Siguiendo la fe de Abraham
El poder de la fe no sólo te guiará a la tierra prometida del Plan Maestro de Dios para tu vida, sino que también te dará el poder para conquistar a los gigantes una vez que llegues a destino. Moverá toda montaña que intente interponerse en tu camino.
La fe manifestará el poder de Dios en escena para hacer cualquier cosa que sea necesaria en tu vida. Sanará tu matrimonio y enderezará a tus hijos. Llenará tu cuenta bancaria. La fe en la Palabra de Dios hará lo que prometió en tu vida: «Y ésta es la victoria que ha vencido al mundo: nuestra fe» (l Juan 5:4).
Por eso, cuando Ken y yo nos mudamos a Tulsa y empezamos a escuchar el mensaje de fe, no nos cansábamos de oírlo. Queríamos oírlo… y oírlo… y oírlo. Manejábamos a través de tormentas de hielo, patinando o resbalando, para asistir a las reuniones de Kenneth E. Hagin tan solo para escucharlo predicar: mañana y noche por tres semanas seguidas. Creo que en cada reunión él enseñaba la fe de Marcos 11:22-24. Lo recibimos y lo entendimos. ¡Lo recibimos y LO HICIMOS!
En esos versículos, Jesús dijo:
«Tengan fe en Dios. Porque de cierto les digo que cualquiera que diga a este monte: “¡Quítate de ahí y échate en el mar!”, su orden se cumplirá, siempre y cuando no dude en su corazón, sino que crea que se cumplirá. Por tanto, les digo: Todo lo que pidan en oración, crean que lo recibirán, y se les concederá.
Cuando Ken y yo comenzamos a estudiar esos versículos, teníamos más montañas que escalar en nuestra vida de las que podíamos enfrentar. Estábamos derrotados en casi todas las áreas. Teníamos innumerables preguntas y muy pocas respuestas. Así que, cuando escuchamos que la fe movería montañas, estábamos ansiosos por aprender más al respecto… y hemos seguido aprendiendo desde entonces. Incluso ahora, no lo sabemos todo, pero sabemos mucho más que cuando empezamos. Sabemos, no sólo por la Palabra, sino también por experiencia, que no importa con qué tipo de problema nos encontremos, la fe en la Palabra de Dios siempre lo arreglará.
De hecho, aprendí muy pronto que la fe me arreglaría incluso a mí. Fue un descubrimiento importante porque tenía algunas debilidades y defectos naturales que podrían haberme impedido cumplir el plan de Dios. No poseía los talentos naturales ni las inclinaciones necesarias para hacer lo que Él me había llamado a hacer. Como todos los que se proponen hacer la voluntad de Dios, yo tenía lo que podríamos llamar una brecha de capacidad.
Eso se demostró claramente cuando Ken predicó en su primera reunión. Antes de que Ken hablara, el pastor de la iglesia anfitriona me pidió que me pusiera de pie y dirigiera unas palabras a la congregación. (Tradicionalmente, eso es lo que se esperaba que hicieran las esposas de los predicadores).
Mi respuesta fue un no rotundo.
Eso fue todo lo que dije. No añadí: “Me alegro de estar aquí.”, ni “Que Dios los bendiga.” Nada más. No pretendía ser grosera, pero me sentía muy incómoda hablando en público y no quería hacerlo. Ese era el triste estado en que me encontraba cuando comenzamos el ministerio.
Por supuesto, después del servicio, me arrepentí. “Señor, lo siento”, le dije. “La próxima vez que alguien me invite saltaré, abriré mi boca por fe, y esperaré que Tú la llenes de palabras.” Desde entonces, he hecho exactamente eso. Lo que no sabía entonces era hasta qué punto el Señor cumpliría mi promesa.
La capacidad de llevar a cabo Sus planes
Desde entonces, he predicado ante miles de personas una y otra vez. ¿Cómo lo logré? Con la habilidad que Dios me ha dado. Cuando recurro a Su gracia por fe, siempre es suficiente para mí. La fuerza de Dios realmente se perfecciona en mi debilidad.
Este es un hecho que querrás recordar porque, cuando te adentras en el Plan Maestro de Dios para tu vida, una de las primeras cosas que seguramente descubrirás es que no tienes la habilidad de hacer todo lo que Dios te está diciendo que hagas. Cuando Él despliega Su plan ante ti, sentirás la tentación de decir: “Señor, ¿es una broma? ¿Me has mirado últimamente? ¿Has visto el saldo de mi cuenta corriente? ¿Eres consciente de que tengo un historial de fracasos en esa área? No creo que yo sea Tu mejor opción para llevar a cabo este plan.”
Si alguna vez has tenido pensamientos por el estilo, no te desanimes; estás en buena compañía. Abraham, el famoso padre de la fe del Antiguo Testamento, se sintió de la misma manera cuando Dios le dijo que él y su estéril (y anciana) esposa tendrían un bebé. Aunque eso formaba parte del Plan Maestro de Dios para él y para la nación de Israel, Abraham pensó que la idea era tan descabellada que no pudo evitar reírse. Cuando Sara escuchó la promesa de Dios, tuvo la misma reacción. Ella «se reía dentro de sí, diciendo: “Después que he envejecido, ¿tendré placer, siendo también anciano mi señor?». (Génesis 18:12, RVA-2105).
