Skip to content

Una prescripción poderosa

La fe es una fuerza extremadamente poderosa. En lo natural, pensamos que la fuerza nuclear es potente, pero el poder de la fuerza de la fe es muy superior.
Piénsalo. Las Escrituras nos dicen que, por la fe, Dios creó los universos y los sistemas solares. Él liberó Su fe con las palabras «¡Que haya luz!» y no sólo se cumplieron, sino que hoy en día el universo sigue expandiéndose a la velocidad de la luz.
No es de extrañar que 1 Juan 5:4 diga: «Y ésta es la victoria que ha vencido al mundo: nuestra fe». La fe es la fuerza que originó este mundo natural. Por lo tanto, puede cambiar o vencer cualquier cosa en él, incluyendo especialmente la enfermedad.
“Pero hermano Copeland”, podrías decir, “me han diagnosticado una enfermedad que los médicos dicen es incurable.”
Médicamente hablando, tu diagnóstico puede ser el correcto. Pero la fuerza de la fe puede hacer lo que la ciencia médica no puede, y sanar cualquier cosa. Todo lo que tienes que hacer es accionarla de la misma manera que lo hiciste cuando recibiste el nuevo nacimiento. Recuerdas cómo lo hiciste, ¿verdad? Escuchaste las buenas nuevas de que Jesús salva y actuaste en consecuencia, creyéndolo en tu corazón y confesándolo con tu boca.
Tan simple como suene, así es como siempre opera el sistema de la fe de Dios. Averiguas lo que Su PALABRA dice sobre el área de tu vida que necesita algún cambio, lo crees, lo declaras y tomas una acción correspondiente. ¡Entonces la fe comienza a trabajar! Su poder creativo es liberado para sanarte, liberarte o proveer cualquier cosa que puedas necesitar.
Si recibir la sanidad divina es tan sencillo, ¿por qué hay tantos cristianos que siguen enfermos?, te preguntarás. Principalmente porque se les ha enseñado que su sanidad no depende totalmente de Dios. Han escuchado que, si es la voluntad de Dios, sanarán, y si no lo es, no lo harán. Así que simplemente esperan descubrir cómo les irá en su caso. Mientras esperan, sufren con decoro sus dolencias, siguen hablando de lo enfermos que están y de cómo si Jesús bajara del cielo e impusiera Su mano en su frente afiebrada, saben que se sanarían. Lo sé porque Gloria y yo estábamos atascados en ese mismo punto antes de aprender la “PALABRA de fe” que se menciona en Romanos 10.

Romanos 10:6-10 dice:

Pero la justicia que se basa en la fe dice así: «No digas en tu corazón: ¿Quién subirá al cielo? (Es decir, para hacer que Cristo baje.) ¿O quién bajará al abismo? (Es decir, para hacer subir a Cristo de entre los muertos.)» Lo que dice es: «La palabra está cerca de ti, en tu boca y en tu corazón.» Ésta es la palabra de fe que predicamos: «Si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor, y crees en tu corazón que Dios lo levantó de los muertos, serás salvo.» Porque con el corazón se cree para alcanzar la justicia, pero con la boca se confiesa para alcanzar la salvación.
Las palabras salvo y salvación en ese pasaje son la misma palabra en el griego original: sozo. A diferencia de la palabra en español salvación, la cual usamos para referirnos principalmente al nuevo nacimiento, sozo tiene un significado muy amplio. No sólo describe la liberación de la pena del pecado, sino también la liberación de todo daño o peligro, espiritual y físico, temporal y eterno.
Es la misma palabra utilizada en Santiago 5:15 (RVA), que dice: «la oración de fe salvará al enfermo». Santiago usó sozo para referirse a la sanidad en ese pasaje, porque había comprendido lo que muchos creyentes de hoy todavía no entienden: que tanto la sanidad como la salvación están comprendidas en esa única palabra griega. Esta es la razón por la que el hombre lisiado en Hechos 14 (versículos 7-10) recibió fe para ser sanado mientras escuchaba al Apóstol Pablo predicar sobre la salvación. ¡Él hablaba griego! En Romanos 10, cuando Pablo dijo: «Si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor, y crees en tu corazón que Dios lo levantó de los muertos, serás salvo.», ese hombre realmente escuchó que: “serás salvo y sanado”. Entonces, cuando Pablo le dijo: «Levántate, y apóyate sobre tus pies», saltó y caminó.
En otras palabras, según el idioma original en el que se escribió el Nuevo Testamento, el nuevo nacimiento y la sanidad son parte integral del fenómeno de la salvación. Separarlos no es algo opcional. La liberación para el espíritu, la liberación para el cuerpo y la liberación para el alma son todas parte del mismo paquete, y todas se reciben de la misma manera: ¡a través de la fe!

