¡Un Gran Slam!
Jerry Savelle se limpió las manos sudorosas en su uniforme de béisbol de las ligas menores antes de acercarse a la base. A sus doce años, agarró el bate, enderezó los hombros y plantó los pies firmemente en el suelo fértil de Luisiana. Echó un vistazo al campo de béisbol antes de clavar sus ojos en el lanzador. El chico en el montículo de lanzamiento escupió en la tierra, movió el brazo en un amplio círculo y miró desafiantemente al bateador.
Jerry ni se inmutó. Mientras el lanzador giraba su brazo, nunca perdió de vista la pelota. En el momento en que partió la bola con un efecto curvo, Jerry apretó su agarre y, en el momento justo, se arqueó para recibirla.
El chasquido de la pelota al chocar con el bate resonó por todo el campo. En un movimiento fluido, Jerry dejó caer el bate y se abalanzó hacia la primera base. Echando la cabeza hacia atrás con deleite, sonrió al viento y corrió.
Tocó ligeramente la primera base y continuó corriendo hacia la segunda. Una vez allí, se arriesgó a llegar a la tercera y luego a la base. La pelota pasó zumbando cerca de su cabeza mientras se lanzaba y deslizaba hacia la base en una nube de polvo.
“¡Seguro!”, gritó el árbitro.
Jerry se levantó de la tierra con una sonrisa. Le gustaba el béisbol. No era sólo un placer, era su pasión. Lo había sido desde la primera vez que vio a su papá ponerse el uniforme y saltar al campo para jugar en un equipo de la empresa. Aquel día, Jerry Savelle sintió la seguridad de haber encontrado su destino. Desde entonces, nunca dudó ni vaciló: jugaría al béisbol profesional, y planeó su vida como un entrenador planea un partido.
Pensó que más adelante, cuando su carrera de béisbol hubiera terminado, volvería a su segundo amor: reparar autos viejos. Algún día, imaginó, podría incluso tener su propio taller de reparación de automóviles.
El béisbol y los autos. La vida no podía ser nada mejor.
Unas semanas más tarde, Jerry llegó a la casa de su abuela en la ciudad de Oklahoma a una reunión familiar. Cambiando canales en la televisión, se detuvo al ver a un hombre en la pantalla. Oral Roberts estaba predicando un sermón titulado: “El cuarto hombre”. Al igual que la mayoría de los niños de 12 años, Jerry no pasaba mucho tiempo escuchando a predicadores en la TV. Le gustaban los deportes. Pero, por algún motivo, lo que este hombre estaba diciendo le interesó.
Jerry descubrió que el cuarto hombre descrito en el ardiente sermón del hermano Roberts era Jesús. Había oído hablar de Jesús toda su vida en la iglesia bautista a la que asistía con su familia. Pero nunca había oído hablar de Jesús de esa manera. Aunque no podía recordar un solo instante en el que no hubiera creído en Jesús, tampoco recordaba un momento en el que oír hablar de él le erizara los pelos de la nuca.
Era como si el Jesús que este hombre predicaba estuviera… vivo. Algunos de los miembros de la familia de Jerry no compartían su interés por el sermón. Decían que Oral Roberts era un farsante, que le pagaba a las personas en silla de ruedas para que actuaran como sanados.
Jerry sabía que estaban equivocados. No podía explicarlo… sólo lo sabía.
Nunca cambió de canal. Escuchó cada palabra hasta que el programa dejó de emitirse. Después, sentado y en silencio, por primera vez en su vida, Jerry Savelle escuchó la voz de Dios.
Algún día harás lo mismo. Predicarás y orarás por los enfermos.
Se levantó de la silla temblando. Dios quería que hiciera algo con su vida. Algo que no estaba relacionado con el béisbol ni con los autos.
¡No, no lo haré! juró. ¡Voy a jugar al béisbol profesional!
Jerry no le dijo a nadie lo que había escuchado con tanta claridad ese día.