¿Por qué Abraham y Sara consideraron tan descabellado el plan de Dios? Porque se miraban a sí mismos y el uno al otro todos los días. ¡Eran viejos! Conocían su historial de esterilidad. Físicamente, no tenían absolutamente ninguna capacidad de tener hijos. Así que, la idea de que serían padre y madre de naciones les parecía ridícula.
Pero cuando Abraham y Sara advirtieron que Dios hablaba en serio, dejaron de reírse. Se pusieron serios e hicieron exactamente lo que Jesús dijo que deberíamos hacer. Tuvieron fe en Dios. Comenzaron a declarar Su Palabra y a creer que Su promesa se cumpliría en sus vidas.
Sara y Abraham demostraron que la fe funciona. Demostraron que puede superar cualquier obstáculo. Incluso, puede convertir a centenarios estériles y arrugados en los radiantes padres de un nuevo bebé.
Desarrollando una Fe que funciona
Abraham y Sara creyeron que habían recibido la promesa de Dios, tal como lo expresa Marcos 11:24. ¿Qué significa exactamente creer que recibimos? Puedo decirte lo que no significa. No significa que simplemente nos sentemos y digamos: “Bueno, aceptaré lo que suceda. Me gustaría que las promesas de Dios se cumplieran en mi vida, pero… lo dejaré todo en manos del Señor.”
Aunque eso puede sonar muy espiritual, en realidad no es bíblico. Algunas personas tienen la idea de que, si Dios quiere darles algo, lo hará sin requerir ninguna acción de su parte. Así que, cuando no ven que las promesas de Dios se cumplan en sus vidas, asumen que Dios simplemente no quiso hacerlo en su situación particular. Pero se equivocan. Dios siempre cumple Sus promesas cuando se cumplen Sus condiciones. Él cumple las promesas, no las rompe.
Marcos 11:24 nos ordena claramente que creamos que recibiremos lo que pedimos cuando oramos. No podemos dejarle al Señor lo que Él nos ha dejado a nosotros. Y Él nos ha dado la responsabilidad no sólo de creer, sino de recibir las cosas que nos ha prometido en Su Palabra.
La palabra griega traducida como recibir en Marcos 11:24 es una palabra de acción fuerte y agresiva. Significa “tomar, aferrar, recibir para uno mismo, tomar de nuevo”. Es una palabra activa. Creo que apoderarse sería una palabra apropiada para describirlo.
Si no tomamos por fe lo que Dios nos ha ofrecido en Su Palabra, no es Su culpa; es nuestra. Dios ya ha hecho Su parte. Él ha provisto cada bendición y cada buen regalo que pudiéramos necesitar, y nos ha extendido esos regalos a través de Su Palabra. Pero eso por sí mismo no completa la transacción. Para que un regalo sea intercambiado debe haber un dador y un receptor.
Todos sabemos que es así en el mundo natural. Por ejemplo, imagina que hoy es tu cumpleaños y me acerco a ti con un regalo precioso. Podría decirte “¡Feliz cumpleaños!” y ofrecértelo. Pero, si te quedas mirándolo con las manos a los lados, ese regalo no te servirá de nada. Aunque te perteneciera y yo ya lo hubiera comprado y pagado, si no lo recibes, volverás a casa con las manos vacías.
En cambio, si te apoderas de ese regalo, lo aceptarás y tomarás posesión del mismo. Podrías abrirlo y disfrutarlo. Cuando lo hicieras, tanto tú como yo nos sentiríamos muy complacidos y bendecidos.
Debemos hacer lo mismo con las promesas de Dios. Para disfrutar de Sus beneficios, debemos recibirlas. Debemos decir: “Gracias, Padre, por esa promesa. Creo que me pertenece y me apodero de ella por fe ahora mismo”. Debemos comenzar a pensar, hablar y actuar como si esa promesa ya fuera nuestra. Así es como funciona la fe.
Entonces, cuando el diablo trate de disuadirnos, nos negamos a renunciar a ella. Reprendemos al diablo y le decimos que saque sus manos de nuestra situación, en el Nombre de Jesús. Cuando lo hagamos, experimentaremos la victoria.
Permite que tus montañas escuchen tu voz
Otra lección importante sobre la fe que podemos aprender de Abraham y Sara es que ellos imitaron el ejemplo de Dios al llamar «las cosas que no existen, como si existieran» (Romanos 4:17). Dios Mismo los convenció de que lo hicieran al cambiar sus nombres. Un año antes de que naciera Isaac, cambió a Abram por Abraham, que significa “padre de muchas naciones”, y a Sarai por Sara, que significa “madre de multitudes”. Así que Abraham y Sara hacían una confesión de fe cada vez que decían sus nombres.
¿Por qué es importante tal cosa? Porque, según Marcos 11:23, una característica primordial de la fe es que declara la Palabra de Dios y cree que sucederán las cosas que dice. La verdadera fe bíblica nunca calla. Habla continuamente la promesa de Dios. La fe tiene una voz: ¡la voz de victoria!
