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Promesas sumamente grandes y preciosas

El primer día que fui a mi entrenamiento en el Lockheed JetStar, el instructor hizo una declaración que, incluso si no eres piloto, podría salvar tu vida. Levantó el manual del fabricante de la aeronave, escrito por la gente que la diseñó y construyó, y dijo: “La totalidad de nuestros cursos en FlightSafety International proviene de este libro. Pero, de encontrar algo erróneo en estas páginas, utiliza el manual del fabricante.”
Impresionado por la sabiduría de sus palabras, me volví hacia mi compañero y le dije: “¡Sería buenísimo que los predicadores tuvieran tal sentido común!”
En realidad, cuán bueno sería que todos los cristianos de la tierra tuvieran ese sentido común. Desearía que cada uno de nosotros que posee una Biblia tuviera una mayor revelación de lo que realmente es.
¡La Biblia es el Manual del Fabricante del Cielo y la Tierra! Es la autoridad final en todo. El autor es el Gran Creador Omnisciente; cualquier cosa que necesitemos, literalmente ya la ha escrito en el Libro. Cuando estamos acorralados y no sabemos qué hacer, podemos ir a Su Libro y encontrar la respuesta. Cuando necesitamos sanidad, provisión o cualquier otra cosa, podemos encontrarla en el Libro, y una vez que la encontramos allí, ¡podemos tenerla!
¿Por qué?
Porque, a diferencia del manual de un fabricante natural que simplemente contiene información, el Manual del Fabricante del Cielo y la Tierra es un Libro de Pactos divinos lleno de promesas de pacto. Promesas infundidas con la propia fe y el poder de Dios y respaldadas por la inestimable sangre de Jesús. Mejor aún, ¡jamás necesita ser actualizado!
Muchos creyentes conocen esas promesas. Incluso, pueden empezar el día sacando una tarjeta de esa cajita, leerla y decir: “¡Gloria a Dios!” Pero, si bien eso no es un problema, las promesas de Dios están destinadas a hacer mucho más que sólo alentarnos. Están diseñadas para corregir, dirigir, proteger y perfeccionarnos; para darnos acceso a todo lo que Él es y todo lo que tiene.
“Oh, hermano Copeland, ¿de dónde sacó esa idea?”
Del apóstol Pedro, en su segunda epístola. En el comienzo de su carta, Pedro se dirigió a los creyentes como «a los que han alcanzado una fe igualmente preciosa como la nuestra por la justicia de nuestro Dios y Salvador Jesucristo» (RVA-2015).
¿No es emocionante saber que tienes la misma fe que tenían Pedro y los primeros apóstoles?
Luego, prosiguió:
Gracia a ustedes y paz les sea multiplicada en el conocimiento de Dios y de nuestro Señor Jesús. Su divino poder nos ha concedido todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad por medio del conocimiento de aquel que nos llamó por su propia gloria y excelencia. Mediante ellas nos han sido dadas preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas ustedes sean hechos participantes de la naturaleza divina después de haber huido de la corrupción que hay en el mundo debido a las bajas pasiones.
(2 Pedro 1:2-4, énfasis del autor).

Todo bajo control
Lee otra vez los pasajes en cursiva. Ambos están vinculados a las promesas [del pacto] de Dios, sumamente grandes y preciosas. Una dice que es por medio de esas promesas que llegamos a ser partícipes de Su naturaleza divina, o partícipes de todo lo que Él es. El otro dice que es por Sus promesas sumamente grandes y preciosas que nos ha dado «todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad».
El territorio que abarcan todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad es muy extenso. Cubre todo lo que podrías necesitar espiritual, física, financiera y relacionalmente. Cubre todo lo que se necesita para vivir una vida abundante y victoriosa.
En otras palabras, puedes olvidarte de esas tonterías que la gente dice sobre Dios reteniendo cosas. Puedes olvidarte de clichés religiosos como: “Bueno, ya sabes, Dios siempre responde a la oración. Pero a veces Su respuesta es sí, y a veces es no.” El Libro de Dios dice exactamente lo contrario.
Dice: «Pero Dios es fiel: …Porque Jesucristo, el Hijo de Dios, que ha sido predicado entre ustedes …, no fue “sí y no”; más bien, fue “sí” en él. Porque todas las promesas de Dios son en él “sí” y, por tanto, también por medio de él decimos “amén” a Dios, para su gloria por medio nuestro.» (2 Corintios 1:18-20, RVA-2015).