El domingo siguiente, en su iglesia de la localidad de Shreveport, Jerry Savelle recorrió el pasillo central y declaró públicamente a Jesús como su Salvador. Se unió a la iglesia y fue bautizado.
Jerry le dio su corazón a Jesús, pero se negó a darle su vida. Nunca, nunca le daría su vida.
“Ese fue un año muy agitado en mi vida”, recuerda Jerry. “Mi familia se mudó a la calle Millard, a un ambiente más campestre, donde criaba gallinas, vendía huevos y tenía un caballo.”
La pequeña Carolyn Creech, de 10 años, vivía en la misma calle.
“El primer día que me vio pasar en bicicleta por delante de su casa le dijo a su madre: ‘Acabo de ver al chico con el que me voy a casar.’”
“Yo desconocía la declaración de Carolyn, y nos hicimos buenas amigos. Cuando llegamos al bachillerato, yo la llevaba a clase todas las mañanas. Ella se sentaba en el asiento trasero y mi novia en el delantero.”
Poco tiempo después, Jerry descubrió que era imposible servir a Dios y huir de su llamado al mismo tiempo. Incluso en la universidad estuvo huyéndole. Vivía en un apartamento fuera del campus y se mezclaba con un grupo de jóvenes que se dedicaban a jugar a las cartas, el juego de azar y la cerveza. Era lo peor de ambos mundos. Debido a que había entregado su corazón al Señor, pero se negaba a reconocer el llamado de Dios en su vida, la iglesia y cualquier forma de vida espiritual le produjeron convicción.
Jerry no podía encontrar la paz.
Ya no era el joven soñador ni confiado que había sido antes, así que abandonó la idea de jugar al béisbol.
Se dedicó al plan B.
Su pasión por restaurar automóviles pasó a ocupar el primer lugar en su vida.
Dios seguía fuera de juego.
“Estudié educación física en el Northwestern State College de Natchitoches”, recuerda Jerry. “Durante mi segundo año de universidad, volví a casa para pasar el fin de semana y me encontré de nuevo con Carolyn. Esta vez la miré bien y la invité a salir. Ocho meses después nos casamos.”
La noche anterior a la boda, Carolyn hizo trizas la nueva sensación de paz que Jerry había encontrado.
“Cuando tenía 8 años”, le dijo, “tuve una poderosa experiencia con Dios. Fui bautizada en el Espíritu Santo. Le prometí que el hombre con el que me casaría nacería de nuevo, estaría lleno del Espíritu, predicaría el evangelio e iría a África.”
Jerry no había aceptado la llamada de Dios a su vida. Ciertamente no iba a aceptar la de Carolyn.
“Entonces te estás casando con el hombre equivocado.”
“Después de la boda, fui a la universidad por la noche y trabajé en un taller de pintura y carrocería durante el día”, explica Jerry. “En 1968, me llamaron al servicio activo en el ejército. Nuestra hija Jerriann nació mientras yo estaba sirviendo.”
“Después de mi tiempo de servicio activo, me uní a las reservas. De vuelta en casa, abrí el Taller de Pintura y Reparaciones Jerry. Era un sueño hecho realidad. Luego, en 1969, nació nuestra segunda hija, Terri.”
Dios lanza Su bola curva
La vida no puede ser nada mejor, pensaba Jerry de cuando en cuando mientras se despedía de su familia con un beso antes de salir a trabajar cada mañana.
Esa frágil paz podría haber durado un tiempo si no hubiese sido por una cosa: Dios le lanzó a Jerry Savelle Su bola curva.
Su nombre era Kenneth Copeland.
En febrero de 1969, Kenneth Copeland llegó a Shreveport para predicar en la iglesia de Carolyn. Se hospedaba en la casa de los padres de ella. Casualmente vivían al lado de Jerry y Carolyn.
Carolyn estaba decidida a que Jerry asistiera a las reuniones.
