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Una vida digna de vivir

Dios nunca quiso que nosotros, los creyentes, esperáramos hasta llegar al cielo para empezar a disfrutar de la vida. Nunca planeó que pasáramos nuestros días terrenales en la miseria, mientras cantamos canciones en la iglesia sobre lo grandiosa que será la vida algún día en el dulce futuro.
Por el contrario, Jesús vino para que pudiéramos tener «vida, y para que la tengan en abundancia.» (Juan 10:10), tanto en el aquí y ahora como en el más allá. Como dice la Biblia Amplificada, Edición Clásica, Él vino para que “tengamos y disfrutemos de la vida, y la tengamos en abundancia (hasta la saciedad, hasta que rebose)”.
La gente del mundo que no conoce a Dios debería vernos manifestar tanta victoria, y decir: “¡Eso sí es vida!” Deberían estar siguiéndonos a todos lados, queriendo averiguar cuál es nuestro secreto.
¿Cuál es exactamente el secreto de esa clase de vida victoriosa? Es recibir a Jesucristo como SEÑOR y Salvador, y luego seguir las instrucciones que Dios nos dio en Proverbios 3: «Hijo mío, no te olvides de mi ley ni de mi enseñanza, sino que tu corazón guarde mis mandamientos; porque la duración de los días y los años de una vida [que valga la pena vivir] y la tranquilidad [interior, exterior y que continúe durante la vejez hasta la muerte], éstos te añadirán» (versículos 1-2, AMPC).
Recientemente, he estado predicando de esos versículos en la Escuela de Sanidad. Debido a que el diablo ha estado trabajando horas extras últimamente usando la enfermedad en el mundo, el SEÑOR me ha guiado para que me concentre en el hecho de que uno de los beneficios que podemos experimentar al seguir las instrucciones de Proverbios 3 es una vida de buena salud física. Dios deja esto en claro escritura tras otra. Para Él, la enfermedad no tiene lugar en una vida que valga la pena vivir.
A pesar de lo que algunas personas equivocadas han afirmado, la enfermedad nunca es una “BENDICIÓN disfrazada”. ¡La enfermedad es una ladrona! Le roba a la gente días y semanas de su vida. Les priva del disfrute y perturba su tranquilidad. No forma parte de una vida abundante, lo cual significa que nosotros, como creyentes, no tenemos que soportarla.
Podemos recibir las enseñanzas y la PALABRA de Dios en nuestros corazones, recibir sanación y aprender a vivir con salud. Podemos pasar tiempo orando y teniendo comunión con el SEÑOR en las páginas de nuestra Biblia para que cuando la enfermedad llame a la puerta, podamos levantarnos por fe y sacarla corriendo.
“Pero Hermano Copeland”, podrías decir, “ahora mismo estoy demasiado ocupado para pasar mucho tiempo en la PALABRA y sólo tengo 30 años, así que todavía estoy bastante sano”.
Lo sé. Recuerdo cuando tenía 30 años. También recuerdo haber tenido 40… 50… 60 y 70, y hoy en día me alegro de haber empezado a sumergirme en la PALABRA de Dios cuando tenía 30 años. Porque ahora, a los 85, me divierto más que nunca. Estoy en el mejor estado físico que haya tenido. Estoy disfrutando de una vida que vale la pena vivir y puedo asegurarte personalmente que todo el tiempo que debes pasar en La PALABRA para vivir de esta manera vale la pena.
Entiendo lo que es estar ocupado. Pero déjame preguntarte: ¿cuánto tiempo pasas viendo la televisión secular, revisando las redes sociales y mirando otras cosas que no contribuyen a que tengas una vida que valga la pena? ¿Qué tal si pasas algo de ese tiempo en la PALABRA? ¿Qué tal si te levantas una hora antes en la mañana y pasas tiempo leyendo tu Biblia y orando en el espíritu?
La verdad es que tienes tiempo si te tomas el tiempo, y el tiempo es algo que nunca puedes recuperar. Así que, cualquiera sea tu edad, dedícale tiempo a la PALABRA de Dios ahora, para que después no mires atrás y desees haberlo hecho.

