Ve en paz y sé pleno
Dios nos ha hecho miles de maravillosas promesas en la Biblia. Todas nos pertenecen en Cristo, y las bendiciones a nuestra disposición son demasiado numerosas para contarlas. Pero, después de estudiarlas durante más de cinco décadas, si tuviera que resumirlas en una sola palabra, sabría cuál elegiría.
Shalom.
Shalom, la palabra hebrea traducida como paz, es una de las palabras más poderosas de la Biblia. Está absolutamente cargada de significado y se utiliza en el Antiguo Testamento para describir el nuevo pacto. Es la palabra que Dios usó en Isaías cuando llamó al Mesías venidero “Príncipe de Paz”. Profetizando sobre el nuevo día que Él introduciría, Dios le dijo a Su pueblo que después de la venida del Mesías: «…volveré a tenerte compasión y misericordia eterna. Lo digo yo, que soy tu Señor y Redentor. Esto será para mí semejante a los días de Noé, cuando juré que nunca más las aguas del diluvio volverían a cubrir la tierra: Ya he jurado que no volveré a enojarme contra ti, ni te reñiré. Podrán moverse los montes, podrán temblar las colinas, pero mi misericordia jamás se apartará de ti, ni se romperá mi pacto de paz contigo. Lo digo yo, el Señor, quien tiene de ti misericordia» (Isaías 54:8-10).
Aprendí de mi amiga Billye Brim, que pasó tiempo estudiando la lengua hebrea en Israel, que shalom significa “estar sano, estar completo, perfecto, sin faltantes ni roturas”. Habla de una condición de plenitud que incluye la salud, el bienestar, la seguridad, la tranquilidad, la abundancia material, la plenitud, el descanso, la armonía y la ausencia de agitación o discordia.
Piénsalo: Cada una de esas cosas (y aún más) se nos prometen a nosotros, los creyentes del Nuevo Testamento. Dios las incluyó en el “pacto de Su paz”.
Muchas veces, encontrarás en tu Biblia que donde se usa la palabra paz, en el margen dirá prosperidad. Esas dos palabras están interconectadas porque no puedes ser verdaderamente pleno sin tener tus necesidades financieras satisfechas. Algunas personas afirman que nosotros, los “predicadores de la prosperidad” de hoy en día, hemos inventado esa idea. Pero realmente, es la idea de Dios. Él sabe mejor que nadie lo que significa estar en paz, o tener shalom, y dice que la abundancia financiera –tener lo suficiente para satisfacer tus propias necesidades y lo suficiente para dar y ser de bendición para el prójimo— es una parte indispensable.
Una de mis definiciones favoritas de paz viene del diccionario expositivo de W.E. Vine. Dice que la paz es “todo lo que contribuye al mayor bienestar del hombre”.
Eso es lo que Dios siempre ha deseado para Su pueblo. Incluso bajo el Antiguo Pacto, Él no quería que Su pueblo sufriera las consecuencias de la maldición que entró en la tierra a través del pecado. Él quería que Su pueblo caminara en LA BENDICIÓN, así que les dijo que escucharan diligentemente Su voz y que hicieran lo que Él les mandaba. De hacerlo, Él dijo: «todas estas bendiciones vendrán sobre ti, y te alcanzarán» (Deuteronomio 28:2). Serás bendecido en la ciudad y bendecido en el campo. Tus hijos serán bendecidos. Tu ganado, tus cultivos y todo lo que poseas será bendecido. Serás bendecido cuando entres y cuando salgas.
Cuando los enemigos se levanten contra ti, serán derrotados ante ti. Huirán de ti en todas direcciones. El Señor ordenará la bendición en tus cuentas bancarias y en tus cuentas de ahorro, y en todo lo que pongas tu mano. «El Señor te abrirá su tesoro de bondad, que es el cielo, y en su tiempo te enviará la lluvia a tu tierra, y bendecirá todo lo que hagas con tus manos. Harás préstamos a muchas naciones, pero tú no pedirás prestado nada.» (versículo 12).
La voluntad de Dios para toda la humanidad y para todos los siglos
¿No suena como una maravillosa manera de vivir lleno de paz? Desde luego que sí. Lamentablemente, el pueblo del Antiguo Pacto de Dios nunca logró vivir de esa manera por mucho tiempo. Como el nuevo nacimiento no estaba disponible en ese entonces, todavía tenían una naturaleza espiritual caída. Así que, en lugar de escuchar la Palabra de Dios y ser bendecidos, siguieron desobedeciéndolo y cayendo presa de la maldición.
Cada condición rota que el hombre pueda sufrir es el resultado de la maldición. Puedes verlo al leer su descripción en los versículos 15-68 del capítulo 28 de Deuteronomio. Allí encontrarás miserias como la enfermedad y la dolencia, la pobreza y la carencia, la derrota, la tristeza, la depresión, el fracaso, el miedo, la ansiedad y más.
