Vencedores innatos
A menudo decimos de las personas que están dotadas en lo natural para hacer algo especial que “nacieron para eso”. Podríamos decir de un niño en una familia de músicos que domina el teclado a una edad muy temprana que es un “pianista nato”. También podríamos referirnos a un jugador de béisbol cuyas habilidades superiores lo catapultan rápidamente a los libros de récords como un “atleta nato”.
Si alguna vez has mirado con nostalgia a esas personas, deseando saber para qué has nacido, te tengo buenas noticias. La Biblia dice que, si eres hijo del Dios viviente, ¡eres un vencedor innato!
«Porque todo el que ha nacido de Dios vence al mundo. Y ésta es la victoria que ha vencido al mundo: nuestra fe.» (1 Juan 5:4).
Podrías pensar: Pero ahora mismo no me veo ni me siento como un vencedor. ¿Cómo puedo estar seguro de que ese versículo se refiere a mí?
Lo haces al leer el versículo subsiguiente, que dice: «¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?» (versículo 5).
¿Crees que Jesús es el Hijo de Dios? Si la respuesta es afirmativa, entonces esos versículos se refieren a ti. Eres uno de esos vencedores innatos y victoriosos sobre el mundo.
Según el diccionario, victorioso significa “haber vencido en batalla o contienda, haber triunfado sobre un enemigo o antagonista; conquistar, vencer como un general triunfante y ejército triunfante”. ¡Esa es una gran descripción de nosotros, los creyentes! «Somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó… Dios… que en Cristo Jesús siempre nos hace salir triunfantes» (Romanos 8:37; 2 Corintios 2:14). Nuestro general triunfante y victorioso es el Señor Jesucristo, y nosotros somos su ejército de victoria.
Por supuesto, no pareciera que encajemos de inmediato en tal categoría al instante en que somos salvos. Todos comenzamos nuestras vidas cristianas como bebés espirituales. Pero, incluso entonces, tenemos en nuestro interior la sustancia espiritual triunfadora que proviene de Dios. Tenemos Su vida y Su naturaleza divina. Tenemos en nuestro interior el dominio insignia de Dios, porque hemos nacido de Él.
Es similar al momento en que naciste físicamente. Ya en tu infancia, tu cuerpo estaba diseñado para caminar. Estabas dotado de todo lo necesario para hacerlo. Sin embargo, todavía no sabías qué hacer con esos dotes. Eras un caminante que aún no había aprendido a caminar.
Espiritualmente, cuando empezamos nuestra vida cristiana es lo mismo. Somos personas victoriosas que todavía no hemos crecido ni madurado. Somos vencedores natos que no han aprendido a vencer.
¿Nacidos para vencer qué cosa?
Como vimos en 1 Juan 5:4, hemos nacido para vencer al mundo.
En ese versículo, el mundo representa todo lo que está bajo la influencia del diablo en la tierra. Se refiere al sistema mundial caído que él ha establecido terrenalmente y a la línea de pensamiento que lo sustenta. Abarca la totalidad del mal en el mundo y la destrucción que resulta del mismo, incluyendo su fuente, el diablo, quién es «el dios de este mundo» (2 Corintios 4:4, LBLA).
Vaya, podrías pensar. Es mucho para superar.
Es cierto. Pero, como creyente, puedes hacerlo porque Jesús ya ha hecho la parte realmente difícil por nosotros. A través de Su vida, muerte y resurrección hace 2.000 años, Él conquistó el pecado, el mundo y todo lo que éste contiene. Derrotó totalmente a Satanás y a todos sus secuaces; «Desarmó además a los poderes y las potestades, y los exhibió públicamente al triunfar sobre ellos en la cruz.» (Colosenses 2:15). Luego le dio a todos los que creen en Él el derecho a usar Su nombre, haciéndonos coherederos de Su victoria.
Como si eso fuera poco, nos proporcionó todo lo que necesitamos para manifestar esa victoria.
Cumpliendo en nosotros la promesa que Dios hizo en Ezequiel 36:26, nos quitó nuestra vieja naturaleza pecaminosa y nos dio «un corazón nuevo, y … un espíritu nuevo». Nos recreó por dentro a Su imagen para que podamos conocerle y tener comunión con Él. Además, envió a Su Espíritu Santo para que habitara en nosotros y nos diera poder para reinar como reyes en la vida (Romanos 5:17).
Una oferta sin igual
Asimila lo siguiente: Dios no sólo envió un ángel para ayudarte y enseñarte a vivir como un vencedor. ¡Él Mismo vino a vivir en ti! Él puso Su Espíritu en ti para ser tu consejero, ayudante, intercesor, abogado, fortaleza y compañía.