Jerry estaba decidido a no ir.
Ella le rogó y suplicó, día tras día, pero él se negó rotundamente.
“Si no vas a la reunión”, le dijo Carolyn levantando las manos en señal de derrota, “al menos camina hasta la puerta de al lado y saluda al hombre.”
De mala gana, Jerry aceptó. Jerry habló con Gloria Copeland cuando los presentaron, y luego esperó impaciente a que apareciera Kenneth. Estaba a punto de irse cuando el hombre salió de la habitación.
“Hermano Copeland”, dijo el suegro de Jerry, “me gustaría que conocieras a mi yerno, Jerry Savelle.”
Kenneth hizo un gesto con la mano y se dirigió a la cocina.
¡Listo! pensó Jerry, ya puedo irme.
Casi había llegado a la puerta cuando Kenneth lo llamó: “¡Espera un momento!” Señaló con un dedo a Jerry y continuó: “Dios te va a prosperar.”
Luego, desapareció.
¡Carolyn ha estado hablando con él de mis asuntos! se enojó Jerry en silencio. ¿Cómo podía saber que iba a prosperar si no era así?
Todas las noches, Carolyn le rogaba a Jerry que asistiera a la reunión del hermano Copeland. Para la última noche, él habría hecho cualquier cosa con tal de que ella dejara de hablar del asunto.
“Iré con una condición”, le dijo Jerry. “Nos sentaremos en la última fila, la más cercana a una salida. En cuanto empiece a contar historias lacrimógenas y a pedir dinero, me iré. Tendrás que volver a casa de la mejor manera posible.”
“Trato hecho”, aceptó Carolyn.
Una sensación de incomodidad
Jerry tenía una sensación de incomodidad mientras se deslizaba en el banco fresco y duro. Esta era la iglesia de Carolyn, no la suya. Se sentía más cómodo debajo de un auto que aquí, en la presencia convincente de Dios. El coro cantó un viejo himno tradicional, y luego Kenneth Copeland subió al púlpito. Se volvió y se dirigió al coro.
“Nunca canten esa canción en mi presencia”, les dijo. “Está llena de duda e incredulidad.”
“¡Cómo se atreve!” protestó Jerry entre dientes. “¡Podemos cantar lo que queramos en nuestra iglesia! Además, ¡Dios escribió esa canción!”
“¿Dios escribió la canción?” le preguntó Carolyn. “¿Cómo lo sabes?”
“Está en el himnario bautista”, le respondió.
“Si Kenneth Copeland no me hubiera hecho enojar tanto, probablemente me hubiera desconectado y no hubiera escuchado una sola palabra de lo que dijo”, comenta Jerry. “Dios sabía que se necesitaría de alguien audaz, directo y difícil de intimidar para llamar mi atención. Estaba tan furioso que lo escuché. El mensaje que predicó esa noche tuvo el mismo efecto en mí que el que Oral Roberts había predicado cuando yo tenía 12 años. Ambos hombres hicieron que el evangelio pareciera lleno de poder, y Jesús cobró vida.”
“Al día siguiente fui a trabajar bajo una profunda convicción. Finalmente, envié a mis empleados a casa y desempolvé la Biblia que Carolyn había puesto en mi escritorio. Llevé la Biblia al baño y cerré la puerta. Me senté en el suelo y lloré todo el día.”
Esa noche, Jerry dio vueltas en la cama sin poder conciliar el sueño. A las 3 de la mañana, se paró en la sala de estar con lágrimas en su cara y levantó sus manos a Dios en señal de rendición.
“Jesús, ya no puedo huir. Si queda algo en mí que puedas utilizar, aquí está. Fíjate bien, porque soy un fracaso. Sólo tengo 22 años y ya soy un fracaso.”
No te preocupes, hijo, le respondió el Señor. Soy un Maestro en hacer campeones de los fracasados.