Muchos cristianos no lo han descubierto. Ellos estudian diligentemente la Palabra, y la fe surge en sus corazones, tal como Romanos 10:17 dice que sucederá. La fe viene a ellos cuando escuchan la Palabra. Pero, porque nunca abren sus bocas para hablar por fe, su fe nunca da fruto. ¡Muere sin nacer!
Recuerda lo siguiente: La fe viene por el oír, ¡pero la fe entra en acción por el decir! Se aplica a la situación con palabras de fe. “Bueno, no creo que mi fe sea lo suficientemente grande como para hacer el trabajo”, podrías decir. “Creo que ése es mi problema.”
Si es así, ese no es ningún problema porque Jesús nos dijo qué hacer al respecto. Cuando los apóstoles vinieron a Él y le dijeron: “Señor, auméntanos la fe”, Él les respondió:
Si tuvieran fe (confianza y seguridad en Dios) aunque fuera [tan pequeña] como un grano de mostaza, podrían decirle a esta sicómoro: Arráncate de raíz y plántate en el mar, y les obedecería. ¿Acaso alguno de ustedes, que tiene un criado arando o cuidando ovejas, le dirá al llegar del campo: ¿Ven enseguida a sentarte a la mesa? ¿No le dirá más bien: Prepárame la cena, cíñete y sírveme mientras como y bebo; después comerás y beberás tú? (Lucas 17:6-8, Biblia Amplificada, Edición Clásica).
Según Jesús, no importa lo pequeña que sea nuestra fe; si la plantamos diciendo lo que creemos, crecerá y hará su trabajo. Cuando liberamos nuestra fe con las palabras de nuestra boca, se pone a trabajar por nosotros como un siervo y hace lo que le ordenamos.
Ese es uno de los primeros principios que Ken y yo comprendimos cuando empezamos a estudiar la fe. Nunca olvidaré el día en que me di cuenta de ello. Había estado escuchando la cinta de Kenneth E. Hagin “Puedes tener lo que dices” en una vieja grabadora de carrete de 6 pulgadas. Había tomado copiosas notas y estaba entusiasmada con lo que estaba escuchando. La revelación estaba llegando a mi corazón y a mi mente.
En Marcos 11:22-24, Jesús claramente puso un gran énfasis en las palabras que decimos. Mientras tomaba notas y escuchaba al Hermano Hagin predicar de esta escritura acerca de la fe y el poder de nuestras palabras hace muchos años, de repente, el Espíritu Santo habló a mi corazón. Me dijo: en la consistencia está el poder.
Fue entonces cuando lo capté. No es sólo lo que decimos en la oración o en la iglesia, sino lo que decimos continuamente es aquello que marca la diferencia. Lo que decimos constantemente se cumplirá en nuestras vidas porque eso es lo que realmente creemos en nuestros corazones. Jesús dijo: «Porque de la abundancia del corazón habla la boca» (Mateo 12:34). Lo que dices continuamente es lo que habita en tu corazón. Si quieres saber lo que hay en tu corazón, escucha a tu boca. Es muy reveladora. La mayoría de las veces es demasiado reveladora e incómoda.
En ese momento, sentada en nuestra pequeña y destartalada casa de alquiler en 1967, decidí que tenía que tomar el control sobre mis palabras. Decidí empezar a pronunciar palabras de fe, no sólo en la iglesia o al leer la Biblia, sino todo el tiempo. Capté que a Ken y a mí no nos funcionaria hablar palabras de fe por un tiempo, y luego renunciar cuando los resultados no vinieran de inmediato y nos sintiéramos desanimados. No podíamos darnos el lujo de acostarnos en la cama y murmurar el uno al otro sobre nuestros problemas en momentos cruciales como ese. No podíamos declarar un tiempo sin fe y decir: “¿Por qué la Palabra de Dios no está funcionando para nosotros?” “¿Por qué no estamos obteniendo resultados? “¿Qué pasará? “¿Cómo lo lograremos?” “¿Qué vamos a hacer ahora?”
Esas palabras negativas socavarían todo el proceso de fe. Literalmente, no podíamos permitirnos decirlas en ningún momento. Cada palabra que decíamos era importante.
Estoy absolutamente convencida de que, si Ken y yo no hubiéramos seguido el ejemplo de Jesús y hubiéramos empezado a confesar la Palabra de Dios sobre nuestras vidas, en lugar de palabras de incredulidad, nunca hubiéramos podido conectar con el Plan Maestro de Dios. Habríamos permanecido atascados en nuestros viejos patrones de derrota e insuficiencia. En lugar de entrar en el brillante y nuevo futuro que Dios había planeado para nosotros, habríamos seguido dando vueltas y vueltas por los caminos del pasado.
Lo mismo aplica para ti. Para caminar exitosamente hacia el Plan Maestro de Dios para tu vida, debes empezar a decir lo que Dios dice de ti. Debes ponerte de acuerdo con Dios. ¡Eso te pondrá donde necesitas estar! V