¡A eso le llamo una oferta sin igual! Satanás no tiene ninguna oportunidad contra ti.
Dios tiene tu victoria tan asegurada que, si la quieres, el diablo y todas sus legiones no pueden quitártela. Están limitados a tratar de alejarte de la luz de la Palabra de Dios para que sigas pensando y operando como el mundo en lugar de vivir conforme tu nueva identidad.
Ellos saben que, aunque eres un vencedor nato, no podrás vencer al mundo si te conformas a sus caminos naturales. Aunque hayas nacido de nuevo para vivir la vida elevada de Dios, si continúas pensando los pensamientos del mundo y diciendo lo que el mundo dice, te quedarás atascado en la vida subterránea del mundo.
¡Estoy segura que no es lo que deseas! El mundo está bajo la maldición. No tiene esperanza y vive sin Dios (Efesios 2:12). Pretende ofrecer placer, éxito y riquezas, pero en realidad todos sus caminos conducen a la destrucción. Su gobernante, el diablo, no puede bendecir a nadie porque él mismo está maldito. No tiene nada bueno en él; sólo el mal. Incluso aquellos que lo sirven con lealtad terminan siendo recompensados con nada más que la muerte, porque la muerte es todo lo que tiene para ofrecer.
Pero, como creyente, ¡no estás bajo el dominio del diablo! Estás bajo el señorío de Jesús, y Él vino para que tengas una vida abundante. Habiendo nacido de nuevo de Él, ya no eres del mundo (Juan 17:14). Has sido resucitado y sentado en los cielos con Él para que puedas vivir por encima de la maldad terrenal: «Todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder, mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia. Por medio de ellas nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas ustedes lleguen a ser partícipes de la naturaleza divina, puesto que han huido de la corrupción que hay en el mundo por causa de los malos deseos.» (2 Pedro 1:3-4).
Nota que esos versículos dicen que es por las promesas sumamente grandes y preciosas de Dios que participamos de Su naturaleza divina. Es por Su Palabra que aprendemos a pensar, hablar y actuar como Él. A medida que nos saturamos en la Palabra de Dios, operamos cada vez más en el exterior como lo que somos en el interior. Nuestra carne es sometida al control de nuestro espíritu, así que los deseos mundanos ya no pueden dominarnos y traer destrucción a nuestras vidas.
En otras palabras, escapamos de la destrucción que hay en el mundo a través de la lujuria cuando hacemos lo que Romanos 12 (RVA-2015) nos dice: «presenten sus cuerpos como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios, que es el culto racional de ustedes. No se conformen a este mundo; más bien, transfórmense por la renovación de su entendimiento de modo que comprueben cuál sea la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta» (versículos 1-2).
No podemos vencer al mundo mientras permanecemos conformes a él. Para vivir como vencedores del mundo debemos renovar nuestras mentes a los caminos superiores de Dios. En lugar de alimentarnos todo el tiempo de la información del mundo, debemos alimentarnos de la información de Dios. Debemos reprogramar nuestras mentes para vivir nuestras vidas aquí en la tierra no como el mundo, sino como Dios.
“Gloria”, podrías decir, “no puedo ir por ahí actuando como Dios. Sería un hipócrita.”
No. Un hipócrita es aquel que actúa externamente de manera distinta a su interior. Tú ya eres como Dios por dentro. En tu espíritu eres un «nuevo hombre que ha sido creado a semejanza de Dios en justicia y santidad de verdad.» (Efesios 4:24, RVA-2015). A medida que te alimentas de la Palabra de Dios y pasas tiempo en comunión con el Espíritu Santo, tu verdadera identidad sale a la luz.
Comienzas a crecer espiritualmente y a desechar las cosas que no son como Dios. Dejas de lado los pensamientos y hábitos pecaminosos, y las formas mundanas que te han arrastrado cuesta abajo. Al igual que los hijos amados imitan naturalmente a su padre terrenal, a medida que renuevas tu mente al contemplar a tu Padre celestial en la Palabra, sigues naturalmente Su ejemplo, y Su semejanza se hace cada vez más evidente en ti.
Una mente renovada por la Palabra de Dios es algo asombroso. Rechazará aquello que el mundo deposite en ella tan rápido como una computadora rechaza comandos defectuosos, y aceptará fácilmente los comandos y la dirección del Señor.
Sus caminos son mucho más elevados que los senderos del mundo, y una mente no renovada tiende a rechazarlos, descartándolos como tonterías. Sin embargo, cuando tu mente ha sido entrenada para pensar como lo hace Dios, Sus caminos más elevados tienen perfecto sentido. Así que, en lugar de resistirlo o incluso descartar los impulsos del Espíritu Santo, tu mente se vuelve receptiva a los mismos.