Jerry abrió la boca para hablar, pero las palabras que fluyeron en un torrente ininterrumpido eran en una lengua desconocida. El tiempo pasó mientras Jerry se perdía en la libertad de alabar a Dios en una lengua celestial.
Finalmente descubrió que su esposa y su suegra estaban sentadas en el sofá.
“¿Adivina qué me pasó?” le preguntó Jerry.
“Lo sabemos”, le respondió Carolyn, con lágrimas en el rostro. “Llevamos dos horas sentadas aquí.”
Jerry miró el reloj. Eran las 7 de la mañana.
Había estado orando en lenguas durante cuatro horas.
“Bueno”, le dijo Jerry, volviéndose hacia Carolyn. “Parece que vamos a predicar como dijiste antes de casarnos.”
Jerry volvió a trabajar en su taller de carrocería con un nuevo plan: prepararse para la obra del ministerio. Un año después, en 1970, dejó el negocio y pasó los siguientes tres meses escuchando cintas del hermano Copeland y estudiando la Biblia. Unos meses después, el hermano Copeland volvió a Shreveport para celebrar otra reunión.
El vocabulario del silencio
Cuando Jerry pudo hablar a solas con el hermano Copeland, le preguntó: “¿Cómo le crees a Dios por las finanzas? No tengo problema en creerle a Dios para la sanidad. Pero financieramente no tengo éxito alguno.”
“Tu problema”, le respondió el hermano Copeland, “es tu boca. Necesitas aprender el vocabulario del silencio.”
Cuanto más pensaba Jerry en esa respuesta, más se irritaba. ¿Mi boca? Jerry se enfureció durante todo el camino a casa. Soy la única persona de la iglesia que escucha todas sus cintas.
Una vez en casa, Jerry entró furioso y sacó una de las cintas del hermano Copeland del reproductor de cintas de carrete. Salió y la lanzó por la calle, viendo cómo se desenrollaba. Luego corrió adentro y tomó otra cinta. Pero el Señor le habló.
La respuesta a tus problemas está rodando por la calle.
“¿Qué?” jadeó Jerry.
Te voy a hacer recordar sobrenaturalmente todo lo que has dicho.
Como la reproducción de una jugada en cámara lenta en los deportes, el Señor repitió las palabras de Jerry durante los meses anteriores. “¡Todas mis necesidades son satisfechas a través de Cristo Jesús!”, declaró en muchas ocasiones. “¿Cómo vamos a sobrevivir?”, le preguntó a Carolyn en muchas otras. “Nos estamos hundiendo.”
Al instante, Jerry se dio cuenta de que había estado multiplicando sus palabras de fe con un número igual de palabras llenas de incredulidad. Mi problema, admitió Jerry, es mi boca.
Salió corriendo, recogió la cinta, limpió la suciedad y la grava, y empezó a rebobinarla. Durante los meses siguientes, Jerry vigiló su boca y escuchó las cintas una y otra vez.
La siguiente vez que Kenneth Copeland vino a Shreveport, llamó a Jerry del público. “Jerry”, le dijo, “Dios me ha mostrado que algún día tú y yo nos convertiremos en un equipo. Es tu responsabilidad creerle a Dios por Su tiempo perfecto.”
Jerry se hundió de nuevo en su asiento, sintiendo que el viento lo había dejado sin fuerzas. ¡Kenneth Copeland dijo que seríamos un equipo! ¿Cuántas veces en los últimos meses había soñado con seguirlo?
Sacudió la cabeza para despejarla.
¿Este era el Dios del que había estado huyendo todos esos años?
“El hermano Copeland me llamó por teléfono y me dijo que pagaría mis gastos si iba a California. Había un hombre llamado David Malkin que estaba ganando cientos de hippies para el Señor. El hermano Copeland quería que yo aprendiera a ganar almas. Dijo que podía quedarme el tiempo que necesitara.”