La fe siempre llega
“¿Pero qué pasa si no tengo fe para la sanidad como la tuve para el nuevo nacimiento?”, podrías preguntarte. “¿Qué debo hacer?”
Abre tu Biblia y busca Romanos 10:17, que dice: «Así que la fe proviene del oír, y el oír proviene de la palabra de Dios.»
¡La fe siempre viene en respuesta a La PALABRA! Incluso ahora mismo, mientras lees este artículo, la fe está llegando a tu corazón. No es algo que percibas con tu cuerpo o tu alma. La fe es una fuerza espiritual que se manifiesta a través de tu espíritu. Es el resultado inevitable producido por la PALABRA Ungida y el pacto del Dios viviente.
La fe para la sanidad proviene de escuchar, leer y meditar en las escrituras sobre ese tema. Llega a través de versículos como Éxodo 15:26: «Si escuchas con atención la voz del Señor tu Dios, y haces lo que es recto delante de sus ojos, y prestas oído a sus mandamientos y cumples todos sus estatutos, jamás te enviaré ninguna de las enfermedades que les envié a los egipcios. Yo soy el Señor, tu sanador.»
¡Esa es una maravillosa escritura de sanidad! Ese versículo elimina toda duda sobre el hecho de que la sanidad sea o no siempre la voluntad de Dios para Su pueblo. Nos dice que la sanidad es parte integral de Su Esencia, que uno de los nombres de Su pacto es Jehová Rapha, que en hebreo significa Yo soy el Señor que te sana.
La sanidad no pudo haber desaparecido con los primeros apóstoles, como algunas personas han afirmado. Para que eso ocurriera, Dios tendría que haber cambiado Su Nombre, y eso es bíblicamente imposible. Él Mismo lo dijo: «Yo soy el Señor, y no cambio» (Malaquías 3:6).
Por supuesto, como lo confirma Éxodo 15:26, para andar en esa sanidad que Él ha provisto para nosotros tenemos que escuchar Su Palabra y guardar Sus mandamientos. Pero eso no es un problema porque, como creyentes nacidos de nuevo, estamos bien equipados para hacer ambas cosas. No sólo tenemos una Biblia, sino que tenemos al Espíritu Santo viviendo en nuestro interior para poder escuchar siempre la voz de Dios. Y debido a que el Amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones (Romanos 5:5), tenemos todo lo necesario para que andemos en Amor, el cual cumple todos los mandamientos de Dios.
¿Nos equivocaremos a veces? Sí. Pero Dios ya hizo provisión al respecto. Él dijo: «Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad» (1 Juan 1:9). Así que, cuando falles, apresúrate a arrepentirte. Recibe el perdón de Dios y deja atrás ese pecado. Luego, prosigue sirviendo a Dios y agradécele porque Él dijo en Éxodo 23:25-26: «Pero me servirán a mí, el Señor su Dios, y yo (tu ángel, ver el versículo 20) bendeciré tu pan y tus aguas, y quitaré de en medio de ti toda enfermedad.» No habrá en tu tierra mujer que aborte, ni estéril. Yo haré que vivas los años que debes vivir.»
Recuerdo una mañana, cuando después de haber estado meditando en esos versículos, la verdad que contienen me inundó mientras salía de casa. Allí mismo, en mi auto, grité: “¡No volveré a enfermarme ni un solo día en mi vida, de aquí en adelante, para siempre! La enfermedad ha sido quitada de en medio de mí. ¡Gloria a Dios!”
No es que esos versículos fueran nuevos para mí. Los había leído, escuchado y predicado innumerables veces. Pero siempre hay más revelación, incluso de las escrituras más conocidas. Puedes volver a ellas una y otra vez, y cada vez reavivarán tu fe.
Por eso Dios dijo en Proverbios 4: «Hijo mío, atiende a mis palabras; consiente y sométete a mis dichos. Que no se aparten de tu vista; guárdalas en el centro de tu corazón. Porque son vida para los que las encuentran, sanidad y salud para toda su carne» (versículos 20-22, Biblia Amplificada, Edición Clásica).
La palabra hebrea traducida como sanidad y salud también puede traducirse como medicina. Personalmente llamo a estos versículos la receta de Dios para la sanidad divina. Sin embargo, no te servirán de nada si no los lees en tu Biblia. Para que la PALABRA de Dios te sane, debes tomarla conforme la prescripción original.

