pudieran hacerlo debido a los gigantes que vivían allí. Paralizados por la incredulidad, «…de nada les sirvió a ellos el oír esta palabra porque, cuando la oyeron, no la acompañaron con fe» (Hebreos 4:2). Y como resultado, acabaron vagando por el desierto durante 40 años.
Jesús, el apóstol Pedro y tú
Los israelitas tenían un pacto con Dios. Como creyentes, tenemos un pacto aún mejor. Pero, sin fe, las promesas de ese pacto no pueden servirte de nada. Por muy grandes y preciosas que sean, no tienen valor alguno para ti si no las crees.
“Sé que eso es cierto, hermano Copeland, y aunque odio admitirlo, usted acaba de identificar mi problema. No tengo ninguna fe.”
¿Eres cristiano?
“Sí.”
Entonces debes tener fe porque Romanos 12:3 dice que Dios ha repartido a cada creyente «la medida de fe». Además, en 2 Pedro 1, Pedro se dirige a todos los creyentes como los que «han alcanzado una fe tan preciosa como la nuestra», lo que significa que si eres cristiano tienes la misma fe que tenía el gran apóstol Pedro.
¿De dónde obtuvo Pedro su fe? De Jesús. Así que, no sólo tienes fe, sino que tienes la misma fe que tiene Jesús, ¡la fe misma de Dios!
“¡Hermano Copeland, ahora está exagerando!”
No, sólo estoy de acuerdo con la Biblia. Nos dice en Hebreos 12, que seamos como los grandes héroes de la fe que nos han precedido y que «Fijemos la mirada en Jesús, el autor y consumador de la fe» (versículo 2). La palabra autor también puede ser traducida como fuente. La palabra consumador también puede traducirse como desarrollador. En otras palabras, Jesús ha puesto en nosotros Su fe, y mientras seguimos contemplándolo a Él en la PALABRA, Él lleva nuestra fe a su punto cúlmine para que haga lo que está diseñada para hacer.
¿Exactamente, para qué está diseñada la fe? Es el conector entre tu vida y el cumplimiento de las promesas de Dios. Como dice Hebreos 11:1: «Ahora bien, tener fe es estar seguro de lo que se espera; es estar convencido de lo que no se ve.»
«La fe es la seguridad (la confirmación, el título de propiedad) de las cosas [que] esperamos, siendo la prueba de las cosas [que] no vemos y la convicción de su realidad [la fe que percibe como hecho real lo que no se revela a los sentidos]» (Biblia Amplificada, Edición Clásica).
Cuando pasas tiempo en la PALABRA, meditando y viviendo en las promesas de Dios, la fe se levanta en tu interior y hace que esas promesas cobren vida en ti. Te permite percibirlas como un hecho real y reclamarlas con valentía. Te lleva al lugar donde tienes el título de propiedad de la promesa que cubre tu situación, y eres dueño de lo que estás viendo en el espíritu a través de la esperanza.
La verdadera esperanza bíblica es algo maravilloso. No es sólo el deseo de algo, sino una expectativa confiada. Es como lo que experimentaba de pequeño cuando me decían que mis abuelos vendrían de visita. Vivían a unos 500 kilómetros de distancia y no los veíamos muy a menudo. Así que, cada vez que mi madre me decía que vendrían, me emocionaba.
Cada vez que oía un auto por la calle, salía corriendo pensando que podrían ser ellos. Incluso antes de que llegaran, en mi mente seguía viéndolos caminar hacia la puerta. ¿Por qué? Porque tenía la grandísima y preciosa promesa de que mi abuela y mi abuelo estaban en camino.
Esa es una simple ilustración de la actitud que debemos tener cuando terminamos de orar de acuerdo con las promesas de Dios. Jesús dijo en Marcos 11:24-25: «Por tanto, les digo: Todo lo que pidan en oración, crean que lo recibirán, y se les concederá. Y cuando oren, si tienen algo contra alguien…» Cuando oramos de esta manera, podemos empezar a emocionarnos en el momento en que terminamos de orar.
No tenemos que esperar y preguntarnos si Dios nos dará las cosas que le pedimos. Por fe ya tenemos el título de propiedad de las mismas. Creemos que son nuestras porque Dios lo ha dicho. Estamos llenos de una expectativa confiada porque tenemos Sus grandes y preciosas promesas: ¡nuestras respuestas están en camino! V