“El fin de semana del 4 de julio de 1970, había 140.000 drogadictos y hippies reunidos en Pismo Beach en California. Nuestro equipo ministerial estaba formado por 113 hippies convertidos, David Malkin y yo. No sabía cómo relacionarme con ellos. Nunca había consumido drogas ni vivido el estilo de vida hippie.”
“El Señor me dijo que no era el conocimiento de las drogas lo que los ganaría. Era el conocimiento de Él. En 13 días, cientos de personas entregaron sus vidas a Cristo. Los bautizamos en el Océano Pacífico.”
“En el verano de 1970, Carolyn y yo empacamos todas nuestras pertenencias y nos mudamos a Fort Worth, Texas”, recuerda Jerry. “El ministerio del hermano Copeland estaba en su infancia en ese entonces. El personal total consistía en A.W. Copeland (el padre del hermano Copeland), un contador, una secretaria y yo. Yo era el equipo de carretera, el duplicador de cintas, el carpintero y el mecánico general. Después de dos años, el hermano Copeland me pidió que predicara el servicio matutino. Desde entonces, prediqué con él.”
En octubre de 1973, el Señor comenzó a tratar con Jerry acerca de lanzarse por su cuenta en el ministerio. Jerry se resistió a la idea. Después de todo, ¿no había profetizado Dios a través de Kenneth que serían un equipo? ¿Por qué dividirlo?
Siempre serán un equipo, dijo el Señor. De esta manera puedes cubrir el doble de territorio con el mismo mensaje.
Finalmente, Jerry le dijo a Kenneth lo que el Señor había dicho.
“Por mucho que odie perderte”, dijo Kenneth, “sé que es Dios.”
Ambos acordaron que el equipo no se separaría.
“Sabía que una vez que me alejara del ministerio de Kenneth tendría que creerle a Dios no sólo por mi salario, sino por todas las finanzas para satisfacer las necesidades de un nuevo ministerio”, recuerda Jerry. “Le dije a Kenneth que trabajaría para él hasta el 31 de diciembre de 1973. Pero le pedí que después de noviembre no me pagara. Pensé que sería mejor si empezaba a creerle en Dios desde antes.”
El 1 de enero de 1974, nació la Asociación Evangelística Jerry Savelle.
Durante los siguientes años, Kenneth y Jerry cubrieron el doble de territorio con el mismo mensaje. Luego, en 1976, Kenneth le pidió a Jerry que comenzara a predicar las reuniones del Jubileo con él.
“Ambos estudiaremos Levítico 25 y Lucas 4”, le explicó el hermano Copeland. “Lo que el SEÑOR te muestre sobre ‘Jesús Nuestro Jubileo’, tú lo predicarás, y lo que Él me muestre a mí, yo lo predicaré.”
Una introducción perfecta
Jerry asistió al primer sermón de Kenneth sobre “Jesús Nuestro Jubileo” y se maravilló del poder del Espíritu Santo. El sermón de Kenneth fue la introducción perfecta para el de Jerry. Kenneth terminó con un versículo de la escritura, y el sermón de Jerry comenzó con el siguiente.
No ocurrió sólo una vez. Una y otra vez, los sermones que habían preparado por separado se entrelazaron como un tapiz, presentando una imagen clara de Jesús.
Esto, dijo el Señor, es trabajo en equipo.
Predicaron sobre el Jubileo durante 1976 y 1977. Luego, en 1978, el hermano Copeland celebró su primera Convención de Creyentes en Long Beach, California. Además de Kenneth y Gloria, los oradores fueron Jerry Savelle, Charles Capps y Kenneth Hagin.
Jerry no sólo predicó con Kenneth durante esa primera Convención de Creyentes, sino que ha predicado en todas las Convenciones de Creyentes desde entonces, tanto nacionales como internacionales. Kenneth y Gloria también le pidieron a Jerry que sirviera en la Junta Directiva de los Ministerios Kenneth Copeland.