Esas cosas nunca han sido la voluntad de Dios para Su pueblo. Él lo dejó en claro cuando puso a Adán y Eva en el Jardín del Edén. Antes de que ellos pecaran y lo arruinaran todo, vivían en perfección. No faltaba nada. Nada estaba roto.
Había comida en exceso, y no había que cocinarla. Crecía en los árboles. La temperatura era la adecuada.
Adán tenía una esposa perfecta. Eva tenía un marido perfecto. Y Dios estaba en medio para caminar y hablar con ellos. Creados a Su imagen, estaban revestidos de Su gloria y no tenían nada que temer porque les había dado dominio sobre toda la tierra.
Esa es la imagen de la perfecta voluntad de Dios, no sólo para Adán y Eva, sino para toda la humanidad, la cual no ha cambiado. Su voluntad sigue siendo la misma hoy en día.
“Pero Gloria, aunque eso sea cierto, estamos en una situación diferente a la de Adán y Eva. No vivimos en el Jardín del Edén. Vivimos en un mundo caído en el que «todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios». ¿No es eso lo que dice Romanos 3:23?”
Sí, pero lee el siguiente versículo. Nos dice que ese no es el final de la historia. Dice que, como creyentes nacidos de nuevo, ya no somos sólo pecadores condenados a estar continuamente destituidos. Bajo el nuevo pacto somos «justificados y hechos rectos, en buena posición con Dios, por Su gracia libre y gratuita… mediante la redención que es [provista] en Cristo Jesús» (versículo 24, Biblia Amplificada, Edición Clásica).
A diferencia de los israelitas del Antiguo Testamento, nuestros espíritus han sido recreados a la imagen de Dios. Tenemos Su naturaleza en nuestro interior y sus leyes escritas en nuestros corazones. Contamos con lo necesario para escuchar continuamente Su Palabra y obedecerle porque ahora, como dice Tito 2:11: «Pues la gracia de Dios ya ha sido revelada, la cual trae salvación a todas las personas». (Nueva Traducción Viviente).
La palabra salvación en el Nuevo Testamento significa lo mismo que shalom en el Antiguo Testamento. Traducida de la palabra griega soteria, puede definirse como “preservación, liberación material y temporal del peligro y la aprensión; perdón; libertad, sanidad, restauración, solidez y plenitud”. La mayoría de los cristianos de hoy todavía no lo han descubierto, pero Jesús nos aseguró todas esas cosas. Cuando fue a la Cruz, pagó allí el precio de nuestra plena salvación.
Como creyentes, somos un pueblo salvado. Somos un pueblo sanado. Somos un pueblo bendecido y próspero. Hemos sido redimidos de toda la maldición de la ley porque Jesús tomó sobre sí esa maldición en su totalidad. No dejó nada por fuera. Lo llevó todo para que la BENDICIÓN de Abraham pudiera venir sobre nosotros, y fuéramos plenos, viviendo en paz.
Isaías, mirando hacia el futuro y la crucifixión de Jesús, escribió:
«Ciertamente Él ha llevado nuestras penas (enfermedades, debilidades y angustias) y cargó con nuestros dolores y penas [el castigo]… Él fue herido por nuestras transgresiones, fue magullado por nuestras culpas e iniquidades; el castigo [necesario para obtener] la paz y el bienestar para nosotros fue sobre Él, y con los azotes [que lo hirieron] somos curados y sanados» (Isaías 53:4-5, AMPC).
El apóstol Pedro, mirando ese mismo evento hacia atrás en el tiempo después de sucedido, también escribió sobre la sanidad que Jesús aseguró para nosotros. Sólo que lo hizo en tiempo pasado y dijo: «Él mismo llevó en su cuerpo nuestros pecados al madero, para que nosotros, muertos ya al pecado, vivamos para la justicia. Por sus heridas fueron ustedes sanados.» (1 Pedro 2:24).
La paz de Jesús te pertenece
Estudia los Evangelios y verás que Jesús siempre estuvo en contra de la enfermedad. Cuando estaba ministrando en la tierra, dondequiera que fuera, si la gente lo recibía y creía en la Palabra que predicaba, eran sanados y liberados. Algunos de ellos habían estado enfermos y en condiciones desesperadas por años y no tenían esperanza alguna en lo natural; sin embargo, cuando pusieron su fe en Jesús, fueron sanados.
Por ejemplo, la mujer con hemorragia en Marcos 5. Además de haber sufrido físicamente durante 12 años, había sufrido una devastación financiera. Desesperada por sanar, había gastado todo su dinero en médicos, pero en lugar de mejorar, seguía empeorando. Entonces sucedió algo en su vida que la cambió para siempre. Oyó hablar de Jesús.