La receta de Sanidad del Dr. Jesús
Esto no es sólo lo que yo recomiendo; es lo que Dios nos dice que hagamos una y otra vez. En Proverbios 4, por ejemplo, Él dice: «Hijo mío, atiende a mis consejos; escucha atentamente lo que digo. No pierdas de vista mis palabras; guárdalas muy dentro de tu corazón. Ellas dan vida a quienes las hallan; son la salud del cuerpo.» (versículos 20-22, NVI).
La palabra hebrea traducida como salud en ese pasaje significa literalmente “medicina”. Así que esta es la receta de sanidad del Dr. Jesús:

1. Atiende a la PALABRA de Dios. Ponla en primer lugar en tu vida y hazla tu máxima prioridad.
2. Inclina tu oído hacia ella. Inclínate hacia lo que Dios está diciendo y no te alejes de él. Cuando Él te dice en las Escrituras que te mantengas alejado de la contienda y dejes de preocuparte, no retrocedas y empieces a poner excusas. No pienses: “Bueno, un poco de contienda y preocupación no me hará daño.” ¡Sí lo hará! La ciencia médica ya ha establecido que la contienda y la preocupación pueden matarte. Así que escucha lo que Dios dijo sobre ellas y échalas fuera de tu vida.
3. Mantén la PALABRA sanadora de Dios ante tus ojos y en medio de tu corazón. No te límites a leer algunos versículos de vez en cuando. Vuelve a las escrituras de Sanidad y léelas una y otra vez.

A través de los años, el Señor me ha recordado repetidamente este tercer punto. Ya que conozco las escrituras de Sanidad tanto, tiendo a solo citarlas de memoria. Pero Él me ha indicado que no me limite a recitarlas, sino que las busque en mi Biblia y las relea.
Para ser claro, no estoy en contra de memorizar escrituras. Es estupendo tenerlas tan arraigadas en el interior de uno que puedan salir de tu espíritu siempre que las necesites. Sin embargo, eso no es lo mismo que tenerlas delante de tus ojos.
Personalmente, pongo las escrituras de Sanidad delante de mis ojos cada mañana. Las tengo escritas y pegadas en el espejo de mi baño. Mientras me preparo para el día, las miro y las declaro sobre mi vida y mi familia.
Al mirar esas escrituras mientras las declaro, las estoy introduciendo en mí a través de las puertas de mis ojos y de mis oídos; las dos avenidas principales a través de las cuales todo llega a nuestros corazones. Ver y escuchar la PALABRA renueva tu mente, afecta los sentidos de tu cuerpo y, aún más importante, hace que la fe llegue (Romanos 10:17).
Nunca olvidaré la primera vez que recibí fe para la sanidad simplemente leyendo una escritura. Estaba empezando a aprender a vivir por la PALABRA, y me había dado una gripe. Oh, ¡me sentía miserable! Parecía que me doliera todo el cuerpo. Incluso me dolían las cejas.
Me las arreglé para llevar a Gloria a la tintorería y, mientras la esperaba en el auto, abrí la Biblia en 1 Pedro 2:24 donde dice que Jesús: «llevó en su cuerpo nuestros pecados al madero, para que nosotros, muertos ya al pecado, vivamos para la justicia. Por sus heridas fueron ustedes sanados». En ese momento, nunca había escuchado que alguien hiciera esto, pero puse mi dedo en ese versículo, lo leí en voz alta, y oré una oración muy corta: “Señor, elijo creer esto”.
Eso fue todo lo que dije.
Había planeado pedirle a Gloria que nos llevara a casa porque me sentía muy mal. Pero, cuando ella volvió al coche unos minutos más tarde, ya me sentía un poco mejor, así que conduje a casa. Cuando llegamos, Gloria preparó una buena cena y comí. Después me fui a la cama y a la mañana siguiente, cuando desperté, estaba bien. Sano de pies a cabeza, sólo porque elegí creer en la PALABRA escrita de Dios.
Así de simple puede ser creer por sanidad. Cualquiera que tenga una Biblia puede hacerlo.
“Yo no, hermano Copeland. No tengo esa clase de fe.”
La tienes si eres un cristiano. Dios ya te dio la medida de Su propia fe como un regalo cuando naciste de nuevo (lee Romanos 12:3; Efesios 2:8). Sólo necesitas ponerla en práctica averiguando lo que dice la PALABRA de Dios, creyéndola en tu corazón y declarándola con tu boca.
En Marcos 11, Jesús nos enseñó cómo hacerlo. Él dijo:
—Tengan fe en Dios. Pues les aseguro que si alguien le dice a este cerro: “¡Quítate de ahí y arrójate al mar!”, y no lo hace con dudas, sino creyendo que ha de suceder lo que dice, entonces sucederá. Por eso les digo que todo lo que ustedes pidan en oración, crean que ya lo han conseguido, y lo recibirán. Y cuando estén orando, perdonen… (versículos 22-25, DHH)