Ingiérela
Aprendí esta lección hace muchos años cuando, durante unas reuniones que estaba predicando en Shreveport, Luisiana, noté un problema en una de mis piernas. Al principio, sólo sentía una especie de presión y no me molestaba demasiado mientras estaba ministrando. Sin embargo, entre las reuniones, empeoraba. Finalmente, una noche, cuando terminé de predicar, al bajar de la tarima, el dolor fue tan intenso que casi me caí al suelo.
Por supuesto que conocía las escrituras de sanidad, así que, cuando regresé a mi habitación, me estiré sobre la cama y le pregunté al Señor por qué mi fe no estaba funcionando. “SEÑOR, no puede fallar”, comencé. “Entonces el problema debe estar en mí. ¿Dónde me estoy equivocando?”
El me respondió llevándome a Proverbios 4:21, donde Él nos dijo que no permitiéramos que Sus palabras se apartaran de nuestra vista. Has estado citando las escrituras de sanidad de memoria, me dijo, pero necesitas hacer más que recordarlas. Necesitas poner tus ojos en ellas. Necesitas abrir tu Biblia y leerlas.
La PALABRA de Dios es alimento espiritual. Alimentará tu fe como la comida natural alimenta tu cuerpo. El SEÑOR me explicó: Puedes recordar a qué sabe una papa, pero recordarlo no te nutrirá. Para obtener el alimento de una papa debes comerla e introducirla en tu cuerpo. Eso es lo que necesitas hacer con Mi Palabra. Necesitas alimentarte de ella e ingerirla.
Para fomentar el proceso, empecé a poner señaladores en las páginas de mi Biblia donde están todas las escrituras de sanidad. Me ayudan a pasar de una a otra. He descubierto que, si leo esos versículos con frecuencia y los mantengo ante mis ojos, me visualizaré sano. Independientemente de cualquier síntoma de enfermedad que pueda aparecer en mi cuerpo, me visualizaré bien, hablaré y actuaré en consecuencia.
Incluso si no hay nada malo en tu cuerpo en este momento, practica el mismo proceso. Enséñale lo mismo a tus hijos y nietos. Diles: “La PALABRA de Dios dice en 1 Pedro 2:24 que por las heridas de Jesús fuimos sanados, así que no hablamos de enfermedad en nuestra casa. No importa cómo nos sintamos, siempre decimos: ‘Estoy sanado.’”
¿Es fácil seguir liberando tu fe y diciendo que estás sanado cuando estás sufriendo? No. Pero hazlo de todos modos. Aprieta los dientes de ser necesario y sigue creyendo y declarando la PALABRA de Dios hasta que la fuerza de la fe termine su trabajo y el dolor desaparezca.
Valdrá la pena el esfuerzo. Te lo puedo asegurar por experiencia personal. No sólo me sané del dolor que me afectó la pierna aquella vez en Shreveport (más tarde descubrí que, probablemente, era el resultado de un coágulo sanguíneo), sino que he sido sanado por la fe en La PALABRA en muchas otras ocasiones. Una vez, tarde en la noche, estaba caminando a través de la sala de estar en la oscuridad sin mis zapatos y golpeé mi pie izquierdo contra un otomán muy grande. Oí un fuerte estallido y supe de inmediato que me había quebrado el dedito. Aunque inmediatamente reclamé mi sanidad, cuando me acosté esa noche, mi dedo estaba tan sensible que incluso el peso de la sábana lo lastimaba.
A la mañana siguiente, en cuanto abrí los ojos, el diablo estaba allí esperándome. “¡Tu dedo no está sano!”, me dijo. “Míralo y verás que está completamente negro.”
“¿Qué me importa si está negro?”, le contesté. “Tengo muy buenos amigos que tienen los dedos de los pies negros todo el tiempo. Así que no voy a mirarlo.” Cojeando hasta la cómoda, saqué mis calcetines del cajón. Me puse uno en el pie derecho, luego cerré los ojos y me puse el otro calcetín en el pie izquierdo.
Después, entré cojeando a la cocina, donde Gloria estaba preparando el desayuno. Me vio cojeando, pero no dijo nada al respecto. Nos dijimos buenos días y le dije: “Gloria, quiero que te pongas de acuerdo conmigo en que estoy sano. Anoche le di una patada a ese gran otomán verde del salón y me quebré un dedo”. Ella respondió acercándose y poniendo su mano sobre mí. “¡Pues, estás sano!”, me respondió.
Esa mañana tenía una cita para hablar con un hombre sobre un avión que pensaba comprar. Así que, después del desayuno, me dirigí al aeropuerto y me acerqué cojeando al mostrador de la recepcionista. “¿Está el señor Spinks, por favor?”, pregunté. La recepcionista dijo que lo llamaría y luego señaló mi pie y me preguntó qué había pasado.
Le contesté: “Anoche me quebré el dedo del pie, pero Jesús dijo en Marcos 11:24: «Todo lo que pidan en oración, crean que lo recibirán, y se les concederá». Así que oré y, ¡gloria a Dios, quiero que sepas que estoy sano!”
Para entonces, ella ya había retrocedido unos pasos. Así que fui a ver al Sr. Spinks. Una vez que cerramos el trato sobre el avión, conduje por detrás del hangar donde estaba la aeronave y, cuando salí del auto, mi pie se sentía bien. Lo giré primero hacia un lado y luego hacia el otro y el dolor en el dedo desapareció. Cuando lo miré más tarde, todavía estaba negro azulado, pero estaba sano.
¡Así es como se toma la prescripción de sanidad de Dios y se pone la fuerza de la fe a trabajar en tu vida! V

© 1997 - 2026 Eagle Mountain International Church Inc., también conocida como Ministerios Kenneth Copeland / Kenneth Copeland Ministries. Todos los derechos reservados.
Más opciones para compartir...