La herencia espiritual de los Estados Unidos
Nuestra gloria nunca ha estado en nuestro poder militar, nuestro sistema educativo, nuestra diplomacia o nuestra política brillante. Nuestra gloria ha estado en nuestro pueblo que ora. Nuestra gloria ha estado en el Nombre del SEÑOR Jesucristo de Nazaret y en mantenernos firmes en Su PALABRA, y seguimos ahí, y Él sigue siendo Dios y sigue siendo el SEÑOR de esta nación.
—Kenneth Copeland
En muchos aspectos, el 4 de julio pudo parecer un día como cualquier otro en aquel verano de 1776. Pero esa mañana, cuando los primeros rayos de luz se reflejaron en la superficie de las aguas que los habían traído a esta nueva tierra, uno se imagina que el puñado de personas que estaban a punto de hacer historia hacía tiempo que había dejado de intentar descansar.
Este no era un día como cualquier otro. Era el Día de la Independencia, y la responsabilidad de dar voz a los principios sobre los que se formaría una nueva unión pesaba mucho en los corazones de los Padres de esta tierra.
Sus palabras y escritos revelan que lo que iba a suceder esa madrugada del 4 de julio era la manifestación de una larga temporada de oración… pues estos eran hombres de fe.
Las palabras de George Washington, conocido históricamente como el “Padre de nuestra patria”, ofrecieron una oración pidiendo la BENDICIÓN de Dios sobre la nueva nación: “Te pedimos con fervor que mantengas a los Estados Unidos bajo Tu santa protección y que te complazcas en disponer a todos nosotros a hacer justicia, amar la misericordia y [humillarnos]…”
John Quincy Adams dijo más tarde de esta nueva sociedad, Estados Unidos: “¿No es cierto que, en la cadena de los acontecimientos humanos, el nacimiento de la nación está fundamentalmente vinculado al nacimiento del Salvador? ¿Que constituye un acontecimiento clave en el progreso de la dispensación del evangelio? ¿No es cierto que la Declaración de Independencia organizó por primera vez el pacto social sobre la base de la misión del Redentor en la tierra? ¿Que sentó la piedra angular del gobierno humano sobre los primeros preceptos del cristianismo?”
Según Adams, la Navidad y el 4 de julio estaban fundamentalmente conectados. El 4 de julio, los fundadores simplemente tomaron los preceptos de Cristo que llegaron al mundo a través de Su nacimiento (Navidad) e incorporaron esos principios al gobierno civil.
James Madison dijo que esta nueva nación había apostado su futuro a la capacidad de cada ciudadano para mantenerse a sí mismo de acuerdo con los Diez Mandamientos de Dios.
Patrick Henry habló de los cimientos de este nuevo gobierno de esta manera: “Nunca se insistirá lo suficiente en que esta gran nación no fue fundada por religiosos, sino por cristianos. No sobre religiones, sino sobre el evangelio de Jesús”.
Una fe santa ardía en los espíritus y guiaba las acciones de todos aquellos que pusieron en marcha el establecimiento de estos Estados Unidos de América. Sus propias palabras dan testimonio de esta verdad. Y no es casualidad que en las pocas palabras elegidas para declarar la independencia aquella mañana de verano, el Nombre de Dios Todopoderoso aparezca como testimonio de la fe de nuestros padres. V