¿Por qué todas las promesas de Dios son un “sí” en Jesús y en tu vida?
Porque cuando lo recibiste como el SEÑOR de tu vida, ¡entraste en Su pacto con Dios!
Ese pacto tiene sus raíces en el que Dios hizo con Abram. Génesis 17 dice que Dios se le apareció a Abraham cuando tenía 99 años y le dijo: «Yo soy el Dios Todopoderoso [El Shaddai, el Dios que es más que suficiente]… Yo estableceré mi pacto contigo, y haré que te multipliques en gran manera. Tu nombre ya no será Abram, sino que ahora te llamarás Abraham, porque te he puesto como padre de muchísima gente.» (versículos 1-2, 5, RVA-2015).
Al añadir la letra “H” al nombre de Abram (que en hebreo se pronuncia Hashem y es el nombre judío de Dios) Dios comunicó que Él y Abram estaban ahora unidos en un pacto de sangre, en el cual el Mayor había entrado en pacto con el menor, y se habían convertido en uno solo.
Eso es lo que Dios hizo por ti cuando naciste de nuevo. Te unió a Él en la sangre de Jesús. Te hizo uno con Él a través del nuevo pacto, que es un pacto de gracia.
¿Qué es un pacto de gracia? Es una relación de favor que te da acceso al poder de otra persona. Una ilustración natural de este verdad se aprecia en la relación que los antiguos miembros de la familia siciliana solían tener con el padrino de la familia. Si has leído libros o visto películas sobre esa relación, sabes muy bien cómo funcionaba. Un miembro débil de la familia llegaba y le pedía al miembro más fuerte, el padrino (o el don), un favor o una gracia. El don decía: “Te concederé este favor y te pediré un favor a ti. Y cuando llegue el momento, lo cobraré.”
Una vez acordado, la persona débil se emocionaba. Sabía que sus problemas se habían resuelto; ya no era impotente. Ya no tenía nada de qué preocuparse, porque ahora cualquiera que tratara de maltratarlo tendría que enfrentarse al padrino, el todo poderoso.
Al salir de su reunión con el jefe de la familia, el pequeño tendría una actitud totalmente nueva. Saldría a enfrentarse al mundo, diciendo: Todo está bajo control. Todo lo que me queda por hacer es lo que el don me pida, y el don ya sabe que no tengo nada. Así que, lo que sea que me pida, él me proporcionará los medios para llevarlo a cabo.
De eso se trata un pacto familiar y, como creyentes nacidos de nuevo, somos la familia de Dios. Estamos en un pacto de sangre con Él, y Él nos ha favorecido y agraciado con Sus promesas sumamente grandes y preciosas.
¡A eso le llamo tener respaldo! Las promesas de Dios son tan poderosas como Él porque están compuestas por Sus palabras, y Él usa Sus palabras de manera diferente a la gente. La gente usa las palabras principalmente para comunicarse, pero Dios usa Sus palabras para liberar Su fe. Él las usa para que Su poderoso poder cree y transforme las cosas.
¿Has leído alguna vez lo que sucedió en Génesis 1 cuando la tierra no tenía forma, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo? Dios dijo: «Que haya luz», y hubo luz.
Las palabras de Dios siguen teniendo ese tipo de poder. Sus promesas pueden hacer todo lo que Él puede hacer. Conllevan Su capacidad creativa porque Él Mismo las liberó. Por eso, cuando se reciben y se actúan con fe, se cumplen.
Si necesitas evidencia al respecto, observa lo que sucedió como resultado de las grandes y preciosas promesas que Dios dio en los tiempos del Antiguo Testamento sobre la venida del Mesías. Esas promesas manifestaron a Jesús en la tierra. La promesa en Miqueas 5:2 incluso determinó el lugar de su nacimiento. Decía: «Tú, Belén Efrata, eres pequeña para estar entre las familias de Judá; pero de ti me saldrá el que será Señor en Israel. Sus orígenes se remontan al principio mismo, a los días de la eternidad».
Esa promesa controló ejércitos y reinos. Puso en marcha los acontecimientos que situaron a María y a José en Belén en el momento justo para que Jesús naciera como había sido declarado. Controló el movimiento de los cielos para que los Magos vieran la estrella en el lugar y el momento adecuados, la siguieran y encontraran al Rey de los judíos recién nacido.
Piénsalo: Todas esas cosas sucedieron porque Dios dio una promesa excesiva, grande y preciosa sobre el futuro… y así fue. Dios lo dijo, el profeta Miqueas lo liberó, y 715 años después se cumplió.