Buscando un receptor
Observa que Jesús no nos dijo que sólo oráramos y esperáramos que algo sucediera. Nos dijo: «todo lo que ustedes pidan en oración, crean que ya lo han conseguido, y lo recibirán». Eso es algo que debes aplicar si quieres que Dios pueda hacerte llegar la sanidad (o cualquier otra cosa que necesites para disfrutar de una vida que valga la pena). De lo contrario, tu oración no estará completa.
Para entenderlo, piensa como si fuera un partido de fútbol. Un volante excepcional puede lanzar grandes pases todo el partido. Puede enviar la pelota exactamente dónde debe caer, pero, si el jugador al que se la lanza simplemente la deja rebotar y la pierde, la jugada no tendrá éxito. El pase no se completará porque el receptor no la recibió.
Lo mismo ocurre en el plano espiritual. Dios no busca retenernos. Él está listo todo el tiempo para derramar Sus BENDICIONES. Él es: «el SEÑOR para con todos, y… cumplirá el deseo de los que le temen» (Salmo 145:9, 19, RVA-2015). ¡Pero Él necesita receptores!
¿Deseas la sanidad?
Dios cumplirá ese deseo porque te ama y quiere que estés bien. Te quiere tanto, que incluyó la sanidad en el plan de Redención. Envió a Jesús a cargar con tus enfermedades y dolencias con la misma seguridad con la que lo envió a cargar con tus pecados. Dios te sanará con tanta libertad como te perdonará. Sólo está esperando que recibas.
Tristemente, en algunos círculos cristianos la gente ha sido confundida sobre este tema. Se les ha enseñado que nunca se sabe lo que Dios va a hacer. Que Él puede querer que te quedes enfermo por un tiempo para enseñarte algo, o que puede negarte la sanidad porque te has portado mal. Pero tales ideas son totalmente antibíblicas.
Jesús es el mismo ayer, hoy y siempre (Hebreos 13:8), y cuando estuvo en la tierra nunca rechazó a nadie que acudiera a Él en busca de sanidad. Por el contrario, el Nuevo Testamento dice:
– «Dios ungió a Jesús de Nazaret con el Espíritu Santo y con poder, y que él anduvo haciendo el bien y sanando a todos los que estaban oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él». (Hechos 10:38).
– «Pero mucha gente lo siguió, y él los sanó a todos» (Mateo 12:15).
– «Al caer la noche, le llevaron muchos endemoniados, y él, con su sola palabra, expulsó a los demonios y sanó a todos los enfermos. Esto, para que se cumpliera lo dicho por el profeta Isaías: «Él mismo tomó nuestras enfermedades, y llevó nuestras dolencias.»» (Mateo 8:16-17).
– «Una gran multitud … Habían venido a escucharlo y a ser sanados de sus enfermedades… Toda la gente procuraba tocarlo, porque de él salía un poder que sanaba a todos.» (Lucas 6:17, 19).

Seguramente, entre los miles de enfermos que acudían a Jesús en busca de sanidad, debía de haber alguien que aún necesitaba aprender algunas cosas. Seguramente, entre las multitudes a las que ministraba debía haber al menos unos cuantos que se portaban mal. Sin embargo, Él los sanó a todos.
¡Dios no cambia! Si Su voluntad era entonces que todos fueran sanados, entonces sigue siendo Su voluntad hoy mismo (Malaquías 3:6). Así que toma la decisión de calidad hoy para ser como la gente en los Evangelios que vino a escuchar a Jesús y ser sanado. Dedícale tiempo a la PALABRA de Dios. Ponla en primer lugar en tu vida. Tómala como una medicina manteniéndola ante tus ojos y en tus oídos. Créelo en tu corazón y dilo con tu boca.
Apóyate en ella con una fe sencilla e infantil, como el niño del que hablaba el hermano Oral Roberts. Había nacido con pies tan malformados que nunca había usado un par de zapatos; ese niño se presentó en una de las reuniones del Hermano Roberts tan convencido de que iba a ser sanado, que había traído un par de zapatos nuevos al servicio. La multitud era tan grande esa noche que el Hermano Roberts no pudo imponer sus manos en todos. Así que tuvo que cerrar la reunión antes de que el niño pudiera llegar a él. Sin embargo, para no ser negado, el niño llamó al Hermano Roberts cuando se iba.
“¡Se supone que sea sanado esta noche!”, le dijo.
El Hermano Roberts le explicó que estaba demasiado agotado físicamente para orar incluso una oración más de fe. Pero el muchacho no se inmutó. “No sé”, le dijo. “Sólo sé que se supone que sea sanado hoy”. Su madre intervino y añadió: “Tú ora, nosotros creeremos.” En resumen, el Hermano Roberts estuvo de acuerdo, y ese niño salió caminando con sus zapatos nuevos.
¿Por qué no deberías esperar que Dios haga lo mismo por ti?
Al fin y al cabo, Él te prometió una vida que vale la pena vivir.
Se supone que hoy tengas salud. ¡Así que créelo y recibe! V

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