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Cada minuto, cada día

Tic-tac, tic-tac.

¿A dónde se va el tiempo? Si estás cerca de un reloj con segundero, o usas un reloj de pulsera, haz una pausa de 10 segundos mientras lees este artículo y simplemente observa cómo pasa el tiempo.

Uno segundo… dos segundos… tres…

¿Sabes qué es lo más sorprendente? Cada uno de esos 10 segundos es un instante en el tiempo que nunca había existido antes y que nunca volverá a repetirse. Dura como un parpadeo, pero, este mismo segundo que ya se fue, es preciado, e incluso invaluable. Toda cosa tan rara y desconocida debe valer más de lo que creemos.

“¿Cuál es tu plan a cinco años? ¿Tu plan a 10 o 20 años?”

Quizás te hayan hecho esas preguntas alguna vez. Yo me las he hecho a mí mismo. Pero, a la luz de nuestro descubrimiento del segundero que no para de moverse, déjame hacerte una pregunta diferente: ¿Cuál es tu plan para los próximos 10 minutos?

Cada uno de nosotros, ya sea rico o pobre, joven o viejo, compartirá los mismos 1.440 minutos el día de hoy. ¿Qué pasaría si, cada minuto de cada día, lo consideráramos una oportunidad preciada, invaluable y única para vivir solo para la gloria de Dios? Lo sé, es una gran idea. Y, cuando digo gran, probablemente estés pensando imposible.

Sin embargo, escucha el corazón de David en el Salmo 63: «Dios mío, ¡tú eres mi Dios! Yo te buscaré de madrugada… al pensar en ti recostado en mi lecho,
al meditar en ti durante mis desvelos.» (versículos 1, 6, RVC). Para mí, la palabra madrugada solo significa una cosa: madrugada. Es cuando te levantas para ir al colegio, o cuando empieza el trabajo. Madrugada es tomar un vuelo que sale antes de que nadie más esté despierto.

Sin embargo, para David, la madrugada es el momento en que busca el rostro de Dios. Más adelante, lo encontramos recordando a Dios en su lecho. Me lo imagino acostado, incapaz de conciliar el sueño porque sus pensamientos sobre el esplendor y la bondad de Dios son demasiado reales como para caber en los sueños. Desde el principio hasta el final de su día, y en cada instante entremedio, su vida está llena de la conciencia de la presencia de Dios. Cuando se encontraba en un momento de gran necesidad, dijo en el Salmo 55:17: «En la tarde, en la mañana, al mediodía, clamaré a Dios, y él oirá mi voz». Su relación con Dios era algo que duraba todo el día.

De nuevo, sé que suena algo difícil en el mejor de los casos, pero ¿podemos usarlo como una excusa para no dedicarle nuestra vida a tal idea? Un rabino se preguntó una vez si un hombre, al ver que el mar arrastraba gemas preciadas a la orilla, se abstendría de recogerlas porque sería demasiado difícil recogerlas todas. ¡Por supuesto que no! Daría todo lo que tuviera para recoger lo máximo que pudiera.

Lo mismo debería ser cierto en nuestra vida. Dar todo lo que tenemos para vivir para Dios en la madrugada. Si al final de la mañana te das cuenta de que has cometido un error o has fallado, no te desanimes. Simplemente detente, arrepiéntete y entrega todo lo que tengas por la tarde. Empieza por darle a Dios los próximos minutos de tu día. Cuando termines con esos minutos, dale los que siguen. Si aplicas esa acción tan simple una y otra vez hoy, y en los próximos días, pronto descubrirás de que estás viviendo cada minuto de cada día, para la gloria de Dios. V

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