Corrigiendo la marcha
“Pero Hermano Copeland”, podrías decir, “he tratado de apoyarme en las promesas de Dios, y no han funcionado tan efectivamente en mi vida.”
Entonces vuelve al Libro y averigua dónde está el problema. Estudia lo que el Manual del Fabricante del Cielo y la Tierra dice sobre esas promesas. Como el Hermano Kenneth E. Hagin solía recordarnos, “No es lo que piensas que la Biblia dice lo que funciona. Es lo que la Biblia realmente dice lo que funciona.”
Así que asegúrate de saber lo que Dios realmente dijo sobre la promesa que has estado reclamando. Estudia el versículo que contiene la promesa en sí mismo y todos los versículos que la rodean. Luego, pídele al Espíritu Santo que te dirija a otras escrituras relevantes. Te sorprenderás de lo que aprenderás.
Yo ciertamente lo he hecho a lo largo de los años. Recuerdo una vez, cuando el ministerio había estado bajo presión financiera, que estaba orando y reclamando Isaías 1:19. “Señor”, le dije, “Tú prometiste en ese versículo que comeríamos lo mejor de la tierra.”
No calificas para eso, me respondió.
“¿Qué quieres decir?” le pregunté.
Me dijo: Ese versículo dice que disfrutarás de lo mejor de la tierra, en caso de estar dispuesto a obedecer (NVI). Te has estado quejando desde que te pedí salir en la televisión a diario. Nunca has dicho una palabra buena al respecto. Has sido obediente en el sentido de que has hecho lo que te he dicho, pero no has estado dispuesto a obedecer.
Entonces me llevó a Deuteronomio 28, donde se describe la maldición, y me señaló los versículos 47-48 (RVA-2015): «Por no haber servido al SEÑOR tu Dios con alegría y gozo de corazón por la abundancia de todo, servirás a tus enemigos». ¡Yo no quería servir a mis enemigos! Así que me arrepentí inmediatamente y cambié mi actitud. Dejé de quejarme y empecé a decir: “¡Me gusta hacer transmisiones diarias de televisión!”
En esa situación, las grandísimas y preciosas promesas de Dios me corrigieron, y estaba agradecido porque eso era lo que necesitaba. Es lo que todos necesitamos de vez en cuando, especialmente cuando no estamos obteniendo los resultados adecuados en la vida.
Veo todo a través de los ojos de piloto, así que puedo apreciar la importancia de hacer correcciones porque cuando estoy en vuelo, debo hacerlas continuamente. Puedo tener un buen plan de vuelo y saber exactamente a dónde me dirijo, pero incluso volando un avión relativamente lento a una velocidad de sólo 200 millas por hora durante cuatro horas, si me desvío sólo 10 grados de rumbo y no hago una corrección en ese tiempo, estaré en problemas.
Acabaré desviado 133,3 millas, preguntándome: ¿Dónde estoy? En ese momento, no sólo necesitaré corrección, sino también dirección. Necesitaré saber: ¿Qué hago ahora? ¿Voy directamente a mi destino previsto? ¿Debo tomar un atajo y volver a mi rumbo original? ¿Qué es lo ideal?
Incluso si no me desvío del rumbo en un vuelo, tengo que hacer correcciones porque las cosas suceden. Los vientos cambian. Surgen tormentas, y condiciones que pueden obligarme a tomar una ruta diferente a la que había planeado.
Lo mismo ocurre en la vida. Surgen tormentas inesperadas. Cambian los vientos circunstanciales que pueden influir negativamente en tu forma de pensar. Si no haces ninguna corrección, puedes encontrarte en un lío y sin salida.
Pero, gracias a Dios, cuando eso ocurre puedes volver al Libro. Puedes abrirlo y encontrar más grandes y preciosas promesas. Están allí y cubren todo lo que pertenece a la vida y a la piedad. Contienen las respuestas a cada situación que pueda surgir en tu espíritu, tu alma, tu cuerpo, tus finanzas y tu familia.
¡Un problema no es realmente un problema si ya tienes la respuesta! Por lo tanto, pasa tiempo cada día en el Libro que tiene todas las respuestas correctas. Deja que te corrija, te dirija, te proteja y te perfeccione. Haz que el Manual del Fabricante del Cielo y la Tierra, con sus promesas sumamente grandes y preciosas, sea tu primera prioridad y tu autoridad final. ¡Te llevará a destino! V

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