¿Qué oyó? Oyó que Él estaba sanando a la gente, y lo creyó. No se encogió por la duda y pensó: Bueno, puede que no reúna los requisitos para la sanidad, o estoy demasiado avanzada; probablemente ni siquiera Jesús podría sanarme.
Por el contrario, ella declaró: «Si alcanzo a tocar aunque sea su manto, me sanaré.» Entonces actuó según su fe. Se abrió paso entre la multitud que rodeaba a Jesús y tocó el borde de su manto.
¿Qué sucedió? Obtuvo exactamente lo que dijo.
«Y tan pronto como tocó el manto de Jesús, su hemorragia se detuvo, por lo que sintió en su cuerpo que había quedado sana de esa enfermedad… Jesús le dijo: «Y él le dijo: Hija, tu fe te ha hecho salva; ve en paz, y queda sana de tu azote.»» (Marcos 5:29, 34, RVR60).
Además de recibir sanidad, creo que esa mujer recibió también restauración financiera. ¿Por qué? Porque, según Jesús, su fe la había hecho salva. Y como ya lo estudiamos, la plenitud bíblica (shalom) incluye la prosperidad financiera.
Los judíos de la época de Jesús entendían este concepto. Por eso, la declaración que les hizo a Sus discípulos en Juan 14:27, cuando estaba a punto de ir a la cruz, tenía tanto peso. Les dijo: «La paz les dejo, mi paz les doy». Los discípulos conocían la lengua hebrea. Así que entendieron lo que Jesús quería decir mejor que la mayoría de los cristianos de hoy en día. Él estaba diciendo: “Mi shalom, mi integridad, mi plenitud, la dejo con ustedes. Mi protección, Mi liberación, todo lo que soy y todo lo que tengo, que produce un bien máximo, se los doy”.
Jesús dijo eso porque es el corazón de nuestro Padre celestial. Él no quiere que nadie se quede roto. No quiere que nadie quede enfermo o con carencias. La gente en algunos círculos cristianos ha enseñado que Él lo hace, pero están equivocados.
Tienen una imagen de Dios diferente a la que presenta la Biblia. La Biblia no lo retrata como alguien duro y exigente, como alguien que es tacaño con Sus bendiciones y difícil de complacer. Dice que la naturaleza de Dios es todo lo contrario. Que «El SEÑOR es compasivo (o dispuesto a mostrar favor) y lleno de ternura; lento para la ira y grande en misericordia. El Señor es bueno con todos, y se compadece de toda su creación.» (Salmo 145:8-9).
No es difícil complacer a Dios. Nunca lo encontrarás en un mal día. Él es bueno y quiere el bien en tu vida. Sí requerirá que hagas las cosas a Su manera, pero eso es porque Él tiene una sabiduría superior. Todo lo que Él escribió para nosotros en Su Palabra para creer, decir y hacer, fue escrito para nuestro beneficio. La única razón por la que Él nos ordena que lo escuchemos y obedezcamos es porque Sus caminos funcionan.
Los caminos del mundo, en cambio, no funcionan. Bajo el dominio del pecado y del diablo, el mundo está en la oscuridad. Si caminas en las tinieblas (o en desobediencia a Dios) no hay posibilidad de alcanzar la plenitud. Siempre te faltarán cosas. Las cosas siempre estarán rotas.
Sin embargo, si caminas continuamente en la luz de la Palabra de Dios, no hay manera de que puedas permanecer roto. Mientras sigas viviendo de acuerdo a la luz que tienes y buscando más luz, como la mujer con la hemorragia, ¡serás hecho pleno!
Es tu elección. Tú puedes decidir. ¿Qué quieres hacer?
Dios ya ha hecho Su elección. Él quiere que aceptes todas Sus promesas sumamente grandes y preciosas. Él quiere que disfrutes de todo lo que ya te pertenece en Cristo Jesús, que camines en Su pacto de paz, y que sigas creciendo en cada área de la vida.
Sin embargo, para lograrlo, debes profundizar en ese pacto y descubrir lo que te pertenece. De lo contrario, serás como alguien que tiene dinero en el banco pero no lo sabe. Dios dijo sobre un grupo de Su pueblo del Antiguo Pacto que fueron “destruidos por falta de conocimiento”. Pero tú no tienes que ser como ellos.
Puedes poner a Dios y Su Palabra en primer lugar en tu vida. Puedes abrir tu Biblia todos los días y leer Sus promesas y Sus instrucciones de vida. Puedes escuchar continuamente la voz de las Escrituras y la voz de Su Espíritu en tu corazón, que está diciendo: “La paz te pertenece. La sanidad te pertenece. La liberación te pertenece. Todo lo que hace el bien supremo del hombre te pertenece. Créelo. Dilo. Actúa en consecuencia”.
¡Ve en paz y sé pleno! V