“En 1981 celebramos una Convención de Creyentes en Charlotte, Carolina del Norte”, recuerda Jerry. “Yo había predicado todos mis sermones y me acomodé para escuchar a Kenneth en la última noche cuando de repente cerró su Biblia y anunció que Dios quería que yo predicara. Entonces, se sentó.”
“Me dirigí al podio sin tener ni idea del sermón que iba a predicar. Miré a Kenneth y le pregunté si acaso Dios le había dicho lo que debía predicar. Dijo que no lo sabía.”
“Mi Biblia se abrió en Hebreos 11, y me oí anunciar que iba a predicar un sermón que había escuchado por primera vez de Oral Roberts cuando tenía 12 años. Nunca había intentado predicar ‘El Cuarto Hombre’, pero esa noche el Espíritu Santo lo sacó de lo más recóndito de mi corazón.”
Kenneth Copeland transmitió el sermón en su programa de televisión el domingo siguiente por la noche. A la mañana siguiente, Jerry recibió una llamada telefónica de la secretaria de Oral Roberts.
“El hermano Roberts quiere saber si podrías reunirte con él en su oficina de Tulsa mañana por la tarde”, le preguntó.
Con manos temblorosas, Jerry aceptó la invitación. Nunca había conocido a Oral Roberts. ¿Y si escuchaba el sermón que Jerry predicaba y pensaba que lo había masacrado? ¿Y si lo iba a demandar por utilizar su obra?
La tarde siguiente, Jerry entró en la oficina de Oral Roberts. El hermano Roberts levantó la vista de su escritorio y le dijo: “Te escuché predicar ‘El cuarto hombre’ el domingo por la noche.”
Jerry se quedó quieto, con el corazón palpitando, mientras el hermano Roberts rodeaba su escritorio y se ponía delante de él. Con un solo movimiento, abrazo a Jerry y le dijo: “Hijo, nunca lo he oído predicar mejor. Me recuerdas a mí mismo cuando era joven.”
Jerry Savelle había cerrado el círculo. Sólo que ahora el hombre que había predicado a Jesús y encendido su corazón no era sólo un rostro en una pantalla de televisión. Era un amigo.
“Escuché el llamado de Dios viendo a Oral Roberts”, explica Jerry. “Se necesitó a Kenneth Copeland, un hombre que había sido entrenado por el hermano Roberts, para que lo cumpliera.”
Han pasado más de 51 años desde que Jerry Savelle dejó de huir y dio un paso al frente para jugar a la pelota en el equipo de Dios. En esos años, ha recorrido la tierra predicando el fuego de Dios en los corazones de los hombres. En una época en la que impera la competencia, Jerry Savelle y Kenneth Copeland han demostrado amistad, fidelidad y lealtad, no sólo el uno al otro, sino también a Dios.
En 1994, Jerry fundó el Instituto Bíblico Internacional y la Escuela de Evangelismo Mundial de los Ministerios Jerry Savelle. Al igual que su padre y su abuelo de la fe, Jerry está comprometido a levantar la próxima generación de hombres y mujeres para Dios.
Tal como el Señor le dijo a Carolyn cuando tenía 8 años, Jerry Savelle ha ido a África. Ha establecido 40 iglesias en Kenia; tiene sedes ministeriales en Nairobi, Kenia; el Reino Unido y Gales del Sur; y tiene oficinas en Johannesburgo, Sudáfrica, y Tanzania.
Las vidas que ha ganado para el Señor se cuentan por cientos de miles.
Las bases estaban llenas cuando Jerry aceptó su manto y se puso a batear para hacerle guerra al reino de las tinieblas.
No sólo bateó un home run.
Hizo un gran slam.
Algún día, Jerry Savelle terminará su carrera deslizándose a la base de llegada junto con todas las almas que ha ganado.
La llamada del árbitro ya resuena por toda la eternidad.
“¡Seguro!” V