La próxima vez que se sienta tentado a disfrutar de un poco de autocompasión, recuerde esta historia. Cuando se sienta pequeño, insignificante y derrotado por las circunstancias que lo rodean; y desee quejarse y llorar porque nadie lo ama o cuida de usted… tenga cuidado. Para Dios hablar de esa manera es quejarse.
Él no aumentará su incredulidad dándole una palmada en la espalda, y sintiéndose mal por usted; pues el SEÑOR no se regocijará por sus quejas. De hecho, es muy probable que le diga lo mismo que le expresó al pueblo de Israel: « ¿Hasta cuándo me ha de irritar este pueblo? ¿Hasta cuándo no creerán en Mí…?» (Números 14:11).
Una vez que ha leído en la PALABRA que Dios lo ama, Él espera que usted crea, declare y actúe conforme a la PALABRA. Por consiguiente, no importa qué tantas cosas malas lo rodeen, no vuelva a decir: “Nadie me ama”. No permita de nuevo que ese tipo de pensamiento entre a su mente.
Cuando sea tentado a sentirse del tamaño de un saltamontes, oprimido por las circunstancias a su alrededor, tome el control de su pensamiento y cambie esa imagen. ¡Véase como un gigante en el SEÑOR y un amado de Dios! Abra su boca y confiese: ¡Dios es bueno conmigo!
Si usted lo confiesa, le aseguro que no pasará mucho tiempo para que los demás, también sean buenos con usted. A medida que reciba el amor de Dios, y actúe conforme a éste, será más amoroso con las personas y lo hará de forma natural. Pondrá en práctica la ley de la siembra y la cosecha. A medida que ame a su prójimo, ese amor será multiplicado y volverá a usted.
Si escoge seguir ese camino, no lo vencerán las circunstancias negativas que lo rodean. Se levantará como Caleb, y las vencerá. Superará su autocompasión, se aferrará al amor de Dios y celebrará en la Tierra Prometida.