Tu alma se pone de acuerdo con tu espíritu para que puedas obedecer a Dios de todo corazón. Y, cuando lo haces, no importa el desafío que estés enfrentando; seguramente vencerás.
Restaurar la imagen divina
El erudito de la Biblia W.E. Vine define la renovación de la mente como “el ajuste de la visión y el pensamiento moral y espiritual a la mente de Dios”. El teólogo R.C. Trench la explica como “la conformación gradual del hombre cada vez más a ese nuevo mundo espiritual en el que ha sido introducido y en el que ahora vive y se mueve.”
“La renovación es la restauración de la imagen divina”, continúa.
El proceso de restauración de la imagen divina nos devuelve al lugar en el que se encontraba Adán antes de pecar. Cuando estaba en el Jardín del Edén, Adán reflejaba la imagen de Dios al máximo grado posible de cualquier criatura creada. Estaba tan vivo en el reino espiritual como Dios, vivía a la luz de la verdad de Dios y caminaba en comunión ininterrumpida con Él.
Sin embargo, cuando Adán pecó, la parte espiritual de él murió. La imagen divina en su interior fue herida de muerte. Separado de la vida de Dios, la oscuridad se apoderó de él y perdió la capacidad de ver y operar en el reino de la gloria del espíritu. De repente, en lugar de ser principalmente un hombre espiritual, el cuerpo y el alma de Adán tomaron preeminencia en su vida. Confinado al reino natural, tuvo que aprender a vivir según lo que podía ver con sus ojos físicos y percibir con sus sentidos naturales. Al no poder ya andar en la vida superior de Dios en el poder del Espíritu, Adán tuvo que adaptarse a un plano inferior de la existencia.
Ahora, todo el mundo vive en ese mismo plano. De hecho, el mundo considera “normal” vivir de esa manera. Pero en realidad, no es normal en absoluto – es subnormal.
¡Jesús vino para devolvernos a la normalidad!
Vino para que, por fe en Él, cualquiera que lo desee pueda nacer de nuevo a la imagen de Dios. Vino no sólo a pagar el precio para que recibiéramos el perdón de los pecados, sino a darnos nuevamente acceso al reino de la gloria de Dios. Él abrió un camino para que tengamos comunión con Dios en el espíritu y en Su Palabra; para que renovemos nuestra mente hasta el lugar donde nuestro espíritu tiene dominio sobre nosotros en lugar de nuestra alma para así vivir, como dice Romanos 7:6, “[bajo obediencia a los impulsos] del Espíritu en una nueva [vida original]” (Biblia Amplificada, Edición Clásica).
“Pero Gloria, eso no suena como una manera muy práctica de vivir.”
¡Es extremadamente práctica! Tu Maestro interior, el Espíritu Santo, puede mostrarte qué hacer en cada situación. Si te enfrentas a un desafío financiero, tal vez una factura cuantiosa que no tienes el dinero para pagar, Él no sólo puede mostrarte las escrituras para afirmar tu fe; Él puede mostrarte qué y dónde ofrendar para posicionarte para recibir de Dios lo que necesitas.
Si fueras a actuar solamente por lo que puedes ver en lo natural, perderías esos impulsos del Espíritu Santo. Pensarías: ¡no puedo darme el lujo de dar en este momento! Necesito todo el dinero que tengo y más tan solo para salir adelante. Pero, si estás andando en el espíritu y has renovado tu mente para pensar como Dios lo hace acerca de dar y recibir, sembrar y cosechar, lo obedecerás. Al dar alegremente en la fe, abrirás la puerta para que las finanzas que necesitas vengan a tu vida; Dios suplirá todas tus necesidades según Sus riquezas en gloria (Filipenses 4:19); y saldrás de esa situación como todo un vencedor.
No hay nada en este mundo que pueda prevalecer contra ti si pones tu mente y tu alma de acuerdo con la Palabra de Dios y andas en el espíritu. Así que, sigue pasando tiempo en la Palabra de Dios y en comunión con Él. Sigue renovando tu mente a lo que Él dice y obedece los impulsos de Su Espíritu. Cuando estás viviendo la vida elevada del Espíritu, aún en medio de la oscuridad maldita por el pecado de este mundo, rodeado de enemigos hostiles, puedes caminar en victoria, salud, bendición y prosperidad. Puedes andar en la gloria de Dios y en Su luz.
Puedes vivir como ese vencedor innato que eres. V